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Solidaridad Coronavirus

 

Por las víctimas del Covid-19

For the victims Covid-19

 

Sol de Medianoche novela
Sol de Medianoche novela
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Sol de medianoche novel

 

Parte Primera

 

 



 

 

 

Crucero por el Mar del Norte

 

 

 

 

 

Capítulo 1



Alguien como tu / He estado buscando durante mucho tiempo /a alguien exactamente igual a ti. / He dado la vuelta al mundo, / esperando cruzarme contigo. / Alguien como tú hace que eso / merezca la pena. / Alguien como tú hace que me sienta / satisfecho. Alguien exactamente / como tú. / He viajado por duras carreteras, / buscando a alguien como tú. /


Someone like you (Van Morrison)

 

 


La primera vez que te vi estabas recostada sobre la hamaca de madera de teka junto a la piscina de cubierta leyendo ensimismada El gourmet solitario mientras yo, frente a ti, apuraba un whisky tras otro y el barco surcaba las aguas tranquilas en verano del Mar del Norte. Tus manos, blancas y delicadas, sobre las mejillas, y las gafas de sol de Dior protegiendo tus dulces ojos azules. Recuerdo una y otra vez la hermosa y fugaz imagen como el náufrago que se aferra al último salvavidas del barco que se hunde. Un instante que capté con la cámara fotográfica y observo una y otra vez en un intento vano por revivirlo. En ese momento comenzó todo. Las piernas níveas suavemente redondeadas, cruzadas una sobre otra, las uñas de los pies pintadas de color rojo fresa, los senos tersos, palpitantes, el rostro fresco y joven de los veinte años.  La belleza nos coge por sorpresa y cuesta desprenderse de ese halo de inaccesibilidad que provoca su impacto inicial; anhelamos poseerla pero no siempre nos corresponde.

¡Cómo te desee aquella tarde en la piscina de cubierta¡ Volvería a vivir aquellas horas una y otra vez, eternamente.

Reclinada como una esfinge de mirada cándida y sugerente recordé la inolvidable escena de Lolita de Nabokov interpretada por la precoz Sye Lyon en la adaptación cinematográfica de Stanley Kubrick. La adolescente Lolita sobre el césped del jardín de la casa donde residía con su madre, tú en el esplendor de los veinte años tumbada en la hamaca, mirando ambas de soslayo a un Humbert Humbert –yo- al acecho. Un depredador en espera del próximo movimiento de su hermosa presa, ignorante aún de que la presa es él.

Bebí con deleite y parsimonia tres whiskies hasta que correspondiste mis miradas. Para entonces había fotografiado cada uno de los centímetros de tu delicada piel con el zoom de la cámara: las diminutas pecas pelirrojas de los brazos y el rostro, la cicatriz de media luna creciente en la pantorrilla derecha, los cuidados dedos de las manos con  perfecta manicura y la liviana minifalda de algodón azul celeste con un pequeño pliegue que dejaba entrever los tersos glúteos y pulidas nalgas… Demasiadas señales para un pobre diablo que deambula perdido por el desierto de la soledad. Enfebrecido por los efluvios del alcohol y la irresistible atracción de tu cuerpo, rugí de deseo dirigiéndote una mirada de león en celo a la que reaccionaste con un gesto que, ebrio como iba, interpreté de indiferencia.

-¿Otro whisky, señor Jaky?

El barman se anticipó a mi deseo. Pura telepatía, profesionalidad, tal vez solidaridad o empatía con el derrotado. En los últimos meses encuentro más comprensión al otro lado de la barra que a éste. El barco proseguía su rumbo a Hamburgo y yo el mío al Hades. Cuestión de tiempo que cada uno arribara a su destino. Al cuarto whisky experimenté la irreprimible ternura amorosa que me sobreviene en estados etílicos avanzados y volví a la carga dirigiéndote besitos de besugo como el que hace aros con el humo del cigarrillo. El sol, agotado y abochornado por mi estupidez, buscaba refugio tras la línea del horizonte. A esas horas crepusculares sobre la piscina de cubierta sólo permanecíamos tú, leyendo las últimas páginas del libro, una anciana de cabellos blancos que sesteaba plácidamente al calor de los últimos rayos del día, los camareros recogiendo hamacas y yo deseándote. No miré el reloj en toda la tarde. Me importaba un carajo la hora: cuando estás extasiado contemplando a una diosa a quién le importa el paso del tiempo. Aquel pequeño universo flotante, incluida la anciana, resultaba maravilloso. Tu indiferencia no me desanimó. La euforia del alcohol me espoleaba y las derrotas románticas siempre han tenido para mí sabor a whisky de malta.

Revisé las fotografías y comprobé en la cámara digital el tiempo transcurrido entre las más de 200 fotografías que te hice. Descubrí haber estado tres horas al acecho mientras permanecías imperturbable ante las miradas robadas por el objetivo. Una actitud digna de la Esfinge de Guiza: serena, segura e impasible velando sus tesoros, mientras curiosos turistas posan junto a ella para captar y poseer un instante de su belleza milenaria.

Cerraste el libro de Jiro Taniguchi y Masayuki Kusumi -narra la vida de un viajero a través de sus comidas- y me observaste como quien advierte la presencia de un náufrago aferrado a un tronco a la deriva y le importa un bledo su destino. Te calzaste las hawaianas rosas y emprendiste camino al camarote 828. ¡Cruel! Ni el menor atisbo de compasión hacia el rendido y ebrio admirador.

-¡Derik, otro whisky, por favor! -susurré al barman, desencantado por el fracaso. Pese a conocernos la tarde anterior, Derik y yo habíamos entablado ya una buena relación. Durante el almuerzo comentó que era filipino y se había enrolado por un periodo de nueve meses para trabajar como camarero en el Star Sun. Al informarle que era un fotógrafo español y realizaba un reportaje sobre el crucero sonrió y posó ejercitando malabarismos con la coctelera para ofrecerme un delicioso Bloody Mary. El combinado fue el inicio de una etílica amistad que iba más allá de la relación barman-cliente y se intensificó con el discurrir de los nudos y las copas. No resulta fácil encontrar un barman que te comprenda con sólo un gesto o una mirada. Derik lo hacía.

Aproveché la magnífica luz del atardecer para tomar nuevas fotografías del barco. Después me dirigí al camarote y sumergí en una reparadora y refrescante ducha. El agua fría golpeaba el rostro en un ingenuo intento de recuperar la sobriedad perdida meses atrás. A estas alturas debía saber que el agua no borra los malos recuerdos ni cura las heridas que la vida infringe.

Los amenities del baño eran de Bvlgari como correspondía a un crucero de lujo e instintivamente rocié el cuerpo con su fragancia. Habitualmente no utilizo perfumes ni cosméticos: prefiero el olor corporal limpio y natural. Este detalle fue un síntoma de lo que se avecinaba y debería haberme alertado. Descolgué de la percha un albornoz blanco inmaculado y abrí el mini bar del camarote, espléndidamente surtido. Descorché una botella de champagne Pommery y serví una copa fría. Exquisito. Una ojeada al camarote confirmó que reunía todo lo que un hombre como yo podía desear en ese momento, excepto buena compañía. El camarote, situado a babor y próximo a proa, poseía un amplio ventanal panorámico que comunicaba con una pequeña terraza, con mesa y dos sillones, ideal para disfrutar de una velada acompañado por la brisa del mar. En el interior otra mesa con dos sillones y un sofá, una cama king size y frente a ella colgaba de lo alto un televisor de plasma de 26 pulgadas sintonizado a la cámara del barco, que emitía el avance lento y estable del Star Sun, alternándolo con la posición exacta de navegación en una carta marina gracias a la tecnología GPS. A la izquierda de la puerta de entrada se encontraba el baño, revestido de mármol blanco, con ducha y bañera amplia; a la derecha un amplio vestidor con perchas, plancha, caja de seguridad, limpiador de zapatos y otros útiles domésticos. Completaban el camarote un escritorio con hojas de papel personalizadas y un gran espejo, frente al cual se reflejaba otro aún mayor que se alzaba desde el suelo al techo. En los viajes a lo largo de 15 años de cazador de imágenes insólitas, naturales, bellas o simplemente turísticas, había visitado lugares de toda índole, pero este camarote estaba hecho a mi medida.

Había quedado con el resto de componentes de la expedición para cenar a las 7,30 p. m. Sonia, la coordinadora del viaje que representaba a la naviera, se mostró tajante respecto al vestuario de esa noche: nos esperaba una velada en la mesa del capitán del barco a la que debíamos asistir de traje y corbata. Me incomoda la corbata, así que la guardé en el bolsillo de la chaqueta encaminándome al lugar de encuentro que, como no podía ser de otra manera, se trataba de un bar situado en la tercera planta del barco. De camino coincidí con Alberto, periodista gastronómico, y Elena, su mujer, ambos ataviados con sus mejores galas: traje de noche de Prada ella, y de Armani negro, él. Me sentí un homeless con la vieja chaqueta de Adolfo Domínguez que ya paseaba su sexta temporada.

-¡Sorry sir, you must wear a tie! -advirtió la encargada del bar, una esbelta mujer filipina que rondaba los sesenta con rostro enjuto que parecía haberse escapado  de una película de Fu Manchú.

-I´m very sorry, madam, me disculpé y anudé la corbata. Opción sine qua non para acercarme hasta la barra y beber la refrescante cerveza que mi metabolismo demandaba con urgencia.

Al dirigirme al encuentro del resto de compañeros te levantaste de una mesa del fondo que ocupabas junto a tu madre y hermana eso lo supe después, en aquel momento creí que te acompañaban dos amigas, no me fijé excesivamente en ellas. Al cruzar nuestros pasos clavaste la mirada en mis ojos y sonreíste con dulzura.

-No está todo perdido pensé  sorprendido y esperanzado.

Sin tiempo para recuperarme hizo su aparición estelar Sonia: hermosa, distinguida y radiante en un cuerpo de medidas dignas de una Gracia de Rubens. Melena rubia a lo Zsa Zsa Gabor y traje de noche que recordaba a los de Rita Haywort en Gilda. El trago de cerveza se detuvo en el esternón e hice un gran esfuerzo para que siguiera su curso digestivo.

-Buenas noches, vais todos elegantísimos mintió caritativamente la hermosa nativa de Noruega.

-Brillas como una estrella de cine, chica, casi me atraganto al verte -respondí cortés y sinceramente.

-Gracias Jaky. Tenemos mesa reservada con el capitán Castellani en el comedor principal y debemos ser puntuales. Antes me gustaría recordaros unas recomendaciones importantes. Por favor, no hagáis fotos de los pasajeros, puede molestarles, y recordar que debido a malas experiencias anteriores con grupos de prensa, de cada uno de vosotros se realizará un reporter al finalizar el crucero. Comportaos con naturalidad y procurad interferir lo mínimo posible en la tranquilidad del resto del pasaje. Sois invitados y tenéis derecho a los mismos privilegios que ellos, aunque debido a las características de la mayoría, millonarios norteamericanos que rondan los sesenta años, recordad que buscan tranquilidad, confort y paz. Desafortunadamente el último grupo de periodistas embarcado destacó por revolucionar la vida del barco. Dicho esto, ¡disfrutad!

Temí que me desembarcaran en el siguiente puerto, despreciado por el grupo y la tripulación, tras haber sido acusado por una joven de acoso fotográfico.

La posterior cena con el capitán Castellani resultó agradable y protocolaria. Informó de detalles náuticos de la navegación como la velocidad, latitud, profundidad, número de pasajeros y características de construcción del barco. Todo muy práctico y aburrido. El capitán Castellani era un apuesto italiano que superaba la cincuentena y había tenido la fortuna de viajar por todos los océanos, aunque escuchándole uno más bien pensaba que su vida se asemejaba más a la de un burócrata que a la de un viajado marino. Seguramente estaba tan incómodo con nuestra presencia como yo con la suya. No obstante, se esforzó en ser amable y anunció que estábamos invitados a conocer el puente de mando al día siguiente.

Entre conversaciones de nudos, toneladas y escalas, pasé gran parte de la velada buscándote entre las decenas de mesas que conformaban el gran comedor. Fue inútil.

Mediada la velada aproveché el maravilloso sol de medianoche en el Mar del Norte, encontrando la excusa adecuada para levantarme, tras las correspondientes disculpas, y captar imágenes de esa inigualable estampa en la que el sol es visible las 24 horas del día en las fechas próximas al solsticio de verano. Recorrí el barco de proa a popa y de estribor a babor buscándote. Nada.

Frustrado me dirigí al camarote a por el bañador y me zambullí en uno de los jacuzzis de cubierta. Allí me reconforté ejercitando un hobbie de juventud: identificar estrellas y constelaciones, mientras el sueño me mecía en sus brazos.

 

 

 

 

Capítulo 2

 


Tupelo Honey (Van Morrison)

 

“Las diez de la mañana en Boston ¿Qué será des Sam? ¿Pensará en mí? Hoy se cumple un mes que rompí nuestra relación después de siete años. ¡Qué tonta las rupturas no se cumplen, se terminan! ¿Por qué se acostó en mi cama con Sally Hunter? ¿Y en la fiesta de mi veinticuatro cumpleaños? ¿Por qué me traicionó con una zorra cuyo único atractivo es haberse tirado a todo el Club Hípico y someterse a más operaciones de cirugía plástica que Cher? ¡Oh Dios, nada en ella es natural, es una maniquí de silicona! Quizás le atrajeron sus labios artificiales y libidinosos de chupa pollas o los enormes globos a punto de estallar que tiene por pechos¡ Una muñeca hinchable posee más neuronas que Sally. Todos los chicos conocen las armas de seducción de Sally. Cuando camina por el Hípico su cuerpo se contornea como una ramera y brilla como los carteles luminosos de Broadway que anuncian La gata sobre el tejado de zinc caliente. Una hembra en celo dispuesta a aparearse con el primer animal que se cruce en su camino. Follaría con el mismísimo diablo si a cambio le eliminara la celulitis. En Boston no existe antídoto masculino contra ella. ¡Es repulsiva!¿Continuarán Sam y ella viéndose mientras navego atrapada en este geriátrico flotante rodeada de vejestorios? La mayoría de pasajeros del barco seguro que no recuerdan cuándo fue la última vez que se les puso dura. Sólo algunos camareros y personal de abordo han nacido después de la última glaciación aunque se comportan conmigo como homosexuales o en el mejor de los casos me tratan como a un delicado jarrón de porcelana china al que sólo está permitido admirar. Mamá comentó que la tripulación tiene terminantemente prohibido entablar amistad con los pasajeros. ¡Es injusto! ¿Cómo puede sobrevivir una chica como yo en un crucero como éste? Un hombre me ayudaría a sobrellevar el dolor por los cuernos de Sam y aliviaría este largo y tedioso viaje. Hace ya una larga semana que partimos de Nueva York y la mayor parte del tiempo la dedico a leer y compartir camarote con mi adolescente hermana Maggie. Sólo disfrutan papá y mamá. Él pasa el día pregonando lo mucho que se divierte en el crucero por Europa en busca de sus raíces vikingas. En cuanto a mamá, regresará a casa con un par de baúles de souvenirs y otro de ropa de diseñadores europeos. Para ella todo lo europeo es glamuroso, elegante o una antigüedad de gran valor.

Nunca he leído tanto en tan poco tiempo. Con La Cocina de Jamie Oliver son ya diez libros: cocina, thriller, historia, ensayo, novela romántica Me he sumergido en la lectura de casi todos los géneros para soportar las horas en esta isla flotante. A este ritmo acabaré leyendo El chico que vuelve triunfante, la biografía de Bill Clinton que todas las tardes ojea la señora Smith en la biblioteca del barco sin decidirse nunca a cogerla. Dudo que a papá le gustara ver a su hija hojeando la vida del presidente americano cuyo pasatiempo preferido consistía en disfrutar de sexo oral con jovencitas de la edad de su dulce `Sophia´. ¡Oh Dios, en qué manos ha estado el destino de América últimamente: cowboys de celuloide, ex alcohólicos, seductores de jóvenes becarias... Y la gran esperanza negra, Obama, resultó ser como una botella de champagne que al descorcharla perdió todo gas, frescor y bouquet. Sólo faltaba Donald Trump, quien se vanagloria de tocar el coño de toda falda que se aproxima a sus manazas. Suspiro por el día que una mujer presida el Despacho Oval de la Casa Blanca. Todo iría mejor. Las mujeres poseemos un sentido práctico más desarrollado, apegado a la tierra y al hoy. Resolvería gran parte de los problemas de desigualdad del país y abandonaría esas excursiones guerreras a otros continentes. Irak y Afganistán, como antes Vietnam, sólo suponen un inmenso gasto para el contribuyente y la muerte de muchachos que mejor estarían en sus pueblos trabajando y amando a chicas solitarias. Cualquier mujer conoce decenas de formas mejores que la guerra para enriquecerse o conquistar. Los hombres siempre han sido unos seres primitivos: primero actúan y luego piensan  las consecuencias.

¡Alabado sea Dios, mis plegarias han sido escuchadas! Un atractivo joven de piel bronceada ha entrado a la sala iluminándola de color como el arco iris tras la lluvia. Lleva una cámara fotográfica y no cesa de disparar el objetivo durante la clase de cocina del chef francés Eric Fréchon, del Bristol de París. Entre 35 y 40 años. Un tipo interesante. Podría salvarme de este aburrimiento marítimo. No es americano, quizás europeo, tal vez italiano, por la piel morena y los cabellos negros. Los europeos poseen un no sé qué que les hace diferentes a nosotros los americanos. Como las ruinas de Grecia y Roma: permanecen abandonadas durante siglos y sin embargo conservan su orgullo y la esencia de su pasado. No le preocupa mucho su aspecto externo, extraño en un italiano, o al menos no es excesivamente alegre en su indumentaria. Viste camiseta negra, jeans negros y zapatillas deportivas negras. No es necesario estar diplomada en psicología para afirmar que esa tonalidad oscura denota un carácter reservado, criterios claros y poco dado a las excentricidades y muestras de alegría. No parece el hombre más indicado para llevarte a bailar a una fiesta de graduación o sorprenderte con un plan divertido y alocado, pero tampoco esto es Boston, ni lo que necesito en estos momentos. No me disgusta. No ha reparado en mí, está absorto en las fotografías. Cruzo por su ángulo visual. Giro y paso junto a él. Increíble, está ciego o ensimismado en sus fotografías. Gana con la distancia corta: es más guapo. Nada que ver con los dinosaurios que deambulan a bordo.

¡Oh Dios, papá! ¡Qué pesado llega a ser en ocasiones! No me deja respirar. ¿Acaso piensa que puedo perderme en esta isla de acero de sólo 200 pasajeros, que voy a tirarme al mar o tal vez alguien se decida a secuestrarme? ¡No tendré esa suerte! ¡Ojalá apareciera Jack Sparrow encarnado en Johnny Depp con un sombrero pirata y me llevara a navegar por los Mares del Sur!

-¡Cariño, mamá y Maggie nos esperan para el almuerzo! ¿Qué tal la clase de cocina? Creo que intervenía uno de los mejores chefs de Francia. Supongo que habrá desvelado recetas de la gran cocina francesa. Al regresar a casa celebraremos una gran fiesta con los amigos para que les sorprendas con los nuevos platos que has aprendido. ¿Qué te parece?

-Lo pensaré papá. Te he explicado en varias ocasiones que estudiar restauración durante un semestre no significa que vaya a ser una excelente chef. La cocina requiere conocimientos, práctica y mucha dedicación. Hoy por hoy soy una aprendiz y estas clases las contemplo como una posibilidad más de abrir negocios en el futuro. La gastronomía ofrece un enorme potencial en USA si se realiza con la innovación y calidad que ofrecen los europeos, apostando por la imaginación en la elaboración de nuevos platos. Francia, Inglaterra, Italia o España son ejemplos a seguir. Piensa lo que supondría renovar la cocina americana con un toque de fusión vanguardista que actualizara los platos tradicionales ofreciendo alternativas a la fast food con una `American Best Food´. La gastronomía es alimentación, salud y placer.

-Cielo, un americano siempre preferirá una buena hamburguesa con ketchup y cebolla o unas buenas costillas con alubias pintas, a esa nouvelle cuisine con raciones mínimas para estómagos famélicos. Pero si tú lo dices siempre he creído que tienes el mismo espíritu pionero de tu bisabuelo Olaf, que un día partió de la pequeña localidad danesa de Odense para emprender el sueño americano. Él supo transformar un pequeño negocio familiar en una gran empresa. Nadie mejor que tú para seguir sus pasos y continuar la labor por nuevos caminos empresariales. Siempre afirmó que habías heredado su carácter emprendedor”.

“Ahí está de nuevo el joven de la cámara. ¿Será un pasajero interesado por la gastronomía o un profesional de la restauración? Sea como fuere nos une la alimentación y estoy hambrienta. Ayer coincidimos en clase de cocina francesa. Hoy son los deliciosos y famosos combinados de Martini. Tal vez no sea una coincidencia sino una señal.

