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Página 1 de 2 Un día en Tebas, a orillas del Nilo, el río de la vida
Egipto sigue teniendo un cierto halo de magia y misterio
La expectación por ver sus magníficas obras arquitectónicas no decrece en el viajero pese a que vivamos un siglo donde la información y el transporte nos permiten admirar cualquier monumento y paisaje desde nuestra propia casa, y llegar a los lugares más recónditos e inaccesibles en apenas unas horas.
Nada comparable a rozar las piedras milenarias del Templo de Luxor con las yemas de los dedos, sentir la hermosa desolación del desierto del Sahara en un amanecer camino de Abu Simbel o sumergirnos en la multitud por las estrechas callejuelas del animado zoco de Khahn-El-Khalili en El Cairo. Llego a Luxor a las diez de la noche de un calurosísimo día de finales de junio. La calima del Sahara que sobrevuela el aeropuerto me impide ver esta mítica ciudad desde el cielo. Salgo del aire acondicionado que proporciona el avión para recibir un hipercaluroso abrazo de 32º centígrados de bienvenida de la antigua Tebas. Su moderno y coqueto aeropuerto sirve de momentáneo refresco. Voy camino del Luxor Resort donde pasaré mi primera noche en tierra de faraones: sorprenden las decenas de controles policiales y del ejército que atravesamos en los diez kilómetros que nos separan de nuestro primer alojamiento. Nos comentan que desde la desgraciada matanza de turistas y guías del Valle de los Reyes del año 1997 el Gobierno egipcio movilizó millones de efectivos para garantizar la seguridad de los turistas (una de sus grandes fuentes de ingresos junto al algodón y el petróleo). Luxor (El Uqsur), plural de palacios en árabe, ronda en la actualidad las 60.000 almas y ocupa parte de la antigua Tebas, capital del Imperio Moderno faraónico. Aquella que el gran rapsoda Homero llamara `Tebas la de las cien puertas´. Vivió su máximo esplendor de las dinastías XVII a la XXI y fue Amenemhat I quien la convirtió en una gran ciudad hacia el 2000 a. J.C.
Situado junto a la margen derecha del Nilo, el Oasis Resort de la cadena Movenpick satisface las exigencias del viajero por su impresionante panorámica del Río de la Vida, amén de sus cuidados bungalows con todas las comodidades que un turista pueda desear: aire acondicionado, baño completo, televisión por satélite, minibar... y todo ello rodeado de la vegetación y fauna naturales del Nilo. Evidentemente no es para sentirse Livingstone.
Templo de Karnak
Me duermo tarde, excitado por el viaje, a pesar de que a la mañana siguiente madrugaré para evitar las horas más sofocantes del día. A las seis a.m. viajo en autobús hasta el pasado:2.000 años a. J. C. Templo de Karnak. Estamos en Tebas este, en la margen derecha del Nilo, y 670 kilómetros al sur de esa megápolis que es El Cairo.
El sur de Egipto me cautiva inmediatamente por la tranquilidad y afabilidad de sus gentes. Allí el ritmo vital no lo marcan los automóviles sino el caminar de las personas y el dios Ra, el sol, que llega a marcar temperaturas próximas a los 40º centígrados en días como hoy del mes de junio. Para un urbanita como yo este paisaje y sus gentes son como viajar en la noche de los tiempos. El guía, Essan El-Tahtawy -hombre inteligente y culto que más tarde me confesará que fue quien acompañó al entonces presidente José María Aznar en su visita a Egipto- anuncia que primeramente visitaremos el Templo de Karnak. El bautismo en el Antiguo Egipto es impresionante: una bellísima avenida de esfinges se abre a nuestro paso como siglos atrás lo hiciera con los faraones Amenhotep III o Ramsés III. Hoy en día sobreviven 40 esfinges con cuerpo de león y cabeza de carnero (símbolo de la energía constantemente renovada), pero El Tahtawy revela que en su día fueron 124 las que abrían paso hacia el primer pilono -muro alto y grueso- de este conjunto fortificado que es conocido como `el Vaticano del Antiguo Egipto´. Karnak lo constituyen tres templos: uno dedicado a Amón, otro al dios Montu y el tercero a Mut. De los tres, es el primero el que mejor se conserva. El lugar sobrecoge por sus dimensiones y belleza arquitectónica. Aquí se hacían coronar los faraones y uno lo entiende al descubrir el lugar más impactante y espectacular del conjunto: su fastuosa sala hipóstila de 134 columnas. La anchura aproximada de cada columna es de unos 3 metros de cuerda por más de 20 m de altura. Un nativo me llama sigilosamente la atención desde una esquina apartada bajo el reclamo de la palabra `gnosis´ (conocimiento iniciático). Acudo y se ofrece a realizarme una fotografía desde un ángulo desde el que capta mi imagen con las columnas y un obelisco al fondo. Tras hacer la instantánea con mi propia cámara extiende la mano sonriente pidiendo unas monedas. Le doy un euro e insiste y accedo a darle otro. Ha sido mi primer contacto con los `cazadores de turistas´ y me he iniciado en sus artimañas. De los cuatro obeliscos existentes originariamente sólo queda éste erigido en honor de la reina faraón Hatsepsut, de 30 m de altura, en el que he sido fotografiado. El Tatawi me informa que de los cientos de obeliscos que se estima había en la antigüedad, sólo quedan 5 en Egipto y la mayoría están fuera de sus fronteras: 35 en Italia y el resto repartidos por el mundo, como el famoso de la Place de la Concorde de París o el de San Juan de Letrán en Roma.