El primer cóctel que elabora Marcello Martin, el barman italiano encargado de esta clase práctica-exhibición, es el más legendario de todos: el Dry Martini. Martin agita su coctelera con la habilidad y el conocimiento de un gran maestro y tras elaborarlo lo vierte sobre copas de cóctel que ofrece para degustar. Pruebo un pequeño y exquisito sorbo, y compruebo que contiene demasiada ginebra para mi gusto. Anoto los ingredientes en el cuaderno:

En un vaso de cóctel se vierten dos partes de ginebra o vodka y 1/4 de vermouth seco y, por supuesto, una aceituna sin hueso. Puede tomarse sin hielo, mezclado o agitado. Otras variantes que cuentan con muchos adeptos son el vodkatini y el tequini, que son dry martinis en los que se sustituye la ginebra por vodka o tequila. Más sofisticados son el Martini Coconut (Malibú, licor de plátano, crema de coco, leche condensada y una cereza), Martini Heavent Mint (ginebra, limón, licor de menta verde, vermouth extra seco, acompañado por una espiral de cascarita de limón y una cereza), Martini Fusión (Martini Mosha, vodka Stolichnaya, Licor 43 y licor de café acompañado por granos de café) y el Martini Picante (Martini Hot, Absolut Pepper, vermouth seco, un leve goteo de salsa Tabasco, un preparado de salsa y una cebollita cambray).

"Las variedades son infinitas como los sabores Ustedes eligen. Recuerden a Sean Connery interpretando James Bond, el personaje de Ian Fleming, en la película Casino Royale, cuando dice por primera vez `Un Martini, por favor. Mezclado, no agitado´. Él popularizó mundialmente este delicioso cóctel junto a otros consumidores incondicionales como el escritor Ernest Hemingway, el actor Dean Martin o el director de cine Luis Buñuel" -concluye Marcello Martin ante los aplausos entusiastas de la docena de vejestorios allí reunidos, el fotógrafo y yo.

Hoy también permanece pegado al objetivo durante la elaboración de los martinis  hasta que finalmente se detiene un instante para probar las copas que una camarera nos sirve. Más que una cata, lo suyo ha sido una completa consumición. Se ha bebido la copa de dos sorbos. Si manifiesta la misma aprobación por el resto no va a tenerse en pie tras el sexto combinado.

Se ha bebido los seis martinis y sigue disparando fotos. O es un incondicional de la casa Martini, lo que tendría su lógica si es italiano, o un borracho. Sin embargo no ofrece el menor síntoma de estar bebido, continúa flash tras flash y su actitud es firme y profesional. Me ha dirigido un par de miradas como si formara parte del atrezo del salón y comprobara que no desentonaba en los encuadres. ¿Será gay?

!No puede ser¡ !Otra vez papá¡

-Hola cielo, ¿qué tal la clase de gastronomía?

-Excelente hasta este preciso momento- le contesto fastidiada por su insistencia en controlar mis pasos.

Una vez que el joven de la cámara fija su vista solamente en mi, va y se interpone en el campo de visión papá. Ahora pasa a nuestro lado a la velocidad de un Ferrari. Y su mirada no ha sido la de un homosexual...”

 

 


Capítulo 3

 


I Paid The Price (Van Morrison)

 


“!Siete años amándote, admirándote... para humillarme con la chica más perra de Boston! Sam, ¡os sorprendí en mi dormitorio, en el hogar familiar donde he crecido y en presencia de las personas que más quiero! Aún no puedo creer que te acostaras con Sally en mi cama rodeado de todos mis recuerdos y frente a nuestra fotografía de los dos cogidos de la mano en la Fontana di Trevi, en Roma. Manchaste aquel romántico e inolvidable viaje a Italia y has ensuciado miles de encuentros de amor, confidencias y promesas. ¡Por Dios, te la tiraste sobre el colchón sobre el que tantas veces nos hemos amado! Nunca hubiera imaginado una traición más asquerosa, rastrera y degradante. ¿Acaso no me he entregado siempre a ti? No consigo entenderlo. Por un miserable revolcón has tirado a la basura los maravillosos años vividos juntos, tantas ilusiones y sueños compartidos. Papá aseguraba que había sido muy afortunada al conocerte: eras el chico ideal para formar una familia. El concepto de matrimonio de papá siempre se ha encontrado en las antípodas del mío, aunque jamás imaginé que también lo estaba del tuyo de pareja. ¿Opinará lo mismo el día que descubra que don perfecto ha engañado a su hija en su propia casa? Aquella espantosa tarde dejaste de lado la fidelidad que juraste unos meses atrás al acordar nuestro compromiso matrimonial. Ni siquiera tus profundas y pregonadas creencias religiosas católicas, que me obligaban a acompañarte todos los domingos a la Catedral Católica de Saint Joseph, pese a haber recibido una educación protestante, evitaron que fornicaras con esa alimaña. El cinismo te llevó a creer que por confesar la traición a tu mentor el padre Mulroney y obtener su absolución el asunto quedaba zanjado. Por mí puedes pudrirte en el infierno o en el cielo de tu mentor. Tal vez él y Dios te hayan perdonado, yo no lo haré mientras viva. ¡Cerdo, mil veces cerdo¡ ¡Olvídate para siempre de tu querida Sophia! Suzanne me advirtió al sospechar que los frecuentes viajes a Nueva York en fin de semana olían más a cuerno quemado que a trabajo. Y yo, ilusa, salía en tu defensa justificándolos por ser el precio que debíamos pagar para hacer méritos en la Financiera Sammer & Asociados. Menos tiempo juntos para que valoraran tu dedicación y entrega a la firma. Descubrir que escondían citas secretas con Sally Hunter fue como recibir un disparo a quemarropa. ¿Cómo pude estar tan ciega?

La propia Suzanne me alertó durante la celebración de mi 24 cumpleaños que había visto a Sally entrar sigilosamente en el dormitorio. Imaginé que husmeaba en el armario mis últimas compras en la 5ª Avenida. Siempre ha envidiado mi gusto en el vestir y sus comentarios al vérmelos puestos destacaban más el vestuario que mi elección y estilo. Desde adolescentes ha pretendido imitarme: físico, ropa, coche, amigos, novios hasta que encontró la forma definitiva de humillarme. !Lo pagarás, maldita buscona¡ Dios mío, no puedo apartar de la mente la imagen de Sam penetrándola a cuatro patas como una perra jadeante. Y su rostro de espanto al verse sorprendido mientras Sally sonreía satisfecha saboreando el triunfo y mi derrota. Fue el peor momento de mi vida. Abandonó el dormitorio orgullosa y erguida como una libertina Estatua de la Libertad que llevara por antorcha el pene de mi prometido. Confusa, impotente y desolada apenas pude exigirles: ¡Fuera de mi vista¡ Ni un grito, ni un insulto Celebro no haberlo hecho, evité el bochornoso espectáculo delante de nuestros amigos. Hubiera supuesto rebajarme a vuestra asquerosa conducta y aceptar la vejación. Decepcionada y engañada no me presté al escarnio público. Una sólo es responsable de sus actos y no de los desatinos de otros, aunque los cometan las personas que más amamos.

Vinieron días de llanto desconsolado y de preguntas sin respuesta hasta que mamá decidió que lo más adecuado era poner un océano de por medio y dar tiempo a que las aguas se tranquilizaran.”

“Angelina, amiga y experta rompecorazones, asegura que las penas que causa un hombre con otro se quitan. Ahí está de nuevo el italiano de la cámara sentado en un taburete de la barra del bar de cubierta junto a un grupo en animada charla. Me recuerda al actor de un spot publicitario de Martini protagonizado por Charlize Theron en el que un guapo morenazo se pasaba el dedo pulgar por los labios mientras la observaba con deseo. Voy al camarote a ponerme el traje de baño. O despliego las armas de seducción o Missis Claire, la viuda sensual y explosiva del barco, le echará el lazo y acabaré leyendo toda la biblioteca de a bordo mientras ella lo engulle como una boa constrictor. En las interminables horas de desidia que ofrece el crucero, he observado como Missis Claire selecciona y devora con la habilidad de una loba insaciable a los camareros más jóvenes a quienes luego gratifica con magníficas propinas. Las normas de la tripulación no rigen para ella ya que hasta el mismísimo capitán babea cada vez que entabla conversación con ella. Apostaría que los devora uno tras otro en su guarida de la suite Princess hasta dejarlos exánimes. La viuda ha visto pasar ya más de 55 otoños aunque el cirujano plástico la ha rejuvenecido más de una década. Es atractiva, un buen maridaje entre la estilizada muñeca Barby con modelados y abundantes pechos y trasero. A papá, que también se ha fijado en ella, le recuerda a actrices de los 80´ como Farraw Fawcet Majors o Morgan Fairchild. Mamá sonsacó al capitán que posee una extraordinaria fortuna que heredó hace cinco años al morir su tercer marido, un anciano magnate de la industria del acero. Su vestuario es uno de los más exclusivos de a bordo y deslumbra en las cenas con prendas de Chanel, Versace, Dior y otras grandes marcas. Presume ser de una de las principales familias de Filadelfia aunque mamá asegura que su acento es del Oeste.

Me tumbo en una hamaca junto a la piscina de cubierta a tomar el sol y leer. Odio dar la imagen de la clásica chica rubia tonta que gira alrededor de su ombligo. He elegido El Gourmet solitario, una interesante obra sobre la cocina japonesa.

Ahí continúa él. Almuerza. Las tres y media de la tarde: las costumbres europeas no dejan de sorprenderme. Transcurren veinte minutos hasta que se ha dado cuenta que existo. Dudaba ya entre lanzarme por la borda al mar y gritar S.O.S o en hacerle señales de humo. Tal vez sea miope, o despistado. A lo peor ambas cosas. Los acompañantes se despiden de él y, Dios mío, viene directo hacia mí como un misil tomahawk. El corazón me late como una batidora. Ahí llega a toda velocidad y creo ser su objetivo. ¡Qué morenazo! Lleva un suéter Lacoste negro, jeans, zapatillas deportivas negras y una bolsa al hombro. Estoy al borde del infarto. ¿Hacia dónde va? Continúa hasta la mesa de madera que hay detrás de mí y se sienta. Llama al camarero. Ha pedido algo. Un whisky. ¿Qué hace ahora? Me observa a través de su inseparable cámara fotográfica como un naturalista estudia a los animales. El objetivo enfoca mi rostro y dispara. Otra, y otra, y una más. Los primeros clicks se han dirigido a la cara pero o me equivoco o está fotografiándome el trasero. ¡Grosero¡ El camarero le sirve otro whisky. Observa como quien examina la morfología de la ternera que va a estar al día siguiente en su plato. ¡Oh Dios, ahora pone boca de pez y hace extrañas muecas¡ Son besos. Patético. Mejor sigo leyendo. Tras fotografiar la piscina vuelve a apuntarme con el objetivo, parece ebrio. Deprimente. ¡Qué fiasco, tan guapo y tan vulgar! Acabo de romper una relación de `Amistades peligrosas´ y no estoy dispuesta a iniciar otra de `Días de vino y rosas´.  Prometía pero siempre acabo por fijar la vista en patanes. ¿No existen hombres normales que se comporten como tales sin recurrir a demostraciones de testosterona o montar escenas circenses? Estadounidenses, canadienses, europeos... ¿Qué más da? Todos son unos estúpidos engreídos que sólo desean conquistar la primera chica con la que se cruzan. Dan ganas de vomitar. Bebo una coca cola y regreso al camarote a cambiarme para la cena. Un necio más que certifica la imbecilidad congénita de los hombres".

 

 


Capítulo 4

Hungry for your love  (Van Morrison)


Despierto a un nuevo día con una nueva resaca. Convivo con el alcohol como el ciego con su perro guía. Extrañaría amanecer sin el persistente dolor de cabeza, la debilidad física y existencial o la náusea. Deambulo hasta el desayuno. En casa -un eufemismo los últimos meses- preparo café muy cargado y con él atravieso el desierto de la mañana hasta la hora del almuerzo; sin embargo cuando viajo me entrego a grandes festines gastronómicos: el clásico desayuno inglés -huevos revueltos con beicon- lo comparto con queso, fruta, zumo de naranja y el imprescindible café largo. Tras ingerir esta bomba calórica el cuerpo se viene arriba y recupera la tracción total de las extremidades como un  vehículo todo terreno 4x4 al llenar el depósito. El trabajo de fotógrafo de viajes exige un enorme kilometraje a pie y nunca sabes con certeza cuándo podrás hacer un alto en el camino. Lo imprevisto supera las previsiones. Las mejores fotografías no esperan, has de estar alerta a la ocasión, al instante, y disparar.

La jornada siguiente al baño nocturno astral, en el jacuzzi de cubierta, navegamos los 100 km del largo y bello estuario del río Elba que conducen desde la desembocadura en Cuxhaven, en el Mar del Norte, a la ciudad alemana de Hamburgo. Devoro en la terraza del camarote un desayuno pantagruélico mientras contemplo como el Star Sun atraca en el moderno y espectacular puerto de la ciudad, el segundo mayor de Europa. En la ciudad hanseática permaneceremos atracados hasta la llegada de la medianoche cuando el crucero continúe navegación rumbo a los países escandinavos.

Sonia informa al grupo de prensa que la naviera ofrece la opción de realizar un tour panorámico en automóvil por los barrios más elegantes de la ciudad (Uhlenhorst, Harvestehude, Eppendorf…), el centro de la ciudad y los hermosos alrededores naturales del lago Alster. Fotografío Hamburgo, primero guiado por un experto guía nativo y, tras agradecerle su valiosa ayuda, opto por recorrer las calles sin prisa en busca de detalles costumbristas. Visité Hamburgo cinco años atrás pero conviene actualizar los archivos con nuevos y modernos edificios, restaurantes innovadores, comercios e instantáneas callejeras inéditas. La ciudad se renueva constantemente impulsada por un poderoso comercio desde que tras la Segunda Guerra Mundial tuviera que ser reconstruida tras ser devastada. Paseo por el centro histórico y fotografío la monumental plaza del Ayuntamiento en el barrio de Altstadt, donde se encuentra el Rathaus, el espléndido edificio barroco municipal que cuenta con 647 habitaciones y en el que sobresalen el célebre Salón del Emperador y el Gran Salón. Los ventanales de la fachada gris de piedra humedecida por una climatología lluviosa contrastan con el tejado verde coronado por una magnífica torre con el escudo de la ciudad y un reloj dorado en cada uno de sus cuatro lados. Recorro los elegantes soportales renacentistas de Alsterarkaden que acogen comercios y cafeterías a lo largo del canal. Hamburgo posee centenares de puentes y canales, lo que en un tiempo le valió el calificativo de la Venecia del Norte. Más tarde me dirijo al sur de la ciudad, al barrio de Kontorhausviertel para contemplar la Chilehaus, construcción con forma de transatlántico realizada por el arquitecto Fritz Höger en ladrillo rojo, destacada obra del expresionismo alemán. Junto al puerto se encuentra otro de los símbolos de la ciudad, Speicherstadt, el singular y bello barrio de almacenes de ladrillo rojo de siete plantas, que fue creciendo alrededor de los canales, reconvertidos en centros comerciales, de ocio y cultura. Visito Hafen City, antigua zona deprimida transformada en el mayor enclave residencial de Europa con apartamentos, oficinas, comercios, restaurantes y centros de ocio que ocupan 155 hectáreas. Hasta llegar al Elbphilharmonie, el nuevo edificio de la Filarmónica del Elba creado por los prestigiosos arquitectos suizos Herzog & De Meuron. No renuncio a la inevitable escapada al Barrio Rojo de Hamburgo, Sant Paulli, al oeste de la ciudad. El barrio más canalla se extiende a ambos lados de la calle Reeperbahn, considerada la milla del pecado, y además de ser uno de los lupanares más célebres del mundo también es lugar de ocio alternativo y gran diversión nocturna. Aquí la actividad comienza a desperezarse a partir de primeras horas de la tarde cuando las prostitutas toman sus calles y esquinas y el ambiente se dilata hasta la madrugada. No goza de la escenografía erótica del Barrio Rojo de Amsterdam, que visité antes de iniciar el crucero, pero es un espacio de tolerancia que ha sobrevivido a la prostitución, las drogas, las guerras mundiales y la especulación inmobiliaria.

Tras la visita a Sant Paulli busco congraciarme con Dios admirando el interior de St Michaellis, bella iglesia protestante barroca de Hamburgo. En el interior fotografío el magnífico órgano y púlpito cuando se aproxima un miembro de seguridad que señala con su índice hacia un gran cartel que prohíbe usar cámaras fotográficas. Pido disculpas y abandono el recinto sagrado. Los esfuerzos por acercarme a la divinidad se ven siempre interrumpidos por pequeños imprevistos que conducen mis pasos hacia caminos sinuosos y heterodoxos. Es mi destino.

El día es gris, nada sorprendente por estas latitudes de la Europa septentrional y el trabajo no ha sido todo lo satisfactorio que deseaba. Quería dar un paseo en barco por el lago Alster pero el día amenaza lluvia y lo dejo para mejor ocasión. Como muchas ciudades alemanas, Hamburgo sobresale por su magnífica ordenación urbanística, conservación y limpieza. Sin embargo, alguien del sur de Europa como yo echa en falta algo más de vida y alegría en sus calles, a excepción del canallesco Sant Pauli, claro, y de la zona del puerto. Al final de la tarde estival regreso al Star Sun y me dirijo al bar de la piscina de cubierta para reunirme con los compañeros de viaje. Doy por concluida la jornada laboral.

-Whisky, Mr. Jaky- ofrece solícito Derik.

-No thank you, my friend. I´d like Bloody Mary.

Minutos después aparecen Alberto y su mujer, Paloma, y más tarde Sonia. Todos mostramos la más amplia de nuestras sonrisas y nos extendemos en comentar las excelencias del crucero, coincidiendo en el extraordinario nivel de los servicios de camarote, la selecta gastronomía de los diferentes restaurantes temáticos y, especialmente, en el trato exquisito de la tripulación. Dos días a bordo y nos encontramos confortablemente instalados, relajados y muy satisfechos con las facilidades prestadas para el óptimo desarrollo de nuestro trabajo; condiciones que no siempre se alcanzan en los viajes profesionales de prensa en grupo: si no falla alguna actividad programada es habitual que aparezca algún irritante personaje que altera la paz  con estúpidas quejas y exigencias o simplemente molesta con una actitud de viajero sabelotodo enciclopédico que trata de imponer sus criterios y horarios al resto del grupo. Sonia rebosa alegría por el resultado de la cena con el capitán e informa que a la mañana siguiente estamos invitados a conocer el puente de mando. La seriedad y formalismo del primer día de la relaciones públicas noruega han dado paso esta noche a una mujer más relajada, expresiva y cercana. Resulta obvia su satisfacción por el rumbo de los acontecimientos y por nuestro comportamiento hasta el momento.

Bebo el primer whisky del día cuando apareces en la piscina buscando la hamaca más próxima a la barra del bar. Nunca he creído en la casualidad y menos si por medio merodea una mujer. Pantalones cortos de algodón, camiseta blanca y un nuevo libro: Cincuenta sombras de Grey, de la autora inglesa E. L. James. Bella, culta y atrevida, combinación que a algunos hombres espanta pero a mi me fascina. Estoy todo lo sobrio que puedo estar y una voz interior me aconseja dejarlo pasar profetizando que sólo me meteré en problemas, y en esta etapa mi vida acumula demasiados. Frente a la voz se alza el impulso hormonal de lanzarme sobre ti y comerte a besos. Pura atracción a primera vista, tal vez necesidad, o ambas cosas. Me imagino besando las uñas color fresa de tus pies que fotografié la tarde anterior, los pechos turgentes, los tersos muslos y ese culo respingón. Beber de esos labios rosas que al observarlos me incitan a pedir otro Bloody Mary y tomarlo en suaves tragos.

Como en la mayoría de ocasiones que me han surgido esta clase de disyuntivas, la pasión gana al cerebro. Me levanto de la barra del bar decidido a rendirme a tus condiciones, sean las que fueren, dirigiéndome a ti enfebrecido por un incontenible deseo. Llego junto a ti y busco la hamaca de tu lado izquierdo. Tras un ¡hello! de saludo y escueta presentación te dedico una prolongada e intensa mirada, de arriba abajo, advirtiéndote de mis transparentes intenciones y entonces tú reaccionas sublime. Excelsa. Incorporándote de la hamaca, te desprendes de la camiseta, luego del pantaloncito y luces tu hermosa y pinturera figura adornada por un exiguo bikini que potencia aún más tus encantos. ¡Olé, Olé y Olé! Suspiro encelado, entusiasmado, excitado y cuando decido lanzarme sobre ti para romper el hielo -pésima metáfora porque estamos ambos en estado de ebullición-, descubro que miras horrorizada a un hombre que se acerca apresuradamente. No logro escuchar lo que dice, pero sí advierto la mirada criminal que me dirige. Aturdido, ahora sí gélido y descompuesto, presencio la escena como a quien le acaban de robar la cartera y no sabe si gritar !al ladrón! o callar no vaya a ser que además le propinen una paliza. Protestas, te resistes un tiempo, pero ante su insistencia vuelves a ponerte la camiseta blanca, los pantaloncitos azules y te marchas echando humo y sapos y culebras por la boca. ¡Qué bajón, qué desagradable puede resultar un hombre cuando ve que otro intenta comer de su mismo plato¡ Pienso que se trata de un marido cincuentenario despechado por la ligereza de su joven mujer, pero oigo tus quejas llamándole “papá”. Me tranquiliza escucharlo. A estas alturas de mi vida no estoy para duelos ni para complicadas aventuras con mujeres casadas.

-Whisky, Mr. Jaky -sugiere Derik, el barman.

-Claro amigo. Lo necesito.