El templo reúne innumerables maravillas. Como el impresionante lago donde al parecer los sacerdotes se purificaban antes de realizar sus oficios religiosos. Junto a él se halla la famosa escultura del escarabajo, de alrededor de un metro, situada sobre un podium. El escarabajo simboliza el sol naciente que ha vencido a las tinieblas y los egipcios aseguran que trae fortuna. Son muy populares como souvenir los de alabastro. Según unos, deben darse tres vueltas a la escultura para que se cumplan tus deseos, aunque hay quienes elevan esta cifra a siete, doce e incluso cien vueltas. Yo di tres porque el calor era sofocante. Por supuesto, cuando salí del templo adquirí una por un euro, tras unos minutos del inevitable regateo de los países árabes.
Templo de Luxor
A apenas dos kilómetros y medio de Karnak se encuentra el Templo de Luxor, construido por dos faraones: Amenhotep III y Ramsés II. Aquí se deja sentir la gran fuerza espiritual que en su día concentró. Paseo entre sus piedras milenarias y percibo esa poderosa energía que uno siente cuando se encuentra entre las paredes de un recinto sagrado. Menos mastodóntico que Karnak pero sobriamente hermoso.
En su día ambos templos estaban comunicados por una gran avenida de esfinges. En esta excelsa construcción dejó su sello el gran maestro de obras Amenhotep, que fue la gran figura arquitectónica de la época. Por aquí caminó también el mítico Tutankamon (del que en El Cairo me quedaré fascinado ante su maravillosa máscara y del resto de enseres de oro que descubrió Howard Carter en 1922 en su tumba del Valle de los Reyes) y el no menos legendario Alejandro Magno quien hizo breves retoques en el templo. Pocas veces el ser humano ha estado más próximo a la perfección arquitectónica.
El Valle de los Reyes
Es ya mediodía, el termómetro roza los 45º centígrados y la prudencia aconseja buscar resguardo a la sombra pese a mi inseparable sombrero de panamá. En estas seis horas de visita he bebido un litro de agua. Es imprescindible llevar siempre encima una botella de al menos medio litro para aliviar la sed y mantener el cuerpo hidratado. El autobús nos conduce ahora hasta la ribera del Nilo donde nos espera el barco Style Nile en el que realizaremos un crucero de cuatro días por el Río de la Vida. Existen alrededor de 350 de estos barcos recorriendo día y noche el Nilo desde El Cairo a Abu Simbel. Desde la cubierta se hace evidente el contraste de este pequeño oasis de lujo con las casas de adobe de la ribera y sus tenderetes con chilabas, kurtas, pañuelos, babuchas... Tras almorzar y descansar unos minutos en el camarote provisto de televisión, ducha y gran ventanal panorámico, nos espera la visita al legendario Valle de los Reyes. Cientos de películas se agolpan en mi retina pero la realidad es apabullante.
Aquí el tiempo parece haberse detenido en una quietud insólita para el viajero que viene de las prisas de Occidente y uno tiene la certeza que lo único que preocupa a la mayoría de sus habitantes es conseguir el sustento diario.
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