Me levanto de la hamaca y vuelvo a ocupar mi lugar en la barra: la esquina desde la cual se divisa una vista panorámica de cubierta y el horizonte del Mar del Norte. Las penas con alcohol son menos penas, o al menos se ahogan con nosotros y nos acompañan.

La desilusión no dura demasiado. Por proa aparece espléndida Sonia.

-Esta chica está más hermosa cada hora que pasa- me digo a mí mismo en uno de los soliloquios que suelo mantener cuando la soledad me envuelve-. El vestido de gasa blanca deja traslucir la robustez de los muslos y la firmeza de los pechos. Por primera vez en el viaje siento que me mira con cierta ternura y calidez, a todas luces muy diferente a aquellas frías y protocolarias miradas de la mañana que me recibió en el aeropuerto de Ámsterdam el día de mi llegada.

-¡Disfrutando de la tarde, Jaky!- no es pregunta es admiración. Ciertamente está de buen humor.

-Ando en ello -respondo con un amplia sonrisa alzando la copa en actitud de brindis-. Todo puede mejorar con una compañía como la tuya, Sonia- me traiciona el calentón que ha dejado la americana en mí-.

La atractiva noruega nació en Oslo hace 34 años y, como predestina su código genético, es rubia, de ojos azules, corpulenta y aunque la simpatía no se encontraba hasta ahora entre sus encantos, rezuma sensualidad.

Se acomoda en el taburete de al lado y pide agua con gas. Chocamos nuestros vasos.

-¡Cheers¡

A continuación detalla el programa para lo que resta del día y la jornada siguiente.

-Sonia es una máquina. Nunca se relaja -pienso-.

 

 


Capítulo 5

 

 

 


Days Like This (Van Morrison)


“Papá comienza a ser insoportable: espía mis pasos, aparece por sorpresa en la piscina, se presenta en clase de cocina cuando jamás ha pisado la de casa… Revolotea a mi alrededor a todas horas como un moscardón -protesto enfadada a mamá.

-Sólo desea protegerte, Sophia. Sabe que lo estás pasando mal a causa de tus problemas con Sam y desea estar a tu lado.

-Mamá, el comportamiento de hoy ha sido humillante. Leía plácidamente en la piscina y me ha obligado a acompañarle a una charla de mitología vikinga. El interés por temas relacionados con sus antepasados primitivos se está convirtiendo en una obsesión. Le respeto pero no puede obligarme a compartir ese repentino afán por descubrir sus raíces nórdicas. Cuando contesté que no me apetecía nada acompañarle, que prefería leer y tomar el sol, perdió los nervios y gritó como un enajenado delante del resto de pasajeros, sorprendidos con su actitud.

-¿De todos los pasajeros o de alguno en concreto? Papá ha comentado que a tu lado se encontraba un hombre que no apartaba los ojos de ti. Cariño, sé como te sientes: no resulta fácil olvidar una discusión con tu prometido. Evita comportamientos de los que luego puedas arrepentirte. Eres joven e impulsiva y debes darte un tiempo para reflexionar. Un problema no se soluciona con otro -mamá trata de poner paños calientes en una herida que no cicatriza-. En unas semanas verás todo de forma diferente. No te dejes llevar por la ira y el deseo de venganza.

Mamá es experta en infidelidades: en más de dos y tres ocasiones ha mirado para otro lado cuando papá se ha encaprichado de la secretaria de turno, o en sus frecuentes reuniones de negocios el rol de anfitrión le ha llevado a los brazos de una ejecutiva ambiciosa. Por supuesto sufre con las infidelidades de papá, pero es práctica y sabe que él siempre vuelve al hogar y las otras son sólo un entretenimiento pasajero. Tiene todo lo que desea y jamás se le ha pasado por la cabeza separarse o pagarle con la misma moneda. Ocasiones no le han faltado y seguro que se le siguen presentando. He sido testigo de los múltiples coqueteos de amigos y vecinos con ella en fiestas a lo largo de los años. Jamás la he visto ceder a esas insinuaciones. A los 48 años conserva una figura espléndida y cuando salimos juntas de compras muchos consideran que somos hermanas. Mientras papá ocupa la mayor parte de las horas del día en dirigir la empresa, mamá está centrada en Maggie y en mí, además de atender a sus asociaciones benéficas y asistir diariamente al gimnasio para practicar aerobic con el método de Jane Fonda. Está convencida de que llegará a los 70 años con el deslumbrante físico de la hija del protagonista de Las uvas de la ira. Dice que es una de las películas con la que más lloró de joven, al recordarle las dificultades que atravesó la familia de su padre durante la terrible crisis de 1929.

-Disfruta de este viaje maravilloso, pero deja a los hombres a un lado, cielo -continúa mamá-. Un instante de placer puede complicar la vida entera. Y tu tienes un maravilloso futuro por delante.

-¡Por favor, mamá! Ese joven ni siquiera me ha dirigido la palabra-, protesto por su insistencia y por la necedad de papá.

-Tu padre asegura que tiene aspecto de latin lover. Los hombres siempre piensan en lo mismo, cielo, y no es necesario que sea más explícita.

-Soy adulta y libre, mamá. No me importaría que un latin lover o un playboy se fijara en mí después de sufrir el engaño de mi  formal y perfecto prometido -replico enfadada-. Me considero suficientemente preparada para saber con quién puedo o no hablar. Dejad de comportaros como si fuera una niña.

-Por supuesto, cielo. Se me olvidaba ha llegado un mensaje de Sam. Nos desea un feliz crucero y afirma que te echa de menos. Desea conocer qué día regresamos a casa. Sé comprensiva, hija. No es fácil encontrar hombres como él y está muy enamorado de ti -insiste mamá.

-Mi enamorado se metió en mi cama con la zorra de Sally Hunter. Por mí puede arder eternamente en el infierno con ella. No deseo volver a verle -contesto enfurecida por la actitud  comprensiva de mamá hacia él.

-Sophia me disgusta que utilices ese lenguaje vulgar. Te suplicó perdón por su lamentable error. Los hombres actúan en ocasiones como niños, sin pensar en las consecuencias. Sam ha reconocido que cometió una estupidez y parece sinceramente arrepentido. Dale una oportunidad de reparar su error. Lo está deseando. Hay momentos que debemos ser generosos y perdonar -añade- Si yo te contara, cielo

-No mamá, no tienes nada que contar. Haz lo que quieras con tu vida, pero deja que siga mi camino. Tengo mis propias ideas y quiero tomar mis decisiones. Nadie va a decirme lo que puedo o no hacer. Sam ha muerto para mí. No insistas, por favor. Sé que tú y papá soy amigos de los O´Sheen y os hacía gran ilusión que nos casáramos, pero esa relación es ya pasado.

-Lo que decidas lo aceptaremos, cielo. Tu padre y yo sólo queremos lo mejor para ti- accede mamá”.


“¡Dios mío, jamás un hombre me había excitado tanto sólo con la mirada¡ Me moría por un beso, una caricia Qué manera de mirar, sentí como sus ojos oscuros erizaban mi piel, la atravesaban ¡Qué guapo, con ese pelo rizado, los labios gruesos y qué cuerpo! Al aproximarse creí que me estallaba el corazón. Y al sentarse en la hamaca de al lado me temblaron las piernas como a una colegiala. Le habría besado en aquel instante, qué digo besar, le hubiera estrechado entre mis brazos para retenerle y sentir el calor de su cuerpo. Me olvidé de Sam, del barco, de los camareros, del resto del pasaje e incluso de mi padre. Pero él no se olvidó de mí y truncó uno de los instantes más excitantes de mi vida. ¡Sólo por esa mirada ha merecido la pena cruzar el Atlántico¡

Tras quince minutos escuchando una soporífera letanía de divinidades vikingas dejé a mi padre plantado con sus tatarabuelos y regresé a la piscina de cubierta con la esperanza de encontrarle en la hamaca. No estaba ya. Iba decidida a lanzarme sobre él como si fuera el último hombre del planeta. Nunca he experimentado una atracción tan irresistible por nadie, ni siquiera por Sam. Los primeros amores de juventud fueron más románticos que carnales y en cuanto a Sam la amistad inicial se transformó, poco a poco, en amor. Una bonita amistad que llevó al amor. Nada arrebatador. La sensualidad y el deseo que me transmite él son algo nuevo, pura química. No necesito saber qué piensa ni de donde viene ni hacia donde va. Sólo deseo besarle y sentir su piel fundirse a la mía.

¿Que habrá pensado de la escenita de papá? Creerá que soy boba, una niña pegada a los pantalones de papá.

¿Quéde la e     ¡Dios mío cuánto deseo volverlo a ver¡”

 

“Anoche no le vi. Es difícil coincidir a la hora de la cena cuando existen tres grandes restaurantes y el servicio de camarote. Fui a la biblioteca y luego asistí con la familia al espectáculo en el Gran Anfiteatro, pero no apareció. No sé nada de sus costumbres, sólo que le encanta el wisky, el Bloody Mary, hacer fotografías y yo. No es mucho, pero me atrae.

-¿Cielo estás lista? Es hora de desayunar -papá otra vez. Mi sombra.

Es hora

B                    Bajamos al restaurante buffet de la quinta planta. A primeras horas de la mañana los pasajeros desayunan mientras contemplan por los amplios ventanales del comedor como el barco navega por las aguas del mar del Norte. Mientras preparo leche con cereales recuerdo la hermosa panorámica del sol de medianoche sobre el horizonte presenciada tras la cena de anoche. Es uno de los instantes mágicos que perduran grabados para siempre, como la primera vez que observé la Aurora Boreal en un viaje a Alaska. Ahí llega. ¡Oh, Dios, va acompañado de una chica espectacular! Se han sentado al otro lado del restaurante junto a la terraza de popa. !Mierda¡ Era lógico que un hombre como él durara poco tiempo solo en un arca de fieras como ésta. ¡Qué desilusión! ¿Qué hace mirándome mientras coge la mano a la chica? ¡Qué cinismo! Ahora se levantan de la mesa y abandonan el restaurante. Viene hacia aquí. De los diferentes pasillos que conducen a la salida ha elegido el más próximo a donde me encuentro. ¡Qué desfachatez, vuelve a mirar¡ No devuelvo la mirada. ¿Qué quiere ahora? ¡Hombres¡ ¡Quién los necesita¡”.

 


Capítulo 6

 

Here comes The Night  (Van Morrison)

Los compañeros del press trip acordamos cenar juntos todas las noches. Un compromiso de cortesía y también de camaradería para compartir los avances en nuestros respectivos trabajos e intercambiar ideas. El inconveniente es que obliga a reunirnos a una hora muy temprana, las siete de la tarde, cuando se sirve la cena en el barco. Preferíamos una hora más tardía pero así son las cosas en el Star Sun. Lo que no perdonamos son las largas sobremesas: nos dan las diez, las once e incluso la medianoche, para disgusto de los camareros que se ven obligados a soportar nuestras risas y conversaciones en voz alta tras beber generosamente de alguna cosecha italiana de vino de la magnífica bodega del barco. El Star Sun posee bandera italiana, capitán italiano y parte de la tripulación italiana, y destaca también por prestar gran atención a la gastronomía del país trasalpino. Tras degustar varias botellas de un vino exquisito del Piamonte, que anima la charla y alegra nuestras almas, abandonamos el restaurante con gana de fiesta y proseguimos de copas en el bar discoteca de la tercera planta.

En el pequeño escenario una bellísima y pésima cantante destroza temas clásicos de Eric Clapton, Frank Sinatra, Barry White, Gloria Gaynor y otras leyendas de la música que llorarían amargamente si escucharan destripar sus melódicos éxitos. La presencia de la artista, de traje largo negro escotado y espalda desnuda, impregna al lugar de un halo de cabaret de entreguerras, corroborado por dos matrimonios que superan las bodas de diamante bailando en el centro de la pista de baile, el barman sesentón y los camareros filipinos. La escena estaría completa si apareciese Humphrey Bogart fumando un cigarrillo y con un whisky en la mano, ya que para el papel de la `flaca´ Bacall da perfectamente el tipo la cantante. Imagino a la chica del escenario dirigiéndole la célebre frase de la película Tener y no tener: “conmigo no tienes que fingir. No tienes que decir nada. Si me necesitas, silba. Sabes silbar, ¿no? Sólo tienes que juntar los labios y soplar. Y yo acudiré a tu llamada”. Una hora más tarde y varias copas más sólo permanecemos en la discoteca Alberto y Paloma -su mujer-, Sonia y yo, además de los filipinos, claro está. La cantante ha hecho mutis por el foro de la mano de un oficial del barco. La noche, de finales de junio, es espléndida con una temperatura cálida y el mar en calma. La conversación dejó, copas atrás, de centrarse en el trabajo para ser más íntima y sugestiva. La música y el alcohol liberan nuestra almas y el deseo se abre camino como la lava de un volcán arrasa lo que encuentra a su paso. Algo impensable cuatro horas antes. Alberto, menos apasionado y más etílico que yo a estas alturas, sugiere prolongar la fiesta en la ruleta del casino del barco donde resiste el último bar en cerrar para noctámbulos. Jamás hubiera imaginado que buena parte de los pasajeros despiden la noche en el casino. Las enjoyadas y empolvadas esposas septuagenarias se aferran al azar programado de las máquinas tragaperras, seducidas por un sonido estridente y obsesivo que promete premios que no necesitan aunque sí sus emociones. Los maridos juegan al black jack o la ruleta sin perder de vista los generosos escotes de las crupier que no cesan de mostrar sus maravillosas sonrisas tras cada propina. Es la primera vez que juego a la ruleta y en apenas quince minutos pierdo los 200 euros que he cambiado en fichas. Mientras, Alberto parece decidido a hacer saltar la banca, y gana más de 800 euros. Como el juego es uno de los pocos entretenimientos que no han conseguido, hasta hoy, arrastrarme por su senda, decido observar su método, aparentemente infalible, y compruebo que reside en apostar a varios números diferentes que ocupan indistintamente casillas de rojo y negro y par e impar. Simple, pero a él le funciona. Cambio otros 100 euros en fichas que desaparecen con la misma velocidad de los primeros pese a seguir su método. Dicen que una retirada a tiempo es una victoria y eso hago. Sonia muestra la misma indiferencia que yo por la ruleta y le propongo disfrutar del jacuzzi de cubierta a la luz del sol de medianoche. Dejamos a Alberto y Paloma apostando al doble cero.

A las dos de la madrugada en el barco sólo permanecemos despiertos el piloto automático de navegación, los camareros, algunos octogenarios insomnes, las crupier del casino, nuestra pareja de amigos, y Sonia y yo sumergidos en una bañera de dos por dos con el agua templada, un whisky en la mano y el firmamento estrellado de una hermosa noche de verano por techo.

Sonia se desenvuelve por la noche como una mujer divertida, segura y desmelenada; la seriedad ha quedado atrás desvelando una mujer disfrutona de la fiesta, bebe a buen ritmo y parece dispuesta a quemar la noche. Mi bañador y yo observamos su espléndido top less mientras sus pies comienzan a juguetear con los míos bajo el agua. Dejo el vaso de whisky a un lado y me aproximo a ella con suavidad. La beso y acaricio con un deseo creciente e irrefrenable. No es Sonia, sin embargo, una mujer que aprecie especialmente los preámbulos amatorios:

-Acaba la copa y vamos al camarote -propone como quien ofrece un té con pastas a media tarde.

-Has adivinado mi pensamiento. No se hable más -respondo un tanto sorprendido. Evidentemente lo deseo y, aunque tampoco me aproxime al perfil de un hombre romántico, me gustan los juegos previos al sexo. Sonia los ignora.

-Ok. En el camarote 626 en cinco minutos. Supongo que necesitas ir al tuyo -añade en tono sugerente y firme que exige protección. Una Sonia diferente o tal vez no. Ejecutiva, profesional y eficiente. Sabe lo que quiere, cuándo y cómo conseguirlo.

Tiempo atrás decidí no intentar comprender a las mujeres: las correspondo. Millones de hombres han tratado de hacerlo y no sé de ninguno que lo haya logrado. Aprovecho mi paso por el camarote para cepillarme los dientes en un intento vano de aminorar el tufo a alcohol, aprovisionarme de preservativos y una botella de champagne.

Al abrir la puerta de su camarote me sorprende desnuda conduciéndome de la mano a la cama. Sin champán ni preámbulos comienza uno de los más largos y extenuantes encuentros sexuales de mi vida. Sonia se comporta como una gimnasta y le sigo el ritmo con entusiasmo. Según avanza la noche conserva el mismo ímpetu mientras mi fogosidad disminuye paulatinamente hasta terminar exhausto. Mi condición física deja bastante que desear los últimos meses por la dejadez y los excesos. Lo que comenzó siendo una placentera noche de sexo se convierte en una maratoniana sesión de Kamasutra. Sonia es inteligente, hermosa, seductora y sensual, pero más atlética y fogosa que apasionada. Me siento literalmente vacío, agotado. Lo necesitaba pero dudo que resista un nuevo encuentro como éste. Una noche inolvidable e irrepetible. Al despertar he recordado a la joven americana de la piscina. Dos mujeres rubias y hermosas pero tan diferentes... Como decía mi abuela `demasiado arroz para tan poco pollo´.

Ha amanecido y sigo desmadejado como un muñeco de trapo por una esquina de la cama, cuando Sonia vuelve a sorprenderme con rostro serio y dubitativo:

-¿Te gusta mi cuerpo, Jaky?

-Un cuerpo maravilloso digno de ser declarado Patrimonio Monumental de la Humanidad, bromeo sinceramente. ¿Por qué lo preguntas? Ha sido una noche inolvidable aunque debo confesarte que últimamente no estoy acostumbrado a tanto ajetreo sexual - me justifico.

-Mi culo es demasiado grande… - prosigue.

-¡Protesto! Eres la dueña de un hermosísimo trasero y me encantan los culos como el tuyo. Ignoro por qué te muestras insegura, tu cuerpo es perfecto, el de una mujer de bandera, como decimos en España. Y antes que digas nada de tus pechos te aseguro que son maravillosos -la animo sinceramente para que no siga sometiendo a un análisis crítico su anatomía. Su complexión física es fuerte, exuberante y espectacular. Tal vez a algunas mujeres les pueda parecer excesiva, influenciadas por los patrones anoréxicos que imponen los gurús de la moda a sus modelos. El problema, que ha intuido, reside en que percibe cierta ausencia. La pasada noche con Sonia me dejé llevar por el deseo, sin frialdad pero sin ternura. Eso es algo que siente una mujer experimentada como ella.

Faltó química y conexión y tal vez sobró sexo desesperado. Molesto conmigo, trato de cambiar de tema.

-Son las diez de la mañana y nos hemos ganado un buen desayuno. Vayamos a recargar baterías, estoy bajo mínimos -propongo antes de ir a la ducha.

-¿Sé que no debería pero puedo preguntarte algo? -duda con tono de voz vacilante.

-No estoy casado, ni comprometido, en este momento. Hace seis meses sí lo estaba. ¿Satisfecha? - respondo adelantándome a su lógica curiosidad.

-Perdona. Sé que lo que ha pasado no me da ningún derecho a indagar en tu vida, pero me tranquiliza -responde satisfecha.

Su actitud me desconcierta. No esperaba que fuera de esas chicas a las que les tienes que contar tu vida por fascículos después de haber pasado una sola noche juntos. Su curiosidad provoca que recuerde lo sucedido meses atrás cuando el matrimonio con Dolores naufragó estrepitosamente después de siete años de continuos desencuentros. Desde el día siguiente a pronunciar el sí quiero en el juzgado de la calle Pradillo de Madrid, Dolores inició una cruzada para convencerme de la necesidad de ser padres. Me opuse. Al principio me limitaba a decirle que teníamos todo el tiempo por delante y que antes debíamos disfrutar de la vida juntos. Las parejas de amigos que habían tenido ya descendencia se pasaban el día cambiando pañales y preparando biberones, y esa no era una perspectiva que me atrajera en absoluto. Con el paso de los años su insistencia sólo logró crear dentro de mí una animadversión hacia la paternidad. Es curioso porque durante el año que convivimos antes del matrimonio jamás mostró el más mínimo interés por los niños. A esa discusión siguieron las del lugar donde debíamos comprar el piso, dónde viajar en vacaciones sólo nos poníamos de acuerdo en la cama hasta que quedó embarazada. Perder al niño a los siete meses de embarazo acabó con todas nuestras esperanzas de futuro en común.

-El primer español con el que hago el amor -me devuelve Sonia al presente-. Desde adolescente fantaseaba con hacerlo con uno. Tenéis fama de apasionados

-Un honor afortunado para mí ¿Y qué tal la experiencia? ¿Decepcionada? Para mí también has sido la primera noruega -respondo esperando su veredicto por ver si he respondido a sus fantasías juveniles.

-Tal como lo había imaginado -miente benévolamente.

-La próxima vez trataré de no causar dudas en ti -aventuro no demasiado convencido.

Sonia me sorprende con un beso dulce y emotivo en los labios que me descoloca aún más de lo que estoy.

-¡Vamos, llevo una hora soñando con un par de huevos fritos con bacon! -digo mientras le doy una cariñosa palmada en el trasero. El sexo abre el apetito y  el estómago lleno ayuda a resetear el metabolismo, muy castigado los últimos meses por los excesos etílicos.

Tras la noche con Sonia he liberado endorfinas que me hacen sentir menos agobiado que estos últimos meses, no obstante en mi interior ronda ese run run que no me deja ser feliz. A veces pienso que nunca recobraré el equilibrio emocional y sentimental que vivi años atrás. Tal vez la vida no vuelva a darme otra oportunidad.

 

 


Capítulo 7

 

 

 


My Little Baby (Van Morrison)

Querida Sophia:

Te echo de menos. Te necesito.

Pienso en ti cada segundo. Todo en la ciudad me recuerda momentos vividos juntos. Desde que partiste he pensado mucho en los errores que cometí. Fui un estúpido. Prometo hacer lo que decidas para que dejemos atrás aquella lamentable tarde. Perdí el control al beber, ya sabes que no aguanto la bebida, y la insistencia de Sally hizo el resto. Perdóname, juro ante la Biblia que no volverá a suceder. Deseo besarte una y otra vez y decirte que te amo. Eres el amor de mi vida. Tengo la certeza que superada esta dura prueba seremos felices. Cumpliré la promesa que te hice en la iglesia de San Patricio de Nueva York de llevarte al altar. Serás la mejor madre para nuestros hijos. Por favor responde a mis llamadas. Te amo y siempre te amaré. Sólo tuyo. Sam.


“Imbécil, estúpido y cobarde. Culpa al alcohol del revolcón con Sally Hunter. También yo bebí y no me puse a cuatro patas con los amigos que se insinuaron. Sabes que más de uno lo ha intentado y esperan que rompa contigo para tener su oportunidad. Podías haberte metido la bebida por el culo y no sería el hazmerreír del Hípico. ¿Cómo perdonar una traición tan vergonzosa, Sam? Esta humillación no se olvida en toda una vida, es un estigma que llevaré siempre. Mientras permanezca a tu lado me sentiré una mujer engañada, una `cornuda´. Tal vez aún te quiera pero no puedo perdonarte. Es demasiado tarde para volver atrás. Algunas cosas no se pueden borrar ni olvidar. Ojalá no hubiera sucedido. A veces también te echo de menos…”


“Cariño pasaremos la jornada en Oslo -mamá irrumpe en la tranquilidad del camarote sorprendiéndome leyendo el email de Sam-. ¿Son noticias de él? Te quiere muchísimo. Está arrepentidísimo de lo sucedido. Nunca he visto a un chico tan enamorado como él de ti. Se equivocó pero todos cometemos errores y en la vida debemos saber perdonar

-No insistas mamá, mi compromiso con Sam está roto. Deberías hacerte a la idea. Yo ya lo he hecho. En diez minutos me reúno con vosotros en la pasarela de salida.

Los hombres no interiorizan el amor como nosotras,  al menos no lo viven de la misma forma. No me metería en la cama con otro hombre distinto al que quiero: me sentiría sucia. Ellos sí lo hacen sin pensarlo demasiado. Sam lo hizo. Por puro instinto animal, pero lo hizo. Son unos inconscientes, capaces de olvidar siete años de amor por un polvo de unos minutos con una furcia.

Todos son iguales: pierden el norte cuando ven un culo de mujer y se les abre de piernas. Creí que el fotógrafo sería diferente. Pura ilusión. Durante dos días me ha regalado miradas y cuando empezaba a pensar que realmente le interesaba va y se lo monta con la primera que se le cruza delante de la bragueta.

Un día me dijo la abuela Mary: “querida, el 99 por ciento de los hombres piensan con el pene”. La impaciencia caracteriza a estos cazadores insaciables y trogloditas que para asuntos de amor aún permanecen en la Edad de Piedra: primero sexo, luego sexo y para terminar más sexo. Pierden la sesera por eyacular en cualquier coño aunque estén enamorados y comprometidos con otra. La genética del macho alfa les impulsa a nuevas conquistas. Actúan cegados olvidando que el amor es mucho más hermoso y pleno que un efímero coito. Mientras tanto aquí sigo como una hierática estatua de Afrodita que ve al resto retozar a su alrededor. Acabaré por parecer uno de esos fríos maniquíes que figuran en los escaparates de Chanel que ven pasar la vida al otro lado del cristal. Cualquier día me entrego a la dolce vita y encierro para siempre en el armario a la `dulce Sophia´.”


“¡Anímate, cariño, Oslo nos espera! Te gustará, es una ciudad pequeña y encantadora. Visitaremos el Museo de los Barcos Vikingos que conserva antiguas naves e instrumentos con más de mil años de antigüedad e iremos de compras al centro de la ciudad y almorzaremos. Disfrutaremos de un día magnífico -papá ha entrado en el camarote y ejerce de guía turístico-. He contratado los servicios de un chofer para visitar la ciudad sin la incomodidad de ir al ritmo de los demás pasajeros del crucero como sucedió en Hamburgo, cuando realizamos la visita guiada en autobús. Te divertirás.

-Seguro papá -contesto con el tono más indiferente que puedo.

Al cerrar la puerta del camarote observo, al fondo del pasillo, al fotógrafo reír junto a la chica del desayuno. Salen de su camarote y al pasar a nuestro lado papá les saluda y él corresponde mientras fija su mirada en mí obligándome a apartar el rostro. Mamá ha advertido el gesto y le dirige una severa mirada de reproche. Los camarotes se hallan en el mismo pasillo y dormimos a apenas diez metros el uno del otro; yo con Maggie y él con esa exuberante chica entrada en carnes. Todos los hombres se empeñan en humillarme. ¡Cerdos¡

Quince minutos después llegamos al Museo de Barcos Vikingos.

-El Oseberg es el primer barco que encuentran al entrar al museo y fue descubierto en 1904 en un montículo funerario cerca de la granja Oseberg, en la región de Tonsberg. Formaba parte de la tumba ricamente equipada de dos mujeres nobles. En mitad del barco se construyó una cámara sepulcral cubierta en la que fueron enterradas las mujeres hace más de mil años. Probablemente la joven era un princesa vikinga y la otra alguna de las damas que se encontraban a su servicio. El barco fue construido en madera de roble con medidas de 22 metros de eslora y cinco de manga. A cada lado posee 15 orificios para insertar los remos, lo que hace suponer que su tripulación la constituían unos 30 remeros, un piloto y un vigía…” -las explicaciones del guía del museo me provocan un tremendo sopor.

-“… la cubierta del barco la componen tablas de pino, lo que revela sus conocimientos a la hora de elegir diferentes tipos de madera para lograr una mayor resistencia a los embates del mar. Este barco navegó durante algunos años y luego fue reparado y adecuado para convertirlo en una nave funeraria. Tras la ceremonia quedó finalmente enterrado en un túmulo de arcilla y césped. El túmulo se ha mantenido casi herméticamente cerrado, y objetos de madera, cuero y de tela, que normalmente se hubieran podrido, se han conservado increíblemente bien…” -no aguanto más el sermón marítimo y recuerdo que hoy se celebra en Boston, al otro lado del Atlántico, la fiesta de despedida de soltera de Pam. La ha planificado durante meses para convertirla en un gran encuentro de todas las amigas. ¡Lo que daría por estar con ellas¡ Y no aquí en la vieja Europa viendo esqueletos de barcos que hace centenares de años dejaron de existir si al menos apareciera un vikingo, o quien fuera, para rescatarme de este tedioso viaje.

Me aparto sigilosamente de la familia y husmeo por las vitrinas del museo que exhiben zapatos de piel roídos por la humedad y utensilios como peines, cazos, cuchillos e incluso carros con centenares de años. Es increíble que hayan sobrevivido un milenio. Estoy segura que la vida de aquellos vikingos era mucho más divertida que la mía en estos momentos.

-How are you?

-¡Oh Dios mío, es él¡ Qué cara más dura. ¿Cómo se atreve a dirigirme la palabra? Su actitud desvergonzada le hace aún más atractivo. Le daría una bofetada y luego le besaría.

-Can I take a picture of you?

Y ahora quiere hacerme una fotografía.

-No, sorry -niego lo más firme y seria que puedo cuando realmente deseo decir: yes, yes, yes.

-I´m sorry. Excuseme -se disculpa decepcionado y se va con la cámara a fotografiar los últimos restos del pueblo vikingo.

¿Por qué no insiste? A la primera negativa se marcha. No parece de los que se dan rápidamente por vencidos Se ha ido. Soy idiota, por qué no le he dicho que sí, sólo ha pedido permiso para hacerme una fotografía. Era el momento de entablar conversación y me he dejado llevar por la rabia de haberle visto con otra chica. ¿Qué puedo echarle en cara? No le conozco y puede llevar a su camarote a quien quiera. Sólo ha coqueteado y cuando trata de acercarse corto fulminantemente de una manera estúpida e infantil. Le he juzgado como si se tratara de Sam y el fotógrafo jamás ha pedido mi mano para luego traicionarme. Sólo quería fotografiarme. Y yo deseaba que lo hiciera.

-“Frente a ustedes una de las arcas encontradas con los restos del barco. En las casas vikingas no había ni armarios ni cómodas, todo lo que se quería guardar se depositaba en arcas. Unas arcas que eran de roble con herrajes de hierro…” -papá y mamá continuan atentos a las palabras del guía mientras persigo con la mirada al fotógrafo que ya abandona el museo cruzando el resplandor que se filtra por la puerta de salida. Siento deseos de correr tras él y ofrecerme como modelo fotográfica por lo que queda de día. Reprimo mis impulsos, cobardemente.”

 


Capítulo 8

 

 

 


Have I Told You Lately? (Van Morrison)


Mientras desayuno con Sonia sé que no volveré a hacer el amor con ella. Es hermosa pero más allá del sexo no existe ninguna otra conexión entre ambos. Debí prestar atención a las señales del corazón: una mirada de la joven americana me trasmite mayor atracción y sentimientos que besar a Sonia. Soy monógamo: incapaz de querer a dos mujeres a la vez. Si una mujer toca mi fibra sensible sólo pienso en ella, el resto se difuminan como la niebla. La dispersión me confunde, no por moralidad, sino por pura imposibilidad psíquica. Me cuesta un tremendo esfuerzo llevar una vida en pareja y no me imagino protagonizando complicados triángulos amorosos.

Después del prometedor encuentro frustrado de la piscina intento un nuevo acercamiento a la joven americana en el Museo Vikingo de Oslo, donde volvemos a coincidir. Me dirijo a ella todo lo cortés y persuasivo que puedo llegar a ser y le propongo que pose para mí, explicándole que formará parte de un reportaje turístico de la ciudad, pero se niega a que la fotografíe junto a los barcos de Odín. Está  bellísima y radiante con un vestido corto de gasa blanca que realza su cuerpo, una belleza dulce y celestial que recuerda a diosas nórdicas como Friga -esposa de Odín-, Nerta -diosa de la naturaleza- o la mismísima Freya. En la mitología de los países escandinavos Freya es la diosa del amor y la fertilidad y se la considera la más bella de todas las diosas. La imaginaba posando en una de las antiguas naves vikingas dando vida a una diosa. Tal vez Freya. A Freya se la considera también la primera valkiria -mujeres guerreras que llevaban a los guerreros caídos al Valhala, el paraíso vikingo-. Hubiera sido una hermosa foto de portada.

Su negativa ha sido tibia, nerviosa, y no insisto. No deseo importunar a ningún miembro del pasaje siendo un invitado en viaje profesional.

Contrariado, abandono el museo y me dirijo a Vigeland Park, el fantástico Parque de las Esculturas localizado al oeste del centro de Oslo. Allí me centro en el trabajo, el objetivo del viaje, y realizo un amplio reportaje de las maravillosas obras en piedra de Gustav Vigeland. Mientras camino hacia la magna obra de este maravilloso y humanista artista noruego suena el móvil. Es Sonia. Dudo contestar. Quiero pasear solo y centrarme únicamente en la fotografía. Pero es Oslo, su ciudad, y se ofreció de cicerone. Quedamos para la tarde. La mañana es despejada y luminosa. Me sobrecoge el magnífico conjunto artístico que componen las grandes esculturas de granito que reflejan las distintas etapas de la vida del ser humano cinceladas con maestría: la alegría de los niños jugando con el padre o corriendo a los brazos de la madre, el amor de la pareja de enamorados que se abraza, la madre que sostiene con los brazos en alto al hijo, el abuelo que guía de la mano los pasos de su pequeño nieto, la serenidad de la vejez… y tantas y tantas hermosas obras que son una sinfonía en piedra del ser humano. Una obra coral sublime y conmovedora que representa al hombre en todas sus edades. El genial escultor dedicó la mitad de su vida (de 1907 a 1942) a sembrar los 320.000 metros cuadrados del parque nacional Frognerparken con 192 esculturas y 650 figuras que cedió gratuitamente al municipio de Oslo a cambio únicamente de que se le dejase un taller para llevar a cabo su sueño. Humildad en la grandeza, algo que parece pertenecer a grandes hombres de tiempos pasados. El conjunto de la obra monumental lo integran la bella puerta de hierro de entrada al parque, el puente con las esculturas, la fuente con un cascarón sostenido por hombres y los árboles de la vida que la rodean... Un monolito central de un bloque único de granito de 17 metros de altura esculpido con 121 figuras humanas desnudas y entrelazadas y la rueda de la vida, al final del parque, completan este obra irrepetible, digna de Hércules. El conjunto escultórico merece un sitio entre las maravillas del mundo moderno por su originalidad, sensibilidad, humanidad y maestría.

Impresionado dejo Vigeland para deambular por las animadas calles del centro de Oslo en esta mañana de verano festiva. Es domingo y el sol ha sacado a la calles a todos los habitantes que disfrutan de las terrazas de la cafeterías, del césped de los numerosos parques, de un paseo en bicicleta o de un helado. A finales del siglo XIX Oslo era conocida como la Ciudad de los mendigos por la extraordinaria cantidad de sin hogar que sobrevivían en aquellos años y por su inseguridad. Hoy día es un pequeño Valhala. Una ciudad moderna, próspera y segura donde las bellas valquirias pasean en bicicleta y los descendientes de los vikingos empujan los cochecitos de sus bebés. El ambiente sosegado me incita a una pausa que aprovecho para beber una cerveza fría en la céntrica Kart Johans gate, con sus numerosas cafeterías con terraza y tiendas de ropa frecuentadas por jóvenes, bazares de souvenirs atestados de turistas y una variopinta multitud de paseantes relajados; luego encamino mis pasos en dirección al Palacio Real de Oslo, donde los reyes de Noruega efectúan audiencias y actividades administrativas. Paseo por los exteriores del Palacio, disparo algunas fotografías a su arquitectura del siglo XIX y realizo una visita al interior para descubrir amplios y palaciegos salones como el del trono o la Sala de los Pájaros, llamada sí por las pinturas de aves en paredes y techo. Al salir regreso caminando al barco. El Star Sun permanece anclado en el pequeño y bello puerto situado en la cabeza del fiordo de Oslo. Junto al mismo puerto se halla el Ayuntamiento, un edificio del siglo XIX con dos torres y un gran reloj, donde todos los años se celebra la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz. La mayoría de los edificios de la ciudad datan del siglo XIX, ya que la capital noruega fue destruida por el fuego en 1624 y reconstruida por el rey Cristian IV para ser rebautizada como Christiania. Un nombre que perduró hasta 1925 cuando recuperó su denominación actual.

Al regresar al camarote encuentro una nota de Sonia: “Llámame cuando llegues. Tenemos autorización para fotografiar las habitaciones Royal y Ownwer´s y las cocinas. Besos. Sonia”. Me alojo en una suite denominada Veranda, que no es la más económica pero que por supuesto no reúne los lujos de las grandes que ocupan millonarios norteamericanos capaces de pagar 20.000 dólares por persona en un crucero de diez días. Esas suites son pequeños apartamentos con dormitorio, baño, vestidor y un gran salón que incluye una pequeña barra de bar y una espléndida terraza de unos diez metros de larga por los sólo tres de la que ocupo. Junto a las Royal se encuentran otras más modestas donde habitualmente se instalan familiares y el personal de servicio que suele acompañarles.

Agotado por la gran caminata de la mañana en Oslo me tumbo en la cama para disfrutar de una siesta reparadora. Pasada media hora suena el teléfono. Sonia me reclama para almorzar. Me extraña la hora: las 15,30, porque habitualmente ella, como buena europea del norte, lo hace tres horas antes. Se lo comento y responde que trata de adaptarse a las costumbres españolas: ha tomado un aperitivo para hacer tiempo y esperarme. Agradezco el detalle aunque comienzo a sentirme abrumado por su creciente interés en complacerme.

-Me doy una ducha rápida y en diez minutos nos encontramos en el restaurante buffet -contesto sintiéndome halagado por sus desvelos y un tanto contrariado por su insistencia en controlar mi tiempo.

-No tardes, estoy hambrienta y no sólo por almorzar -sugiere.

Me encantan las mujeres con apetito e incluso no me importa formar parte del menú, pero hoy no estoy de humor. Necesito parar esta relación sin dañar a Sonia.

-¿Va todo bien Jaky? Te noto ausente -se interesa Sonia mientras saboreo un cóctel de mariscos acompañado de una cerveza.

-Un poco cansado. He caminado toda la mañana por Oslo y la pasada noche fue dura -bromeo.

-Me sorprendes. ¿No has disfrutado la pasada noche?

-Perdona Sonia. Ha sido un comentario desafortunado.

-Aún no estoy familiarizada con las expresiones españolas. Para mí fue bonito, `un buen polvo´, como decís vosotros. Intuyo que para ti fue diferente. No importa. Te comprendo: tomamos unas copas, tenías ganas de `juerga y... a follar. Sin más. No te lo reprocho, lo he hecho en ocasiones. Mañana será otro día.

-Me gustas Sonia. Y no fue un buen polvo fueron varios. Siento gran atracción por ti, de verdad. Eres una mujer maravillosa y agradezco que facilites mi trabajo en el barco, sin embargo creo que atravesamos momentos distintos en nuestras vidas. Anoche lo pasamos genial y deseo que conservemos una buena amistad. Debí explicarte que hace seis meses sufrí una ruptura matrimonial muy traumática y no me encuentro con ánimo para embarcarme en una nueva relación. Necesito darme un tiempo para aclarar las ideas y reflexionar -le revelo con sincera y estúpida crudeza.

-Por supuesto. Lo siento Jaky, no pretendía forzar nada. Me he dejado llevar por el entusiasmo de una noche `loca´, como decís los españoles y quería saber si te apetecía repetir. No tienes por qué darme explicaciones. Lo que sucedió fue fruto de la atracción, un calentón. Nada más. Y no tienes que agradecer que te ayude en tu trabajo porque ese es también mi trabajo. Perdóname pero he de preparar la entrevista con los chefs de cocina. Nos vemos más tarde. Ciao, Jaky -se despide visiblemente contrariada.

La diplomacia nunca se ha encontrado entre mis cualidades. Tampoco el engaño. Voy al bar de cubierta y al sentarme en la barra circular Derik me sirve un whisky sin pedírselo. Es el primero de una ronda de dos, tres, cuatro… Vuelvo a las andadas. La estupidez y el pasado no me dan tregua. La felicidad debería servirse en los bares y a pequeños chupitos. Tal vez así podría asirla y saborearla.

 


Capítulo 9


Hey, Where Are You (Van Morrison)


Despierto a un nuevo día navegando por un mar de olas de alcohol y resaca mientras el barco se aproxima al puerto de Copenhague. Mi último día de crucero. Por la tarde volaré a Madrid. La capital danesa ha amanecido con una mañana de cielos despejados y sol cegador. Me pongo las Rayban de cristales opacos y trato de reconstruir las últimas horas. De la noche anterior recuerdo conversaciones confusas en la barra del bar con Alberto y el rostro lascivo del sobrecargo con las manos en la cadera de la cantante que interpreta un desentonado `Amado mío´. Etílicos flash backs en frames en los que sorpresivamente aparece la bella americana apostada en la barra junto a mí en actitud cariñosa. Obviamente deben corresponder a alguna fase onírica de la pasada noche y a deseos de mi subconsciente que cortocircuitan las conexiones neuronales gracias al whisky. Años atrás leí La interpretación de los sueños de Sigmund Freud y el padre del psicoanálisis explica cómo en ocasiones los sueños manifiestan deseos latentes y no resulta extraño que la joven americana se haya instalado en mis sueños. ¡Bienvenida! Las restantes horas parece que se las hubiese tragado un agujero negro. Mi vida en los últimos meses es un gran agujero negro en el que todo desaparece sin dejar rastro. No necesito dejarme llevar por el recurrente instinto de culpabilidad de ahogar los problemas en alcohol, ahora es el alcohol  el que se siente atrapado en mí. La fotografía me mantiene activo, vivo y las barras de bar anestesian los atormentados pensamientos que me persiguen como una sombra. El alcohol puede convertirse en un callado y comprensivo compañero de viaje cuando la soledad te envuelve como una serpiente que se enrosca y asfixia lentamente.

Desayuno y busco el bar de cubierta para que Derik restablezca mi equilibrio sanguíneo con un Bloody Mary. Necesito alcohol y verla por última vez. A estas horas suele pasear por cubierta. El bar es zona de paso obligado desde su camarote para dirigirse al resto de las dependencias del barco, sobre todo la biblioteca, lugar que más frecuenta. Me planto como una estatua en el taburete a la espera de que el azar haga el resto. La suerte me acompaña por una vez, veinte minutos más tarde aparece resplandeciente con un suéter rosa y jeans. Camina despacio, en realidad la contemplo levitando como una virgen de Botticelli con un refresco de cola en la mano izquierda y un libro en la otra dirección al camarote. Preparo la cámara y disparo instantáneas en ráfaga mientras se aproxima lentamente. La observo por el objetivo girar directamente hacia mí decidida. Estoico, espero la bofetada. El corazón bombea la sangre a un ritmo frenético que acelera más y más según se aproxima. Se detiene frente a mí, mira desafiante y, cuando espero un gran sopapo, me regala el beso más dulce que me han dado jamás. Y susurra:

- I like you, Spanish man.

¡Por Dios que se detenga el mundo en este instante! Ungido por la belleza tardo segundos infinitos en comprender y reaccionar:

-Me too -confieso cuando ya da la espalda dirigiéndose al camarote.

Rebobino la escena en mi mente y repaso varias veces ante la incredulidad de lo sucedido. ¿Estaré ya bajo las garras del delirium tremens? ¿Acaso no será todo una hermosísima y cruel broma debida a los restos etílicos de la resaca de la noche anterior? Miro a Derik con rostro de asombro para certificar que ha sucedido realmente y éste sonríe con un lacónico: Love is love. Voy tras ella. Corro y la observo aproximarse de espaldas hacia su camarote. Acelero el paso y cuando está a solo dos metros e introduce la llave de acceso al camarote 832, el padre sale del compartimiento de enfrente y paso entre ambos como alma que lleva el diablo tras rozar suavemente mi mano con su mano. Me ha faltado valor para detenerme y corresponderla con un beso apasionado. Sintiéndome el ser más necio del universo, busco refugio en el camarote sumergido en un estado indefinido entre la iluminación y la estupidez cósmica.

Incapaz de tranquilizarme doy paseos por la habitación como un león enjaulado. Recuerdo una y otra vez su imagen besándome hasta que reacciono comprendiendo que necesito verla inmediatamente, sin padre o con él. Mi estancia a bordo del Star Sun concluye en pocas horas y el destino olvida a los que le ignoran. Salgo al pasillo y me dirijo nervioso a su camarote decidido a todo. Me detengo delante del 832 y llamo un par de veces al timbre. Espero impaciente ver su rostro tras la puerta. Insisto con otros dos timbrazos... no abre. Desesperado, golpeo la puerta con los nudillos insistentemente. Nada. Vuelvo a cubierta y la recorro de popa a proa y de babor a estribor sin hallar rastro de ella. Busco en la biblioteca, en el centro de conferencias, en los salones panorámicos, en los restaurantes, en el vestíbulo, en todas partes... no aparece. Sólo cabe una posibilidad: ha desembarcado. La busco por la barandilla de estribor y veo los autobuses preparados para conducir a los pasajeros al centro de Copenhague. Los ancianos suben parsimoniosamente la escalerilla hasta completarlos pero no la veo ni a ella ni a ningún miembro de su familia. De pronto, descubro la figura de su madre y al lado la suya y la de su hermana pequeña. A unos metros el padre dialoga con un taxista. Un minuto más tarde toda la familia entra en el taxi y emprende viaje en dirección a la ciudad.

Regreso nervioso al camarote por la mochila del material fotográfico a toda prisa y emprendo desesperadamente su búsqueda por las calles de la capital danesa. Los lugares que visitan los turistas son siempre los mismos: la Sirenita, el Palacio Real, el puerto de Nyhavn, la Plaza del Ayuntamiento... Estoy seguro de encontrarla. La suerte tiene que estar de mi parte. Lo necesito. La necesito.

La lógica sugiere que el primer lugar al que debo ir ha de ser la estatua de La Sirenita que se encuentra en el viejo fuerte del puerto, dentro del parque de Kastellet. Es el monumento más simbólico y cercano a donde permanece atracado el Star Sun y el más visitado. Debo encontrarla mientras realizo el reportaje fotográfico de la ciudad, aunque la inquietud no es el mejor compañero para la fotografía. En verano Copenhague es invadido por una turba de visitantes internacionales y dificulta distinguir un rostro de otro. Tardo varios minutos en conseguir buenos encuadres de la bella y delicada escultura de La Sirenita. Paseo, fotografío y escudriño cada metro de los alrededores pero sin hallar rastro de la dulce sirenita americana. Opto por no perder más tiempo e ir al siguiente punto de interés situado a apenas un kilómetro: el Palacio de Amalienborg, residencia de la familia real danesa. Plasmo a la guardia real con sus tradicionales uniformes coronados por un gorro de piel, similar al de la guardia real británica. Tampoco está aquí. Dejo atrás la plaza circular del palacio con la bella fuente de Gefion que corona su centro y me dirijo veloz a la Marmorkirken o iglesia Marble, en busca de apoyo divino. No la encuentro y prosigo camino por la calle Nyhaven en dirección al Teatro Real y al pintoresco puerto nuevo de Nyhavn. Recorro su pequeño canal de quinientos metros alrededor del que brotan las bulliciosas terrazas de los cafés, restaurantes y cervecerías inundadas de visitantes en días soleados como hoy. Me abro paso entre la multitud admirado por el pintoresquismo marinero de las casas poligonales de fachadas multicolores y hastíales triangulares mientras olfateo como sabueso cada rincón en busca de un olor que aún impregna mis sentidos. Inconfundible su olor a Rock´n Rose de Valentino: fresca, joven, chispeante, atrevida... Cada pocos metros sufro un sobresalto: es fácil encontrar un domingo de junio en Copenhague jóvenes rubias con jeans y suéter rosa. La desilusión al comprobar que no es ella es cada vez más angustiosa. La ansiedad aumenta cuando ronda la duda de qué sucedería si no logro localizarla. Rápidamente desecho esa posibilidad. Rastreo minuciosamente ambos lados del canal mirando cada restaurante, mesa y barco de recreo. No aparece. La prisa y el nerviosismo me recuerdan que he recorrido kilómetros y comienzo a experimentar leves mareos. El estómago demanda proteínas. Algunas personas no pueden comer ni incluso masticar cuando están sometidas a una gran excitación o estrés, no es mi caso: los nervios desatan en mí la voracidad. En la terraza de un restaurante con vista panorámica tomo una cerveza y un par de perritos calientes. Desde ella dispongo de una amplia visión del puerto y observo las pequeñas lanchas que salen para llevar a los turistas a recorrer el canal que separa la ciudad de la isla de Amagar y el barrio de Christianhavn. Aprovecho el emplazamiento magnífico para captar primeros planos de mujeres tratando de reconocerla y también para incluirlas en mi álbum `Mujeres del mundo´. En quince años he reunido un archivo con más de 3.000 retratos femeninos: algunos son posados y la mayor parte robados a sus bellas y desconocidas propietarias. Me encanta ser un cazador furtivo de la fotogenia femenina. Pocas ciudades europeas te brindan una oportunidad tan amplia de cruzarte por la calle con tan extensa variedad de auténticas venus, no sólo nórdicas. Copenhague es una de las localidades preferidas para una escapada romántica junto a Venecia, Roma, París o Londres. El teleobjetivo captura auténticas deidades y ninfas pero sigo buscando un solo rostro entre la multitud guapa, elegante y alegre.

Abandono el puerto de Nyhaven, con su viejo sabor marinero de antaño, reciclado hoy en epicentro turístico y me encomiendo de nuevo al azar. Ahora penetro en el centro de la ciudad sin rumbo fijo pero sí con la esperanza de hallarla en cualquier insospechado rincón. Dejándome llevar por la multitud curioseo comercios y restaurantes de la calle Stroget, atravesando plazas como la de Nytorv, donde se encuentra el tribunal de la ciudad. Ríos de gente pasean por esta y otras calles peatonales adyacentes, pero sin el menor rastro de ella.

El desánimo aumenta a medida que recorro nuevos tramos de calle y la tarde va ensombreciendo la ciudad. Ahora soy consciente que no será fácil encontrar a una persona entre las 500.000 almas del centro de Copenhague, aunque unas horas antes, al desembarcar, estaba convencido que lo lograría. Alcanzo la Plaza del Ayuntamiento y luego busco en los Jardines del Tívoli, un parque de atracciones con más de 170 años de antigüedad, donde van las familias a disfrutar sus horas de ocio e ideal para acurrucarse los enamorados. Visito sus teatros, rodeo el lago y observo la montaña rusa y los tiovivos. En un acto de desesperación subo a la noria que me eleva decenas de metros sobre el nivel del suelo para dejarme caer al vacío. Así es como me siento. Descargo adrenalina y hago unas maravillosas fotografías aéreas de los alrededores, pero tampoco allí  está ella.

Los nubarrones que comienzan a cubrir la ciudad también ensombrecen mis esperanzas de encontrarla. Pero no desisto, aún quedan unas horas para intentarlo. Ojeo el plano del centro de Copenhague y como un buscador de tesoros encamino mis pasos hacia aquellos lugares que aún no he visitado. Es inútil.

La tormenta de verano incrementa la desazón y el abatimiento. En un par de minutos descarga un gran aguacero que me cala los huesos y también el alma: es evidente que va a resultar muy improbable cruzarme con ella. Miro el reloj. Las seis de la tarde: hora de volver al barco para recoger el equipaje y dirigirme al aeropuerto.

No me rindo, aún queda un último cartucho: vuelvo a buscarla por el barco, quizá haya regresado de su visita por la ciudad. Para la mayoría del pasaje el crucero concluye mañana, pero el grupo de españoles regresamos esta misma noche.

Al llegar al Star Sun encuentro al resto de compañeros de viaje con los equipajes preparados para coger un taxi.

-Estábamos preocupados por ti, no te hemos visto en todo el día y tenemos el tiempo justo para llegar al aeropuerto y realizar el check in -me apremia Alberto. Te he llamado varias veces al móvil pero debías estar muy ocupado. Sonia tampoco sabía dónde estabas -me mira con una sonrisa de complicidad.

-Gracias por vuestro interés. He aprovechado para hacer el reportaje de la ciudad. Permitidme unos minutos para subir al barco, recoger el equipaje y enseguida me reúno con vosotros -contesto nervioso por ir a su encuentro lo antes posible.

Me identifico al cruzar la pasarela de entrada al barco y tomo el ascensor a la planta octava. Corro a su camarote y pulso el timbre una, dos, tres, cuatro veces… nada. No se oye ningún movimiento dentro. Pulso nuevamente una, dos, tres veces… “llamé a las puertas del cielo pero no me oyeron”… Voy al bar y pregunto a Derik si la ha visto por la tarde.

-No, lo lamento, Mr. Jaky -dice con la misma expresión que si hubiera comunicado la muerte de su madre-. Existe una forma segura de averiguar si ha embarcado y es preguntar en el control de entrada si está registrado su regreso. Un sistema fiable que se utiliza para no dejar a ningún pasajero en tierra -sugiere oportunamente.

Recojo el equipaje, bajo a recepción y al abandonar el barco pregunto por la pasajera del camarote 832 alegando que es una amiga. La respuesta acaba con mis escasas esperanzas de volverla a ver.

-Las dos ocupantes del camarote 832 no están a bordo.

Desciendo la pasarela y me entran unas incontenibles ganas de llorar.

-Me quedo -digo a Alberto, Sonia y al resto de compañeros de viaje.

-No puedes, vas a perder el avión y tu estancia en el barco ha finalizado en el momento que has entregado la tarjeta. ¿Qué sucede, has olvidado algo? -se interesa Sonia.

Sonia tiene razón: perderé el vuelo, tendré que buscar un nuevo alojamiento y además debo regresar a Madrid para entregar el reportaje y realizar otro importante trabajo dos días más tarde. El corazón grita ¡quédate¡ La mente sugiere que coja el taxi con ellos y no me complique la vida más de lo que está.

-No. Tengo que hacer algo urgente antes. Ir vosotros al aeropuerto y nos vemos allí -apuesto por el corazón.

-Tú sabrás lo que haces -responde Sonia con rostro contrariado.

Empieza a llover de nuevo y me refugio en una marquesina mientras observo como el taxi se aleja camino al aeropuerto. Media hora más tarde no ha regresado al barco. Pasa una hora y aumenta el aguacero mientras llegan los autobuses con los pasajeros, pero ella sigue sin dar señales de vida. A éstas alturas el avión está a punto de despegar por lo que no me queda otra opción que esperar a que llegue y luego me preocuparé de buscar alojamiento. Recibo una llamada de Alberto al móvil.

-Jaky, ¿dónde estás?

-Sigo esperando mi cita.

-Déjate de citas y romances y ven en taxi que aún estás a tiempo de coger el avión. Va a salir con dos horas de retraso.

Anochece y se oscurecen mis ilusiones por verla. ¿Volverá o también para ella ha terminado el crucero? Sería terrible quedarme toda la noche a esperarla bajo la lluvia y que no aparezca. ¿Y si en estos momentos está en el aeropuerto o vuela con destino a otra ciudad? Espero otra hora y tomo un taxi.

-Al aeropuerto. Le daré una buena propina si llegamos en 20 minutos -digo mostrándole un billete de 20 euros.

Dieciocho minutos más tarde atravieso la puerta del aeropuerto, saco el billete electrónico y me dirijo al control de embarque. Los paneles anuncian last call para el vuelo de Madrid. También es mi última llamada para encontrarla. Inútil. Corro por los pasillos y llego a la puerta de embarque cuando va a ser cerrada por una azafata. Grito y me indica con la mano que corra aún más. Paso y cierra. Elijo la ventanilla mientras la lluvia cae tras los cristales y mis ojos. Es difícil explicar cómo se vive un sentimiento de pérdida hacia alguien que nunca has tenido, pero así lo siento. El avión se dirige hacia la pista de despegue y ya en el aire el dolor se hace insoportable. Atrás quedan mis esperanzas de encontrarla y tal vez de encontrarme a mí mismo.

 

 


Capítulo 10


Baby Please Don´t Go (Van Morrison)


“Sam envía un nuevo email:

“Querida Freya Sophia, te extraño. Escribo frente a la foto que nos hicimos en nuestro último viaje a Nueva York la pasada Navidad. ¿Recuerdas? Fueron días muy felices. ¿Qué puedo hacer para que vuelvas a mi lado? Perdonar es amar. Contesta mis mensajes, por favor. Te amo. Siempre tuyo, Sam.”

Hacía años que nadie me llamaba por mi primer nombre bautismal: Freya. Diosa vikinga del amor y la belleza, hermana de Freyr. Freya Sophia Olson. Papá y su obsesión por sus antepasados nórdicos y las leyendas.

No puedo perdonarte Sam pero te echo de menos. ¡Cómo olvidar en tan poco tiempo los buenos momentos vividos! Especialmente la pasada Navidad en la Gran Manzana. Fueron días maravillosos: Broadway, Central Park nevado, las compras en la Sexta Avenida...  y la romántica cena en el River Café de Brooklyn. Fue allí donde pediste mi mano tras comprar antes el anillo de compromiso en Tiffany´s como hicieran George Peppard y Audrey Hepburn en Desayuno con Diamantes, mi película favorita. Solos en el Waldorf Astoria de Park Avenue. Sí, fueron unos días inolvidables. Cómo imaginar que pocos meses después destruirías aquella magia traicionándome. ¿Puedes asegurar que no se repetirá en el futuro? No, Sam. Lo lamento, es imposible volver atrás. Debo pasar esta página de mi vida definitivamente. Nunca comulgué con la doctrina de la moral cristiana que absuelve de los pecados sólo por confesarlos y arrepentirte. Cada cual ha de asumir sus errores con todas las consecuencias y pagar un precio por ello. Es muy cómodo e hipócrita actuar como un cerdo y a continuación suplicar perdón mientras has dejado echo añicos el corazón de tu pareja.”

“El barco ha atracado por fin en Oslo y hemos desembarcado para visitar la ciudad. Oslo, como nos contaba papá de niñas, es una pequeña y bella ciudad rodeada por mar y bosques. La entrada al puerto navegando por el fiordo entre elevadas montañas con pequeños torrentes precipitándose al mar ha sido muy hermosa. A lo largo del fiordo emergen  pequeñas islas que el barco esquiva y sobre las laderas se levantan casitas de colores alegres como el rojo, amarillo, verde y azul, con pequeños embarcaderos y barcos a vela fondeados. Me ha recordado la casa de los abuelos en Cape Cod donde pasamos el verano desde niñas.

Papá nos ha llevado a visitar Vigeland, un hermoso parque de esculturas, el majestuoso Palacio Real donde residen los reyes de Noruega, el coqueto y animado puerto que siglos atrás fue un gran glaciar… Maggie y yo hemos subido a la noria que había en una pequeña feria junto al puerto, desde donde hemos contemplado bellas vistas del fiordo y  de la ciudad. Lo más divertido ha sido ver abajo las figuras de papá y mamá como dos pequeños liliputienses saludándonos con los bracitos extendidos. Se observaba a lo lejos el gran barco de vela del siglo XIX anclado cerca del Star Sun, bajo la muralla del viejo fuerte militar que ha logrado sobrevivir siglos a asedios y batallas. En la vieja Europa todo conserva un look vintage. Las ciudades son museos al aire libre con edificios y monumentos centenarios y caminar por las calles más históricas es como viajar al pasado. En Oslo lo antiguo y moderno conviven en bella armonía. Junto al puerto deportivo pequeñas embarcaciones de recreo dejan una estela de espuma al adentrarse en el fiordo.

Desde que desembarcamos en Noruega experimento una extraña sensación de Deja vu, de redescubrimiento de los paisajes, de sus gentes, de sus costumbres... Percibo una conexión familiar con todo lo que me rodea. Camino por las calles como si ya las hubiese atravesado antes.  Es cierto que papá nos ha contado desde niñas cientos de historias del país de sus antepasados: cuentos populares, costumbres, leyendas de vikingos y hemos visionado decenas de películas y documentales del país, pero nunca pensé  que Oslo y sus gentes evocaran tantas emociones en mí. ¿Quién sabe? Quizá la parte de mi sangre noruega provoque estas sensaciones”.

En la biblioteca del barco he encontrado el  libro Los dioses escandinavos  y he sentido la curiosidad de ojearlo. “Odin es el más antiguo de los dioses y quien guía y protege a los héroes durante toda su vida. Uno de los doscientos nombres de Odin es Valfadr (padre de los muertos) que escoge a sus hijos entre todos los que mueren combatiendo como valientes. Los guerreros muertos son recogidos por las Valkirias que los conducen al Valhalla, situado en Gladsheim, un gran palacio de oro con lanzas que soportan el techo. En el exterior se encuentra el bosque Glasser cuyas hojas son de oro rojo. En el Valhala los guerreros comen todos los días la carne cocida del cerdo Sarimmer que renace a diario para volver a ser cocinado por Andhrimmery en su caldera. Cuando se celebra una gran fiesta las valkirias son las encargadas de servir la comida, la bebida y colman de abrazos y besos a los guerreros valientes, pero siempre permaneciendo vírgenes. El sueño de todo vikingo es alcanzar el Valhalla”.

Al leerlo he recordado al fotógrafo, que para nada recuerda un guerrero vikingo, y me ha recorrido el cuerpo una alegre sacudida y el deseo urgente de volverle a ver. Dispongo de dos horas antes de reunirme con la familia.

No ha resultado difícil encontrarle: está en el bar de cubierta. Conversa con el camarero y ríen divertidos. No me ha visto. Trataré de cruzarme en su camino. Necesito hablar con él. Confío que esté sobrio.

Abandona la barra, su lugar preferido y casi de residencia habitual camino de las escaleras. Ahora pasa frente a mi la chica con la que desayunó: guapa y excesivamente voluptuosa. ¿Irá a reunirse con él? La seguiré. Bajamos juntas en el ascensor hasta la tercera planta y entra al piano bar: allí está junto al grupo de amigos. Como dice abuela Rose, `por el humo se descubre el fuego´. Van todos vestidos de etiqueta menos él.

-¡Hello, missis Sophia! ¿Can I help you? -me saluda el guapo camarero rumano.

-Yes, please. Can you tell me where are those men from.

-Sure. They are Spanish photographers they are making a shooting on the cruise.

-Thank you very much -agradezco la información.

Minutos más tarde abandona el bar todo el grupo menos él que permanece sentado en un taburete de la barra llevándose un vaso de whisky a los labios. No soporto más la espera. Me acerco a él y tomo asiento a su lado. !Al fin advierte mi presencia¡¡Está ebrio¡ Los ojos le delatan y no aparta la mirada de mi.

-!Hello sweet lady¡ I love you. Where have you been hidden all of my life? –dice achispado y guapísimo con el pelo rizado, despeinado y sus ojos negros hundiéndose en los míos con una ternura infinita suplicando amor. Siento el deseo de besarle.

-I want you to be my model from now on. You are the most beautiful woman I’ve ever seen -toma mi mano y la acaricia con delicadeza y dulzura. No resisto más. Aún ebrio es adorable. Se tambalea del taburete y casi pierde el equilibrio. La situación resulta patética y también romántica. Le sujeto con fuerza para evitar que de con los huesos en el suelo. Siempre he escuchado que sólo los niños y los borrachos dicen la verdad. Y le creo. Se acerca el camarero.

-¿Can I Help you, missis?

-It´s ok, thanks -agradezco al camarero mientras agarro al fotógrafo por la cintura y traslado a cubierta para que respire aire profundamente junto a la barandilla de estribor. Así cogidos parecemos una pareja de enamorados. Yo le mantengo en pie y él se aferra a mí como un náufrago a un tronco de árbol.

-No te vayas. No me dejes solo -implora como un niño que se ha perdido abrazándose fuertemente y acerca con dulzura sus labios a los míos, apenas los roza. El aliento desprende tufillo a alcohol: ha debido beberse la mitad de la bodega de whisky del barco pero no me provoca rechazo. Jamás imaginé que un hombre me atraería tanto. Incluso me gusta su olor a alcohol y tabaco.

-I love you, my beautiful lady -repite y vuelve a besarme con suavidad y ternura.

De pronto sufre una pequeña convulsión, me aparto justo a tiempo y su cabeza se abalanza por la borda lanzando un interminable vómito al mar. Le agarro con fuerza ante el temor de que vaya también él al fondo del océano. Palidece y suda copiosamente. Ante el temor que se desmaye le pregunto por el número de su camarote.

-834 -afirma segundos antes de un nuevo flujo de vómitos. Le siento unos minutos en un sillón de madera, para que respire y recobre fuerzas, y le llevo al camarote. Caminamos abrazados lentamente, me cuesta cargar con su peso. Mide más de metro ochenta y pesa alrededor de 80 kilos. Casi dobla mi peso. Cada pocos metros nos detenemos hasta llegar a la altura del camarote. Le pregunto por la llave y no responde, va a perder la consciencia. Le registro los bolsillos y hallo la llave en la cartera. Abro y hago un último esfuerzo hasta dejarlo caer sobre la cama. Está k.o. Retiro las sábanas y quito los zapatos. Humedezco una toalla y refresco el rostro. Le cubro y doy un beso en la frente. Me quedo a su lado preocupada: en su estado un nuevo vómito podría asfixiarle. Le acaricio el cabello mientras cae dormido profundamente como un bebé. Una hora más tarde abandono el camarote. Papá se preocupará si pasa por mi camarote y descubre mi ausencia.

-See you tomorrow -me despido con un beso en los labios cuando ya ronca plácidamente.”


“Me he despertado a las seis de la mañana sorprendida, feliz y excitada por lo sucedido anoche. Me gusta el fotógrafo español. Me gustó desde el primer día que le vi en una de las clases de cocina. Nunca había sentido estas irresistibles ganas de besar a alguien y de ser acariciada por él. La relación con Sam es diferente: un amor comme il faut, que dicen los franceses. Cuando anoche tomó mi mano su solo contacto me transmitió pequeñas descargas eléctricas que circulaban de su piel a la mía provocando auténticas sacudidas de placer. No sé mucho de él. Quizá también eso me atraiga. Sí conozco su nombre: Jaime Cortés. Lo descubrí al buscar en la cartera la llave de su camarote y ver el documento de identificación: nació en Madrid, España, el 26 de mayo de hace 37 años. He buscado en internet información de Madrid: es la capital de España y se encuentra en el centro del país con una población de más de tres millones de habitantes, cinco veces mayor que la de Boston. Las imágenes que he visto muestran un lugar con bellos palacios y monumentos, pero también grandes avenidas y pequeños rascacielos. Desconozco todo sobre España, sólo los nombres de chefs como José Andrés, Ferrán Adriá, Juan Mari Arzak y Martín Berasategui, actores como Antonio Banderas y Penélope Cruz, el tenista Rafael Nadal y la fiesta de los toros de San Fermín que descubrí en el libro Fiesta de Ernest Hemingway.

Me inquieta la actitud de Jaime, ya que en ocasiones se comporta como el desesperado personaje de Nicolas Cage en Leaving Las Vegas, dispuesto a consumir su vida ahogado en alcohol. Sin embargo el corazón me dice que confíe en él. Me encanta la forma  con la que me mira: es sincera y desesperada. No creo que sea un suicida sino alguien que no atraviesa sus mejores días. ¿Quién no tiene problemas? Puedo equivocarme otra vez pero nunca he sentido nada igual junto a un hombre. Parece reservado, descuidado y tiene un pequeño problema con la bebida. Nadie es perfecto. Papá lo tiene con las mujeres y el póker. El polo opuesto a Sam, más extrovertido, siempre impecable en el vestir y al que le gusta controlar todo, incluida la vida de los demás. Por no mencionar su infidelidad y estupidez.”

“He ido a desayunar al restaurante buffet con la esperanza de encontrarle allí como en días anteriores. No estaba. Voy a la biblioteca a enviar emails a las amigas y escribir tranquilamente en mi diario, en el camarote al menor descuido Maggie cotillea los escritos. Ahora debo regresar al camarote. El barco ha llegado a Copenhague y papá me ha advertido que a las once saldríamos a pasar el día en Odense, la ciudad de donde proceden los abuelos. Son las once y cuarto y estará de los nervios por mi tardanza. Deseo conocer la ciudad pero estoy nerviosa por volverlo a ver. Me encantaría encontrarle y pasar el día juntos. Papá se enfadará pero no puede obligarme.

!Gracias a Dios¡ Está en la barra del bar de cubierta en el mismo taburete de siempre. Voy hacia él y le digo que me gusta. Le beso. Muestra cara de sorpresa. La resaca le ha dejado atontado. No reacciona. ¡Dios, tengo que irme! No me dice nada. Tengo que irme. Me voy. No entiendo a este hombre: anoche me dice que me ama y unas horas más tarde es incapaz de mirarme con la ternura de anoche. Llega papá:

-¡Sophia llevamos treinta minutos esperándote¡ Empezaba a preocuparme -grita enfadado mientras veo que se acerca Jaime por el pasillo.

¡Al fin ha reaccionado! Me mira. Se acerca. Me acaricia la mano y… no se detiene. Mi corazón rugía como el motor de un Ferrari y en segundos me ha dejado gélida como un iceberg. No lo entiendo. Ni una palabra. Es horrible. Ha pasado de largo como un cometa rumbo a su camarote sin decir nada. Le habrá intimidado la presencia de papá. Y ahora debo acompañar a mi familia al dichoso tour en busca del pasado cuando el presente se encuentra a cuatro puertas de la mía. ¿Oh Dios, qué hago? Trato de perder tiempo para volverlo a ver pero papá me coge del brazo y empuja hacia el ascensor con una mirada enfurecida que no deja alternativa. Lo buscaré al regreso. Desembarcamos y subimos al taxi.

Viajamos a Odense por carretera aunque la mente se queda en el barco buscándole. La ciudad se encuentra a 147 kilómetros al oeste de Copenhague en la isla de Fionia. Odense es bonita pero me cuesta disfrutar del paseo. Recuerdo la noche anterior, sus palabras y sus dulces besos. Lo imagino sentado a la barra del bar de cubierta tomando un whisky…

“El nombre de Odense proviene de Odins Vi que significa el Santuario de Odín -las explicaciones de papá resuenan en mis oídos como un sermón eclesiástico-. La ciudad, de unas 200.000 almas, está situada en el precioso Fiordo de Odense y tiene más de mil años de antigüedad. Durante la Edad Media el Templo de San Knud fue un importante centro de peregrinación al encontrarse allí enterrado el cuerpo del rey Knud, el patrón de Dinamarca, que disputó con Guillermo de Normandía la posesión de Inglaterra y que posteriormente fue asesinado en 1086” -termina de leer el texto de su pequeña agenda-.

Visitamos la catedral, la casa natal-museo del escritor Hans Chsristian Andersen, cuyos cuentos me leía papá de niña y el museo al aire libre del Pueblo Fioniano, con reconstrucciones de casas y granjas típicas de los siglos XVI y XVII. Posteriormente nos dirigimos a un gran mercado de flores y a los astilleros. A la hora del almuerzo papá acude a un bufete de abogados de la ciudad donde firma un importante acuerdo de colaboración con empresarios inmobiliarios locales y más tarde visitamos la colina donde un día se levantó la casa de mis abuelos, que hoy ocupan apartamentos sobre el fiordo. Ese ha sido el momento más emotivo de la visita a Odense. Los sentimientos que experimenté en Oslo se han repetido e incluso magnificado a medida que nos aproximábamos al bellísimo fiordo y atravesaba el pequeño canal que conduce a Odense. Por un instante sentí una agradable sensación, similar a la de estar en casa, pese a estar al otro lado del Atlántico, a miles de millas de Massachusetts. Una jornada extraña e inolvidable en la que no he dejado de pensar en él. Al anochecer emprendemos camino de regreso al barco. Le buscaré en el bar.

 

 

 

 

Parte Segunda

 


Madrid

 

 

 


Capítulo 11

Stranded (Van Morrison)

“Una semana ya sin verte y el vacío es desolador. Te necesito para respirar ilusión y emerger de la desesperanza. Eres mi salvación. Desde la tarde que te fotografié leyendo en la hamaca junto a la piscina del barco, los segundos, que discurrían monótonos, fluyeron como una bella ensoñación. Sin ti los días son interminables. Al regresar a Madrid desperté de un bello sueño y he comprobado que la vida es una pesadilla cruel e interminable si no es junto a ti. La tristeza y la nostalgia se han adueñado de mi alma. Presiento que eres mi última oportunidad. Encontrarte en el crucero me ha regalado los días más excitantes de los últimos años despertándome de una soporífera desidia.

No desistiré hasta volverte a ver y decirte lo que siento por ti. Pensarás que soy un chiflado. Probablemente lo sea, pero sólo deseo darte todo el amor estancado durante años. Hay momentos en la vida en los que uno debe apostarlo todo y sé que éste es uno de ellos. Me gustaría creer que tú también estás abierta a eso que llaman amor y que sólo es la necesidad de estar al lado de otro. Te necesito.

Jaky”.

-¿Sonia? ¿Qué tal estás? Soy Jaky, el estúpido patán que conociste en el crucero por el Mar del Norte. Quiero agradecerte la ayuda y paciencia que me prestaste en el viaje. Fueron unos días inolvidables y espero que sepas perdonar mi torpeza -me disculpo por teléfono.

-Hice mi trabajo, Jaky. Implicándome más en tu caso pero mereció la pena. Ya te confesé que cumplí un sueño de juventud -concede con  ironía y mejor humor del que esperaba.

-No deseo abusar de tu amabilidad pero he de pedirte un último favor. Es importante para mí. Necesito el nombre y la dirección de las pasajeras que ocupaban el camarote 832 -solicito con cierta prevención.

-Intuyo que buscas ayuda para encontrar a la americana. ¿Estoy en lo cierto? -reprocha airada.

-No ocurrió nada y deseaba que lo supieras. Siento un profundo cariño y respeto por ti. Si puedes y quieres ayudadme te lo agradeceré. Si no, también lo entenderé -contesto sabedor de que he manejado mal la petición.

-Veré lo que puedo hacer. No prometo nada. Los datos de los pasajeros son confidenciales y es poco probable que tenga acceso a ellos -concluye en tono cortante que no sugiere demasiadas esperanzas.

-Gracias por atenderme y por tu comprensión. Un beso y perdona… -digo mientras Sonia cuelga el teléfono.

El primer intento por contactar con la bella americana no ha sido todo lo positivo que hubiera deseado, aunque no desistiré hasta dar con ella. Necesito volverla a ver.

Luego me dirijo a la redacción de la revista Nómadas para entregar sin más dilación un reportaje fotográfico de Isla Mauricio que se publicará en el siguiente número y gestionar los últimos detalles de un viaje de trabajo a Londres.

-¿Qué vientos favorables te traen por aquí, Jaky? -me recibe afectuosamente Rafael Casajuana, redactor jefe de la revista y compañero de numerosos viajes-. ¿Te he dicho alguna vez que eres la persona que más envidio del planeta? Viajas de un lugar a otro sin apenas tiempo para deshacer las maletas cuando el resto de la redacción pasamos la mitad de la vida viajando de un lado a otro por internet y sin movernos de la mesa de trabajo.

-Exageras compañero. Me han informado que iremos juntos a Londres. Apuesto que has reservado alguna excursión nocturna de esas que te fascinan. Cualquier día acabaremos con los huesos en la trena -respondo a su saludo de bienvenida.

Casajuana es un periodista veterano y canalla que ronda el medio siglo y jamás deja de sorprenderme cuando viajamos juntos. Los últimos años ha emprendido una labor enciclopédica como gran legado para la posteridad consistente en completar una obra que aglutine todos los barrios rojos, o sea de prostitutas, de las principales ciudades del mundo, comentados con los criterios de una auténtica guía turística: calidad, seguridad, servicio, limpieza, copas, variedad, etc. Los califica de una a siete categorías pero no con estrellas sino con tetas. Los más lujosos reciben una puntuación de siete tetas y los más andrajosos y sucios de una. Afirma que por muy repugnante que sea el prostíbulo merece al menos una por la labor social que desarrollan. Lejos de ser una boutade, él se lo toma muy en serio y en más de una ocasión le he acompañado a lupanares donde departimos con las chicas acerca de sus esclavizadas vidas. Casi siempre alguna le convence para prestar un servicio y comprobar de primera mano la calidad de éste. En esas ocasiones le espero tomando una copa o regreso al hotel. Entre mis muchas debilidades no se encuentran las prostitutas: no soporto el aroma con el que se perfuman y me entristece que una persona tenga necesidad de vender su cuerpo para vivir. Aunque tal vez todos nos vendamos un poco a diario sin ser totalmente conscientes de ello.

-Descuida Jaky, conmigo viajas seguro. Nunca he tenido un percance y no será porque no haya habido gente que me buscara las cosquillas. Pero no en los burdeles. La mayoría de los hombres van a ellos a desahogarse y no a buscar problemas, tienen ya suficientes en el trabajo y en casa. Además qué sería de tu anodina vida sexual si no le pusiera yo algo de pimienta -replica socarronamente.

-Existe un lugar en el que serías el hombre más feliz del mundo, Rafael.

-¿Y cuál es ese paraíso terrenal? -se interesa escéptico.

-La Isla de Guam. En ella hay hombres cuyo trabajo consiste en viajar por el país en busca de mujeres vírgenes que les pagan por ser desfloradas. La razón es que la ley de Guam prohíbe a las vírgenes contraer matrimonio y éstas no dudan en pagar para deshacerse de ese hándicap -le comento entre carcajadas.

-¿Es una broma o una leyenda? –pregunta incrédulo.

-Verídico. Así me lo contaron en una visita -confieso.

-Trataré por todos los medios de visitar esa isla antes de morir de asco en esta redacción. Sólo por puro interés periodístico. Me gustará entrevistar a uno de esos desvirgadores profesionales -asevera más que fanfarronea Rafael mientras mira de soslayo la minifalda de Marta que se aproxima como un huracán de fuerza cinco.

-¡Ya era hora que te dejaras ver por aquí! Estoy hartita de estos plumillas de tres al cuarto que se creen Marco Polo y lo más lejos que han salido es a tomar el café al bar Saigón de la esquina. Amor, ¿cuándo me llevas a uno de esos viajes y descubres lo que es una buena compañía? -sugiere Martita Dinamita dándome dos sonoros besos en las mejillas.

Marta es la secretaria de redacción y un verdadero torbellino de mujer. Veintiocho años, morena, físico poderoso, un hijo de tres, separada y suficientemente preparada para darle la vuelta a cualquier hombre que entre en su órbita. Tuvimos algún escarceo esporádico tras mi separación, aunque ambos sabemos que esos encuentros fueron fruto más de la soledad de ambos que del amor. Mejor dejarlo estar.

-Sería un placer viajar con la mujer más guapa y simpática de Nómadas y de esta parte del universo -le digo.

-¡Guapo y salao! Con hombres como tú la depresión estaría erradicada del género femenino.

A continuación me dirijo al despacho de la directora, Alejandra, para consultar los últimos pormenores de los viajes.

-Hola Jaky, ¿has conseguido buen material del crucero?¿Suficiente como para cinco páginas? Tenemos que hablar de un par de proyectos urgentes para los próximos meses: uno es Miami y el otro Egipto -Alejandra es de esas personas que primero te ametrallan y luego preguntan cómo te encuentras. Inteligente, ambiciosa, nerviosa, imperiosa, de humor inestable y siempre buscando ideas originales e imposibles. Mi instinto me ha llevado a entenderme con ella. No la recomiendo como enemiga ya que su veneno es letal como el de la cobra.

-No te preocupes hay material para un monográfico. En cuanto a los destinos de Egipto y Miami me pongo con ellos nada más volver de Londres con Rafael.

-Déjame que vea las fotos y te comento. ¿Cómo va ese ánimo? Lo que necesitas es una mujer a tu lado. Un poco de cariño y dejas la vida de crápula.

-Tal vez tengas razón, Alejandra.

-Eso significa que ya tienes algo. Mejor así, Jaky.

-De momento soy un desangelado single.

-Será porque quieres -sonríe Alejandra-. Sé que en la redacción alguna te come con la mirada. Las fotos son espléndidas, felicidades. Dile a Rafael que quiero hablar con él.

Salgo del despacho de Alejandra y consulto el correo electrónico en el portátil. Hay un email de Sonia. Escueto y maravilloso: Freya Sophia Olson. Email: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

Por fin pongo nombre a ese bellísimo sueño de mujer: Freya.

Le envío un SOS:

“Una semana ya sin verte y el vacío es desolador. Te necesito para respirar ilusión y emerger de la desesperanza. Eres mi salvación. Desde la tarde que te fotografié leyendo en la hamaca junto a la piscina del barco…”

Termino el mensaje, doy a enviar y confío en que la red me lleve de nuevo a ella. Un estúpido no deja de serlo hasta que es consciente de que lo es. Yo lo soy pero deseo darme otra oportunidad. Vértigo, inquietud, esperanza… son tantas las emociones que me sacuden que percibo que este email es como enviar un mensaje en una botella que se lanza al mar. Tal vez tenga menos posibilidades de repuesta que el mensaje mandado al cosmos por Carl Sagan en código binario para encontrar alguna civilización extraterrestre inteligente. A veces lo imposible es nuestra única opción de futuro.

 

 


 

Londres

 


 


Capítulo 12



Tell Me Something (Van Morrison)

“Empezaba a odiarte loco español. Cuando pregunté al camarero de cubierta si te había visto aquella última tarde, me confirmó que habías finalizado el crucero y sentí deseos de arrojarme por la borda por estúpida, al creer todo lo que me confesaste la noche anterior. El corazón me decía que habías sido sincero, sin embargo tu despedida parecía demostrar lo contrario. ¿Cómo dices a una chica que la quieres y el día siguientes desapareces sin una palabra, una nota, un beso, una esperanza? Fue horrible. Aquella noche te busqué por cada uno de los bares del barco y hasta olfateé tu inconfundible olor a tabaco al acercarme a la puerta del camarote. Llamé con insistencia pero nadie respondió. No sé qué pudo suceder para comportarte de un modo tan cruel. Confío en que tendrás una explicación. Rezo todos los días para volverte a ver. Grité emocionada al leer tu maravilloso email. Hemos de vernos cuanto antes.

Permaneceremos cuatro días en Londres antes de regresar a USA. Nos alojamos en el hotel St, Martins Lane, junto a Trafalgar Square. Quiero verte Jaime, y besarte. Te deseo loco español. Ven desde donde quiera que estés. Te espero. Por favor, no esperes otra semana para responderme.

Sophia.”

Tras recibir su email reservo el primer vuelo para la capital británica y se lo comunico a Sophia:

“Llego a Londres Heathrow en el vuelo de Iberia de las 18 horas procedente de Madrid. Jaky”.

Llamo a Rafael Casajuana a la revista Nómadas y le informo que salgo para Londres esta misma tarde.

-¿Por qué tanta prisa, Jaky? El viaje a Londres está programado para dentro de cuatro días. Yo mismo hice las reservas de los vuelos y del hotel. ¿Por qué no disfrutas de unos días de tranquilidad en Madrid? Sé que aún tienes la herida abierta pero no solucionas nada huyendo de aquí y de ti por muchas vueltas que des al planeta -aconseja Rafael creyendo que pongo nuevamente tierra de por medio para olvidar los sempiternos problemas conyugales.

-Justamente quiero cerrar esa etapa y respirar aires nuevos. No te preocupes, haremos el reportaje según lo previsto. Te tendré informado. Si necesitas algo, llámame.

Preparo con urgencia el equipaje y me dirijo a la Terminal 4 del Aeropuerto de Barajas. Es mediodía de inicios de julio y los rayos del sol caen verticales, a más de 30 grados centígrados, convirtiendo las aceras en ardientes saunas urbanas. Resulta agradable refugiarse en el aire acondicionado de la terminal mientras pido una cerveza en uno de los snacks próximos a la puerta de embarque. La excitación por volverla a ver me mantiene ocupado pensando en todo lo que le diré: lo torpe y estúpido que he sido, lo que la deseo… nada nos separará a partir de ahora. El nerviosismo aumenta cuando el panel electrónico de salidas anuncia un retraso de treinta minutos para el vuelo a Londres. Las dudas vuelven y comienzo a sospechar que el destino desea interponerse entre ambos. Conecto el portátil y busco en internet la dirección del hotel St Martins Lane donde se aloja: St Martins Lane 45.

Conozco el hotel por referencias. Un cinco estrellas superior cuyo precio por habitación y día supera los 500 euros. Uno de los más chic de Londres. Inaugurado en 1999 su decoración vanguardista le convirtió rápidamente en el preferido de artistas de éxito y de la beautiful people de la capital inglesa. Ubicado en el antiguo edificio de los cines Lumiére, en el corazón de Covent Garden, el afamado empresario neoyorquino Ian Schrager, mentor de la mítica discoteca Estudio 54, trasladó a Londres el concepto de hotel-teatro. El diseño lo dejó en manos del franco canadiense Philippe Starck. Toda una garantía.

Anoto la dirección y el teléfono en mi pequeña molesquine y cierro el ordenador. Tengo hambre, sed y nervios. Cada vez más inquieto regreso al snack y recurro a mi tranquilizante más efectivo: el whisky. Cuando no he apurado el segundo vaso de whisky llaman por fin para embarcar  y se disipan los temores.

Dos horas más tarde el Airbus 320 sobrevuela el río Támesis y el Big Ben en su aproximación a Heathrow. Londres me recibe con un día magnífico: cielo despejado, el sol descendiendo hacia su ocaso y una ligera brisa. El comandante del avión informa de una temperatura exterior de 24 grados centígrados. Por fin me encontraré con ella.

“Voy al aeropuerto a recibir a Jaime. El joven que conocí en el barco -informo a una atónita mamá que regresa de hacer compras por New Bond y Oxford Street.

-Cielo no te precipites. En unos días estaremos de regreso en casa y todo se aclarará.

-No trates de disuadirme mamá. No voy a dar marcha atrás. Me gusta y debéis hacer un esfuerzo por entenderme.

-Cielo eres una mujer madura para tomar tus propias decisiones, pero déjame decirte que me entristecería que te llevaras una gran decepción como consecuencia de una decisión precipitada. Es sólo un impulso pasajero -intenta convencerme para que no acuda al encuentro con Jaime.

-¡Por favor mamá, estoy hablando de recibirle en el aeropuerto no de ir al altar con él¡ -la tranquilizo.

-Ok, cielo. Siempre estaré a tu lado, aunque eso no significa que respalde todas tus decisiones. ¿Por qué no lo invitas a almorzar o cenar con nosotros? Es una excelente oportunidad para conocerle -ahora es mamá quien me sorprende con la propuesta. Nada calma más el carácter de mamá que una mañana de compras. Sólo papá trunca esa felicidad cuando le recrimina su gusto al adquirir tal o cual prenda, o mira a cualquier mujer que se cruza en su camino.

-¿Estará papá conforme con esa invitación? -dudo.

-No te preocupes, cielo. Déjamelo a mí, a veces puedo ser muy persuasiva. Y recuerda que no siempre lo que en un primer momento parece amor llega a serlo -insiste-. Por cierto, estás maravillosa con el vestido de Prada. Con tu silueta, edad y educación puedes tener a tus pies al hombre que desees. No lo olvides.

Beso a mamá, parece que va cediendo y entra en razón. Bajo a recepción y solicito un taxi.

-Al aeropuerto de Heathrow, por favor -indico impaciente al conductor dando los últimos retoques a labios y ojos. En el trayecto me entran dudas de si le seguiré gustando a Jaime. Quizás sólo le atraje porque era una de las pocas chicas jóvenes del crucero. Hay ocasiones en que una persona te seduce la primera vez y después esa atracción desaparece con la misma rapidez. ¿Habré acertado con el vestido? El negro es más elegante y favorece más a mi piel…

 

 


Capítulo 13


If You Love me (Van Morrison)


Apareces resplandeciente, bella, espléndida… Insoportablemente hermosa con tu vestido rojo. Veinte metros. Corre. Quince metros. Vuela. Cinco metros. Salta. Fundidos disfruto tu calor, tu olor, tus besos. Mis labios besan tu cabello rubio, suave… Descubren tu cuello perfumado con Rock´n Rose de Valentino con aroma a rosas y violetas. Los dedos, excitados, acarician los tuyos, delicados, temblorosos. Los labios besan tus párpados cerrados. De los ojos escapan lágrimas de amor por un encuentro esperado, tan deseado. Abrazado a ti, más fuerte, sé que no sueño. Vivo, soy. Quedarme así, pegado a ti. Para siempre.

-Extrañaba tanto volverte a ver, Jaime -susurras en un delicioso castellano con acento mexicano.

-Y yo a ti, preciosa americana. No soportaría perderte ahora. Eres la mujer que siempre soñé que se cruzara en mi camino. He pasado media vida buscando a alguien como tú -digo impulsado por una revelación que me sorprende a mi mismo.

-¿Estás seguro de tus sentimientos? -duda con una mirada tímida que brota de lo más profundo de sus bellos ojos azules.

-Nunca he estado más seguro en mi vida -afirmo con absoluta sinceridad y contundencia. Es el momento de romper amarras con el pasado. Sólo importa el ahora. Y tengo claro que el presente es ella, Sophia.

Abrazados abandonamos el aeropuerto en dirección al centro de Londres.

El recorrido hasta el hotel St. Martins Lane se prolonga cuarenta minutos a causa del intenso tráfico de la tarde que pasan veloces agarrado a su mano e incapaz de apartar la mirada de su bello rostro.

-¿Qué planes tienes para más tarde? -me despierta del feliz ensimismamiento.

-Estar junto a ti. Quererte, besarte, desearte … Y no importa en absoluto el orden -dejo que decida.

-¿Y hacer el amor? -sugiere directa y dulcemente para mi sorpresa.

-No he dejado de pensar en ello desde que te observé por primera vez junto a la piscina de cubierta del barco.

-Hagámoslo. Recuperemos el tiempo perdido -nos besamos.

El taxi se detiene a la puerta del hotel St Martins Lane, en la estrecha calle del mismo nombre. Un moderno edificio con ventanas multicolores gracias a la iluminación interior que contrasta con el sabor british del clásico barrio de Covent Garden. Realizo con prisa el check in en la recepción del vestíbulo, entre grandes piezas de ajedrez de Man Ray, un escritorio Luis XVI y una chaise longue victoriana. Un entorno ecléctico, entre barroco y vanguardista, paradoja más que apropiada para una pareja formada por un español nacido junto al Madrid de los Austrias y una americana de Boston. Ascendemos apresuradamente a la habitación que Sophia, previsora, ha reservado.

Situada en el tercer piso, el dormitorio apenas ocupa cinco metros cuadrados y dispone de unos enormes ventanales que dan a St. Martins Lane. En la decoración predomina el color blanco: paredes, mobiliario, y las sábanas y edredones de una enorme cama de 2x2m que ocupa casi todo el espacio. Frente al lado izquierdo hay un mueble equipado con una televisión de pantalla de plasma y un equipo de sonido bajo el que se encuentra el mini bar. Sophia extrae una pequeña botella de champagne Moet & Chandon y sirve dos copas:

-¡Cheers¡

Mientras brindamos juega con un interruptor que cambia el color de la luz de la habitación hasta finalmente dejarla iluminada en rosa: La vie en rose.

Nos desnudamos lentamente como si tuviéramos un siglo por delante sólo para hacer el amor, provocando que la excitación ascienda como las burbujas del champagne sobre la copa. Bajo la cremallera del vestido, Sofía desabotona mi camisa, mis pantalones, el vestido se desliza por su cuerpo hasta caer al suelo… Se deja caer de espaldas sobre la cama arrastrándome asida a mi cintura. Beso los dedos de sus pies uno a uno, mordiéndolos y saboreándolos como frutos delicados del paraíso; lamo sus piernas desde el empeine hasta las rodillas deleitándome, devoro sus muslos como un antropófago y bebo de sus pechos con la sed del nómada que ha encontrado un nuevo oasis en el desierto. Hacemos el amor hasta quedar rendidos. Aislados del tiempo, del espacio, del mundo. Sólo ella y yo. Hasta quedar dormidos.

Al despertar los rayos de sol atraviesan las cortinas invadiendo de un halo blanquecino las paredes y la moqueta del suelo. Los reflejos iluminan los cabellos dorados de Sophia provocando un aura de irrealidad y sosiego en la habitación donde reposan nuestros cuerpos entrelazados negándose a separarse. Disfruto la proximidad de su piel, su calor, su delicioso olor y el latir acompasado de su corazón sobre mi mejilla. Es lo más cerca del cielo que he estado nunca. Observo el reloj digital de la habitación: las 8 de la mañana. Duerme plácida y dulcemente a mi lado. Me incorporo y beso su rostro. Despierta y sonríe relajada.

-Tendrás problemas con tus padres. Han transcurrido doce horas sin tener noticias de ti -le advierto preocupado.

En el taxi comentó que sus padres estaban al tanto de nuestra mutua atracción desde el primer día de crucero. Añadió que no lo ven con buenos ojos al guardar un gran cariño a su ex prometido.

-Saben que estamos juntos. Ya nada ni nadie podrá separarnos. Dejé una nota a mamá en recepción explicándole todo, incluido que pasaría la noche contigo. Enviaré un mensaje para ver cómo se lo han tomado –dice despreocupada mientras coge el teléfono móvil y escribe el SMS.

-Pueden obligarte -insisto.

-Jaime, soy mayor de edad. Cumplí 24 años el pasado seis de mayo.

-Ok, sólo deseo no crearte problemas.

-Vayamos a desayunar, tengo un hambre atroz -propone mientras entra en la ducha.

Dejamos el hotel y caminamos por las pintorescas calles del colorista y animado barrio hasta llegar al Covent Garden Market, un antiguo mercado convertido en lugar de encuentro de turistas y londinenses donde se concentran tiendas y restaurantes. En este popular mercado conoció el Dr. Henry Higgins (Rex Harrison) a la bella vendedora de flores Eliza Doolittle (Audrey Hepburn) en la maravillosa película musical My Fair Lady. Sujeto con fuerza la mano de Sophia para corroborar que es real y nos sentamos en la terraza de un café y desayunamos. Café, bacon y huevos revueltos para mí, y te, cereales y yogur, ella.

Entonces me sorprende al desvelar lo ocurrido la noche del crucero que me emborraché. Cuenta que me condujo a la habitación en un estado semi comatoso. Sólo recordaba haberla visto en la barra y su relato me deja perplejo y ayuda a que comprenda su comportamiento de la mañana siguiente.

-Fue una etílica y romántica declaración de amor. Estabas muy bebido y las palabras te brotaban a ráfagas. No cesabas de repetir `te quiero`, `te necesito´  y `sálvame´. Prometí que lo haría y lo cumpliré si repites las mismas palabras ahora que estás sobrio.

-Te quiero, te necesito. Sálvame -nos besamos-. Debí resultar patético. Y debiste haberme lanzarme al Mar del Norte -digo abochornado y feliz.

-Me gustaste desde el primer día que nos encontramos en el barco -busca mis ojos esperando una confirmación.

-¿La tarde que te hice fotos en la piscina? -pregunto sorprendido por su confesión.

-No, desde que embarcaste en Ámsterdam. Aquella noche coincidimos en el pub y en el comedor principal; y a la mañana siguiente en una clase de cocina -sonríe.

-Recuerdo las clases. Y yo pensando en cómo acercarme a ti sin importunar a tus padres…

-Eso explica las dudas en tu comportamiento -afirma pensativa.

-¿Cuándo aprendiste el idioma español?

-En la High School. Lo platico con Juana, una amiga mexicana que intimé en internet -explica-. Desatino los verbos y el vocabulario español es pequeño. Juana me ayuda mucho a aprender; es una chica de Ciudad de México, buena, inteligente y divertida. Cuando dije que he roto la relación con mi prometido recordó una frase de la actriz María Félix: “A un hombre hay que llorarle tres días y, al cuarto, te pones tacones y ropa nueva”. ¿No hablo bien español, cierto?

-Te expresas mejor que yo en inglés y las conversaciones con Juana justifican ese simpático acento latino en tu pronunciación. Háblame en el idioma que desees y te seguiré -la beso.

Paseamos como dos enamorados más por Floral Street entre una multitud que camina tres marchas más veloces que nuestros pasos y observo que su rostro se ensombrece. ¿Preocupada?

-Debo hacer una propuesta que quizá te incomode: mis padres desean conocerte. Algo informal. Sugieren que almorcemos o cenemos juntos. Papá, mamá, Maggie -mi hermana pequeña-, tú y yo. Piénsalo. Si no te apetece lo entiendo -expone con el tono de disculpa que esgrimiría alguien que acaba de romper un valioso jarrón de la dinastía Ming expuesto en un museo.

-Me parece bien. Es comprensible -acepto el encuentro que considero inevitable.

-Gracias, Jaime -agradece feliz-. Te quiero. Voy a comunicárselo a mamá inmediatamente.

Regresamos al hotel y mientras me dirijo a la habitación que compartimos Sophia va a reunirse con sus padres.

-!No desaparezcas de nuevo¡ -sonríe al salir del ascensor-. Regreso en unos minutos.

Aprovecho para llamar a la redacción de Nómadas y hablar con Rafael Casajuana.

-Confío que la espantada haya merecido la pena. Alejandra está mosqueada con tu repentina desaparición. Ya la conoces, le encanta tener controlado y a su disposición a todo el personal: es la abeja reina de este lupanar. Pero relájate: le comenté que te surgió un imprevisto familiar y pareció creerlo. ¿Supongo que en cinco días nos ponemos a trabajar, no es así Jaky? -Rafael vuelve a cubrirme las espaldas.

-Gracias, Rafael. Respecto al reportaje no te preocupes, adelantaré algo estos días. Estamos de suerte: el tiempo es espléndido, nunca vi tanta luz en Londres. Llámame cuando llegues. Muchas gracias amigo -agradezco que me evite dar explicaciones de mis idas y venidas a Alejandra.

-Para eso estamos. Me cobraré el favor -cuelga.

 

 

 

Capítulo 14


Give Me a Kiss (Van Morrison)


Sophia irrumpe exultante y feliz en la habitación después del encuentro con sus padres :

-It´s ok. Papá ha reservado mesa esta noche en el restaurante de Gordon Ramsey en el barrio de Chelsea, en el 68 de Royal Hospital Road. A las siete p.m. Te gustará, Ramsey está considerado uno de los mejores chefs de Inglaterra y del mundo. La reserva no ha sido fácil debido a la larga lista de espera, pero papá consigue todo lo que se propone. Me encantaría que vistieras un traje para la ocasión. Mis padres son muy tradicionales para este tipo de reuniones familiares -sugiere sin dar opción a la negativa.

-Tenía entendido que los americanos dabais poca importancia a la etiqueta y al protocolo. He venido de España prácticamente con lo puesto por lo precipitado del viaje -me excuso incómodo por la petición. Me siento encorsetado con traje y corbata.

-No importa iremos a Marks & Spencer y compraremos uno -resuelve.

-¿Cómo han reaccionado tus padres? Imagino que no les entusiasmaría que pasáramos la noche juntos.

-Les molestó que se lo comunicara con un escueto mensaje telefónico, pero se les pasó el enfado ante la alegría de ver que volví entera y sin rasguños. Han comprobado que los españoles no sois caníbales -sonríe.

-Eso me tranquiliza. Por un instante pensé ir a la cena armado con un trabuco, como el bandolero andaluz José María el Tempranillo, para defenderme si tu padre me retaba a duelo -bromeo también yo, aunque no comprende absolutamente nada de mis irónicas palabras.

-Me han sometido a un extenso cuestionario interesándose por tu profesión, edad, nacionalidad, familia.. -comenta.

-¿Qué respondiste? Prácticamente no conoces nada de mí -indago con curiosidad.

-Soy observadora y muy curiosa: eres fotógrafo, naciste en Madrid hace 37 años, estás soltero porque no llevas alianza matrimonial y, lo fundamental: me quieres -vuelve a sorprenderme. No es una etopeya completa de mi, pero resume lo esencial.

-Lo de fotógrafo lo entiendo, pero ¿cómo has sabido el resto de datos?

-Gracias a mis dotes detectivescas -afirma de forma enigmática-. Basta de interrogatorios, disponemos de pocas horas hasta la cena y prometiste anoche ser mi guía turístico por Londres. Solos tú y yo.

Salimos de la habitación de los sueños cumplidos y caminamos a la cercana Trafalgar Square. Hago de cicerone explicándole que esta inmensa plaza celebra una victoria de los ingleses sobre las armadas española y francesa en el siglo XIX en un cabo situado al sur de España, frente a la costa de Cádiz. Por entonces España era aún un gran imperio, en decadencia pero imperio, como hoy día lo es Estados Unidos. Fue un tremendo desastre. Por aquellos años Estados Unidos daba sus primeros pasos como nación y el declive del imperio español era ya evidente. Caprichos de la historia.

Paseamos hasta el cauce del río Támesis e inmortalizamos nuestra felicidad con una fotografía junto el Big Ben, como cualquier otra pareja de turistas enamorados. Luego me convence para subir a la London Eye pese a mi congénito pánico a las alturas y enfermiza claustrofobia. Entre confesiones, besos, más besos y caricias, nos ponemos al corriente del pasado y presente de ambos; el futuro está por escribir. Nació y reside en Boston, ha estudiado Economía y Restauración, y su gran sueño profesional es crear una cadena de restaurantes de cocina sana y de calidad. Sin embargo, sus padres tiene otros planes para ella: desean que dirija la empresa inmobiliaria familiar. El padre es un acaudalado empresario de Boston y la madre fue secretaria de un importante bufete de abogados que dejó al quedar embarazada de ella. El nivel de vida de la familia se haya en las antípodas del mío. Se lo comento y sonríe afirmando que en Estados Unidos la única clase social que existe es el dinero y cualquiera puede acceder a él si lucha y sabe aprovechar las oportunidades. Le confieso que jamás he tenido pretensiones de ser millonario, sólo deseo publicar mis fotos en las mejores revistas del mundo. Responde que ambas cosas no tienen por qué estar en contradicción. Entonces pienso que el mercado editorial americano debe ser muy diferente al europeo: aquí no conozco ni un fotógrafo que se haya convertido en millonario, ni siquiera aquellos que trabajan en la fotografía glamurosa del mundo de la moda.

Visitamos la Torre de Londres, la fortificación medieval de 900 años de antigüedad que alberga las magníficas joyas de la corona. Le comento que en sus muros recluía Enrique VIII a todos los cortesanos que caían en desgracia incluidas sus ex esposas. Cruzamos el espectacular Tower Bridge junto a parejas que tal vez estén iniciando un amor como el nuestro. Me acerco a una joven y le pido amablemente que capte con la cámara este instante de felicidad de Sophia y yo, juntos. Dispara una vez y con un gesto le solicito que haga otra instantánea en un intento vano de alargar indefinidamente la imagen de los dos abrazados con Londres de testigo. Después recorremos la City. Discurre la tarde hasta que recuerda que sigo sin traje para la cena. Un taxi nos conduce hasta los almacenes de Marks & Spencer en Oxford Street y allí me pruebo más de una decena de trajes y poso ante ella hasta que da su aprobación a uno de color verde botella que, según sus palabras, ¡Its perfect!

Regresamos al hotel, hacemos el amor y nos vestimos para la cena. Estoy preparado.

El restaurante de Gordon Ramsay se halla en el distinguido barrio de Chelsea, a escasos metros del Royal Hospital de Chelsea, en una calle paralela a King´s Road y con Battersea Park a sus espaldas.

Nervioso y tenso, yo, y feliz, bella y radiante ella, traspasamos la entrada del restaurante hasta llegar a la mesa que ocupa su familia. La decoración minimalista y con un aséptico blanco en paredes, mesas y sillas, presagia un encuentro formal con rosas blancas en el centro de la mesa. Al advertir nuestra llegada los ojos de sus padres se clavan en mí como finos estiletes, dándome a entender que no va a ser una entrañable cena familiar. Les tiendo la mano tímidamente como quien da de comer a un cocodrilo y muestran una efusividad forzada en un claro gesto de contentar a su descarriada hija. Sentado entre la pequeña Maggie y Sophia, frente a Albert -así se llama el padre- y Nancy, la madre, espero a que abran fuego.

-Sophia ha comentado que es fotógrafo de una revista de viajes española. Un trabajo apasionante que le permite viajar por todo el mundo. ¿Conoce USA? -inicia el fuego con salvas Albert. Cabello rubio con pequeñas entradas, 55 años de edad, complexión atlética e impecablemente vestido con traje azul marino de Armani.

-Nueva York, Chicago, Nueva Orleans y Los Ángeles. He viajado en distintas ocasiones por motivos profesionales y también de vacaciones. Su país es inmensamente grande, variado y maravilloso -demuestro que voy en son de paz.

-¿Qué ciudad le ha gustado más? -insiste Albert.

-Nueva York es fascinante. La mezcla de razas, religiones y culturas le confieren un cosmopolitismo único, gran vitalidad y una extraordinaria sensación de libertad -prosigo adulador con adjetivos positivos y superlativos mientras observo su reacción a mis palabras.

-España debe ser también un país muy bonito. ¿Está en el Norte de África, cerca de Casablanca, no es así? -interviene Nancy, elegantemente vestida con un traje violeta de Mark Jacobs. Melena rubia, ojos azules también, nariz respingona y una buena figura que a sus cincuenta años conserva lo que tiempo atrás fue sin duda una dulce belleza que me recuerda a Doris Day.

-Mamá, España no está en África. Es Europa y Casablanca no es ningún país, es una ciudad de Marruecos -la corrige Sophia.

-España está muy cerca de África. De hecho sólo nos separan 14 kilómetros de mar de la costa africana de Marruecos. Y la verdad es que dos ciudades españolas, Ceuta y Melilla, están en el continente africano -trato de ser conciliador.

-¿Y el color de piel de los españoles es blanco o negro? -continúan las dudas antropológicas de Nancy.

-Blanco, mamá. ¡Sólo tienes que observar a Jaime¡ -vuelve a corregirla molesta Sophia.

-Cielo, pregunto porque nunca he estado en España. En Estados Unidos hay blancos, negros y de todas las razas. No he pretendido hacer un comentario racista, en Boston fuimos los primeros en liberar a los esclavos.

-Los mediterráneos somos blancos, aunque debido a la intensidad del sol por esas latitudes solemos tener la piel bronceada, fundamentalmente los meses de verano. Sin embargo, nuestra piel no suele ser tan nívea como la de países sajones como Inglaterra, Alemania o los del norte de Europa -intento explicar mi peculiar pigmentación de piel.

-¿Había estado anteriormente en el restaurante de Gordon Ramsay? -cambia el rumbo de la conversación Albert, aburrido de las disgregaciones geográficas de su esposa.

-No, sólo lo conocía por referencias: artículos de prensa y reportajes de televisión. Ramsay está considerado el gran renovador de la alta cocina inglesa. Tengo entendido que junto al Restaurante Petrus de Markus Wareing en el Hotel Berkeley, al que muchos califican como mejor de Londres, conforman la vanguardia británica. Poco más -procuro no ser pedante extendiéndome innecesariamente en comentarios gastronómicos.

-Sophia propuso que fuéramos precisamente al restaurante de ese chico nuevo que es discípulo de Ramsay…

-Marcus Wareing, papá -le recuerda Sofía.

-…yo deseaba conocer personalmente a Ramsey -continúa Albert-. Además de gran cocinero es un showman. Presenta un divertido programa de televisión, Hell´s Kitchen, en el que maldice a los invitados mientras prepara sus platos. He tratado de que viniera a nuestra mesa para conocerle y felicitarle personalmente pero me han informado que no se encuentra en el restaurante. ¡Qué forma de llevar un negocio¡

-¡Papá, posee otros restaurantes! -justifica Sophia, siempre al quite-. No pretenderás que esté en todos a la vez.

-¿Le ha comentado mi hija su proyecto de crear una cadena de restaurantes de alta cocina en USA? Es una idea innovadora pero arriesgada. El americano medio no es tan sibarita como los europeos, quizás me equivoque -su tono es escéptico.

-A los ejecutivos les encanta reunirse en buenos restaurantes y disfrutar de la gastronomía. Además no pretendo que la carne de buey de Kobe sustituya a la hamburguesa de ternera o las trufas a las mazorcas de maíz. Sé que los comensales apreciarán la importancia de una comida equilibrada, sana, diferente, deliciosa, exquisita y a precio razonable -argumenta Sophia.

-¿Qué tienen de malo nuestras hamburguesas? Me encantan -interviene Maggie. Rubia como el resto de la familia, ojos azules como ellos y mejillas anchas y sonrosadas.

-¿Nunca se ha casado? -dispara Nancy, directa al corazón.

-¿Cómo? -recibo el golpe como un derechazo al hígado y quedo fuera de combate por unos segundos. Todos, o sea Albert, Nancy, Maggie y Sophia, me observan fijamente esperando la respuesta como si de una revelación divina se tratara.

-Quiero decir si se ha comprometido por la iglesia o la ley con alguna chica. ¿En España no se casan las parejas? -insiste Nancy ante mi mutismo.

-Sí, por supuesto que sí -contesto temeroso como el niño que espera la bofetada de su progenitor tras confesarle una trastada.

-¿Que sí qué? ¿Que las parejas contraen matrimonio en España o que usted se ha comprometido alguna vez? -contraataca en tono imperativo esta vez Albert.

-Ambas cosas -digo consciente de que el oprobio de los Olson caerá sobre mí.

Sobreviene entonces un prolongado y absoluto silencio como el que antecede al estallido de una bomba atómica de varios megatones. Ahora son ellos los que enmudecen y me siento obligado a dar una mínima explicación.

-Mi compromiso matrimonial terminó hace seis meses. A efectos de la ley soy una persona totalmente libre, si puede decirse de esa forma. Separado.

El rostro de Sophia recupera su tonalidad habitual sin perder el rictus de sorpresa. Albert y Nancy la observan espoleándola a coger el rumbo de la conversación: !Es tu turno, querida¡ -parecen decirle.

-Jaime me había comentado que es divorciado -miente piadosamente en un intento por no dar excesiva importancia a la revelación y cambiar de tema-. Y antes que lo preguntes, mamá, la ley española sólo permite estar casado con una sola mujer. La mayoría de los españoles son católicos y sus leyes prohíben la poligamia. Papá, Jaime es gran aficionado al basketball -vuelve a mentir Sophia lanzando balones fuera.

-¿De qué equipo es seguidor? -pregunta Albert mientras los camareros sirven por fin el primer plato: un delicioso paté de foie deshidratado relleno con salsa de manzana.

-De los Yanquees -contesto en un intento de escabullirme del tema lanzando el primer nombre que me viene a la cabeza. Es el único equipo que recuerdo haber visto en las películas de Hollywood-. Donde juega Pau Gasol.

-Los Yanquees no juegan la NBA -me recrimina como si hubiese dicho una blasfemia-.Y Pau Gasol pertenece a Los San Antonio Spurs -clava la mirada perdonándome la vida.

-¿Te gusta la Coca Cola? -interviene Maggie guiñándome un ojo de manera cómplice.

-Me encanta -voy a añadir que mejor en Cuba Libre, con un poco de ron cubano, pero no me atrevo por temor a que surja el tema político de Cuba y Albert me declare la Tercera Guerra Mundial.

-¿Ha pensado establecerse en Estados Unidos? -vuelve Nancy a la carga.

-Por ahora no he considerado nada sobre el particular -miro sorprendido a Sophia.

-El trabajo le permite viajar con frecuencia a nuestro país, mamá -contesta Sophia ante la mirada resignada de Nancy.

-La fotografía le reportará importantes ingresos económicos. Los divorcios suelen resultar muy costosos. Hay mujeres que son capaces de desplumar a su ex marido solo por venganza. Un buen abogado y adiós a lo ganado durante años -continúa sus indagaciones Albert.

-No en mi caso. Nos separamos de mutuo acuerdo. Al no haber hijos de por medio todo fue muy rápido -satisfago su curiosidad un tanto molesto por lo que cada vez se parece más a un interrogatorio de la Gestapo que a una velada de presentación familiar.

El camarero sirve un nuevo plato, esta vez escalopes cocidos a la vinagreta. Afortunadamente dan por concluida la primera ofensiva y la conversación deriva a las múltiples compras que ha realizado Nancy en Londres y la búsqueda constante de nuevas tiendas de antigüedades por parte de Albert, en su obsesión por adquirir objetos e instrumentos náuticos. Algo más relajados damos cuenta del resto del menú: tortellini de langosta y lomito de venado sauté con repollo a la crema y salsa amarga de chocolate. Platos excelentemente presentados y elaborados. Sin duda es uno de los mejores restaurantes del mundo. A la altura del Celler de Can Roca en Gerona, del desaparecido El Bulli de Ferrán Adriá en Cala Montjoi, Roses, o Noma del danés René Redzepi, que he tenido ocasión de visitar para fotografiar en Copenhague. No he disfrutado del menú todo lo que hubiera deseado al estar defendiéndome del insistente acoso de preguntas personales de sus padres, convertidos durante la cena en pistoleros inmisericordes.

A las nueve de la noche termina el duelo en el restaurante y regresamos al hotel. Albert, Nancy y Maggie en un taxi, Sophia y yo en otro. En recepción me despido de sus padres de manera cortés y educada ofreciéndoles la mano. Sophia les acompaña a la habitación y yo me refugio, aún desconcertado, en la nuestra.

Sospecho que los padres de Sophia jamás accederán a que mantenga una relación más allá de un esporádico romance de verano con un hombre como yo, procedente del otro lado del mundo y con trabajo y porvenir inciertos para el estatus social en el que la familia se desenvuelve. No les culpo. Los padres desean lo mejor para sus hijos y en ello influyen las creencias religiosas, educación, cultura y entorno social en que viven. Sophia es también trece años más joven que yo. Valoro la espontaneidad y sinceridad de Albert y Nancy, aunque por supuesto no comparto sus prejuicios ante una persona que desconocen, dejándose llevar por estereotipos. Su comportamiento no dista mucho del que mostraría una familia española de similar estatus social.

 


Capítulo 15


You´re My Woman (Van Morrison)


“En la suite del hotel pregunto impaciente a papá y mamá qué impresión les ha causado Jaime.

-Reservado y distante -rompe el silencio mamá-. Esperaba conocer un hombre más comunicativo y extrovertido. Recuerdo que en el crucero coincidimos con él y sus amigos y comenté a papá la espontaneidad y alegría con que se comportaban, elevando la voz y gesticulando continuamente. Pensé que formaban parte de la tripulación. Esta noche le encontré excesivamente esquivo y frío -añade-.

-¿No has pensado que su actitud pueda deberse a vuestro constante asedio? Habéis sido durísimos con él. Ni una sola palabra agradable. ¡Por Dios ha soportado un cuestionario impertinente e interminable¡ -les reprocho enfadada.

-Deseaba conocer lo que a cualquier madre le preocupa del hombre que pretende a su hija. Nos interesamos por cuestiones cotidianas como el trabajo, la familia, su país… ¡Cielo, es un completo desconocido para nosotros! Incluso me atrevería a afirmar que lo es también para ti -contraataca mamá.

-Cielo, Jaime es un hombre que ha recorrido la mitad de su vida y tú eres una inteligente e ingenua joven con todo el futuro por delante -sermonea papá como un predicador-. Entiendo tu atracción por él e incluso que creas vivir un romance apasionante: procede de un país exótico, es trece años mayor y más experimentado que tú, su trabajo es diferente a lo que conoces y el estilo de vida despreocupado y bohemio puede resultar seductor a los ojos de una chica inexperta. Créeme: no es la persona indicada para hacerte feliz. Sigue tu propio camino, madura y no te dejes embaucar por el primer encantador de serpientes que te regale los oídos con proyectos fantásticos e imposibles. Lo adecuado es un hombre con una edad, educación y estatus similares a los tuyos. No juegues al azar con tu futuro.

-Reconozco que es muy atractivo pero existen millones de hombres como él. No hay necesidad de buscar al otro lado del Atlántico lo que hallaste en tu ciudad. Sam es el hombre adecuado -insiste mamá, que no se da por enterada de que esa relación pertenece ya al pasado.

-No menciones más ese nombre. Sabes que jamás le perdonaré -le recuerdo enfadada.

-Está bien, cielo. Sólo pretendemos que no te precipites. Deja que los sentimientos que ahora fluyen se posen en el corazón. El tiempo pone todo en su sitio -añade papá.

-No comprendo qué os disgusta de él…

-Cielo no creo que sea mala persona ni nada por el estilo, simplemente no es el hombre idóneo para ti. Eres una chica con poca experiencia sentimental y a veces se confunde la novedad con el amor. Daros un tiempo de reflexión y si los sentimientos siguen siendo los mismos dentro de unos meses volveremos a hablar del tema -intenta zanjar la discusión papá-.

-¿Por qué no aceptáis que estoy enamorada de Jaime y no se trata de una aventura pasajera o un capricho? Es amor. Lo que experimento a su lado jamás lo he vivido con Sam. Me siento una mujer amada por primera vez en la vida.

-¡Cómo puedes decir eso Sophia, le conociste hace sólo unos días en el crucero¡ No olvides que los latinos tienen fama de conquistadores. ¿Qué sabes de su pasado y de lo que significas realmente para él? -insiste mamá-. No habéis tenido tiempo para conoceros.

-Sé lo que siento y lo que él demuestra que siente por mí. Soy feliz a su lado y no imagino mi vida sin él -me enfado ante la intransigente y cruel actitud de mis padres.

-Nosotros queremos también que seas feliz -papá me abraza y besa-. No prohibimos nada. Sólo sugerimos que te tomes algo más de tiempo antes de adoptar una decisión de la que puedas arrepentirte en el futuro.”

Pasada la medianoche Sophia llega a la habitación.

-¿Cuál ha sido el veredicto del consejo de familia? Por tu rostro deduzco que no han dado su aprobación. ¿Salimos a pasear? -intento animarla.

-Sólo deseo meterme en la cama y que me estreches con fuerza entre tus brazos. Olvidémonos de todo y de todos. Solos tú y yo. El resto no importa -se arroja sobre mí con lágrimas en los ojos.

-Dicen que lo que se consigue con gran esfuerzo perdura y se disfruta más. Tengo todo lo que deseo. Vivamos el momento. Te quiero, mi bella americana -la beso y abrocho en su cuello la cadena de plata con la llave de la vida que adquirí en un viaje a Egipto y que he llevado desde entonces-. Ahora la vida más valiosa para mí es la tuya.

Nos amarnos con ternura, pasión y también desesperación; como los amantes que al amanecer han de separarse y desconocen si tendrán la fortuna de reencontrarse. Así lo vivo yo. Ella, bellísima e inquieta, con los ojos brillando como sólo lo hacen los de una mujer enamorada. Instantes fugaces de felicidad que sabes que es imposible que perduren. Esa felicidad que sólo es posible entre un hombre y una mujer que se entregan sin condiciones, sin pactos, sólo por la irresistible fuerza primaria del amor.

Unas horas después amanece un nuevo día en Londres, un día gris que amenaza lluvia y augura grises presagios. Por la noche parte su vuelo con destino a Nueva York. Doce horas. Es el tiempo que nos queda. Trato de olvidarlo y disfrutar cada hora, cada minuto, cada segundo… junto a ella. Imposible. La mente juega malas pasadas. Desayunamos frugalmente en la habitación y salimos al mundo. Paseamos por Leicester Square, Picadilly, Oxford Street... Sophia se detiene frente a un elegante escaparate de ropa masculina. Entramos e insiste en que me pruebe un jersey de cachemir blanco, más propio de un gentlemant de la City que de un fotógrafo como yo. Accedo a su deseo y tras comprobar que es mi talla entramos ambos al probador y se lo pone.

-Siempre que lo lleves sentirás el calor de mi cuerpo y sabrás que mi corazón late junto al tuyo  -dice emocionada. Llegamos hasta Hyde Park y nos sentamos sobre el césped, sólo besos y caricias, las palabras son innecesarias. Continuamos dirección a Buckingham Palace, la residencia privada de la Reina Isabel II. Resulta sorprendente la admiración que profesan los norteamericanos por la realeza. Tal vez porque nunca han sufrido una monarquía absoluta o un rey déspota. Les fascina el glamour de sus inmensos palacios, jardines y joyas, amén de su vetusta historia. Sophia no es una excepción y juntos admiramos el corazón del Imperio Británico. Las horas discurren vertiginosas como el paso de una estrella fugaz en el horizonte celeste.

A mediodía propone visitar Notting Hill. Desea conocer el barrio en el que se desarrolla la acción de la película homónima protagonizada por Julia Roberts y Hugh Grant. Las comedias románticas son su género cinematográfico preferido. Recorremos el barrio abrazados conscientes de que el tiempo juntos se agota como el de un reloj de arena del que caen los últimos granos. Notting Hill me  gusta por pintoresco, animado, moderno y bohemio. En los años 50 y 60 del pasado siglo XX se convirtió en el principal establecimiento de la comunidad caribeña que lo invadió con su colorido y alegría. Curioseamos por el popular Mercado de Antigüedades de Portobello Road deteniéndonos en las pequeñas tiendas y puestos callejeros de muebles, flores, música, cerámica, fruta, souvenirs, maletas, objetos para coleccionistas… un sinfín de objetos capaces de guardar celosamente las vidas de sus antiguos dueños, a la espera que otros nuevos les den una nueva oportunidad de ser útiles. Me identifico con su destino: detenidos en un rincón o una balda antes de emprender una nueva vida. Observo embelesado el rostro de Sophia como un pintor estudia el rostro de su modelo, deteniéndome en cada pequeño detalle de sus labios, mentón, nariz, mejillas, ojos…  y los guardo con minuciosidad en la mente. La beso todo lo dulcemente que la impaciencia me permite y abrazados nos dirigimos a la pequeña terraza de un pub. Bebo del vaso de cerveza mientras ella apenas roza con sus labios el refresco.

-¡Cien años de amor por tus pensamientos! -interrumpo su silencio.

-Siento una sensación extraña, Jaime. Cuando estoy junto a ti no existe nada ni nadie más, pero al separarnos experimento un terrible miedo. Miedo de no volver a verte, de perderte para siempre. Ese estremecimiento me persigue. Repito como un mantra que nada nos separará, pero el temor sigue ahí…

-No vas a perderme. Iré dónde estés. Y estaré junto a ti mientras desees que lo esté. Has despertado un corazón que llevaba mucho tiempo detenido y no deseo volver a las tinieblas.

-Quiero que permanezcas siempre a mi lado. Junto a ti me siento segura, viva y sé que llevo las riendas de mi vida. Hasta ahora es como si hubiera vivido el guión que otra persona hubiera escrito por mí. Ya no me identifico con esa vida -revela.

Entre confesiones y deseos se escapa la mañana. Almorzamos en un pequeño restaurante italiano y desandamos el camino regresando al hotel.

Por la tarde conversamos de proyectos, ilusiones y esperanzas más que certezas. Nunca he sido supersticioso ni tampoco he pensado hasta hoy más allá del día siguiente; los planes casi nunca salen como uno los proyecta. Con Sophia apuesto por el futuro aunque no puedo olvidar que el presente volverá a separarnos en unas horas. Acordamos reunirnos en el plazo máximo de un mes: iré a Estados Unidos. Hasta entonces mantendremos contacto diario a través de internet y del teléfono móvil.

Inexorable se aproxima la hora de su partida. La acompaño al aeropuerto de Heathrow, el mismo en el que tres días antes vivimos el feliz reencuentro sirve ahora de escenario a una dolorosa despedida. Albert y Nancy me tienden sus manos, distantes y fríos, despidiéndose con un forzado `see you soon´ antes de dirigirse al control de pasaportes. Beso cariñosamente a Maggie y abrazo a Sophia buscando su olor y su amor. En silencio nos transmitimos todos los sentimientos que las palabras son incapaces de expresar. Sus lágrimas humedecen mis mejillas y respiro hondo para contener las mías. Repite I love you retrasando una despedida que nuestros cuerpos se niegan a aceptar. Albert se detiene junto el arco metálico de seguridad y la apremia.

Sofía me dirige una última mirada:

-Te amo Jaime, no lo olvides -susurra en español.

-Y yo a ti, mi bella americana. I love you -digo una y otra vez contemplando como se aleja, latido a latido, hasta que su figura desaparece en la sala de embarque.

El encuentro afortunado de Sophia ha avivado mi vida y descubierto nuevos caminos justo en ese momento en que me dejaba llevar. Un soplo mágico capaz de revertir una existencia monótona hasta impulsarla a la senda de la ilusión y el amor. Un amor redentor, quizá salvador. Con ella he recobrado la alegría de vivir. Me reuniré con Sophia aunque deba recorrer todo el planeta. No huiré más. Sé cuál es el camino y mi destino.

 

 

 

 

 


Capítulo 16

 

 

 


Thell Me What You Want (Van Morrison)


La mañana siguiente a la despedida de Sophia despierto bajo los efectos de una gigantesca melancolía cuando suena el teléfono móvil.

-¡Buenos días, Romeo! Siempre tan escurridizo. He telefoneado una decena de veces y me inquietaba tu silencio. Temía que hubieras puesto pies en polvorosa dejándome plantado. Aterricé en Londres hace cinco horas y me apetece beber una pinta con una voz amiga. ¿Dónde te escondes? Pasaré a recogerte -propone Rafael Casajuana con ánimo festivo.

-En el hotel St Martins Lane. Dame media hora y estaré preparado. Se me olvidó por completo que llegabas hoy.

-Deduzco que has estado muy ocupado y habrás solucionado el asunto tan urgente que te hizo abandonar Madrid a la velocidad de la luz. Espero que mereciera la pena porque el St Martin Lane es de los más caros y chic de Londres. La próxima vida seré fotógrafo como tú. Recorreré el planeta descubriendo bellos rincones, monumentos, mujeres… y pondré los dientes largos al resto de humanos. !Qué maravilloso trabajo¡ Los periodistas pasamos la mitad de la vida encerrados entre las cuatro paredes de la redacción y sabes que sufro claustrofobia.

-Existen algunos espacios cerrados en lo que no experimentas esa fobia, como los lupanares de mujeres exuberantes que sacian la lujuria de depravados como tú. No te quejes, haces lo que te viene en gana y ese lujo está al alcance de pocos en esta profesión. ¿Cuál es el plan de trabajo, Rafael?

-Todo está planificado, compañero. Supongo que has adelantado faena; eso sí, lamento comunicarte que el presupuesto de la revista no da para alojamientos de cinco estrellas y tendremos que conformarnos con un hotel de cuatro estrellas. Céntrico pero sin el glamour del que estás. Si deseas permaneces en él los gastos correrán de tu cuenta -advierte socarrón.

-Contaba con ello. Realizo el check out y me pongo a tu disposición. Treinta minutos, ni uno más -cierro el móvil tras comprobar que no hay ningún mensaje en el buzón.

Me aseo, hago la maleta y bajo a recepción para pagar la estancia del hotel.

-Todo conforme, señor -notifica la recepcionista.

-¿Está pagado? -insisto sorprendido.

-Sí, señor. Lo abonó la señorita Olson.

En la calle me doy de bruces con un día de perros: llueve y la temperatura es de catorce grados centígrados. Una blasfemia climatológica para las 11 de la mañana de un día de mediados de julio. A esta misma hora las piscinas y playas de España estarán invadidas por millones de personas que disfrutan del sol. Será una jornada de trabajo perdida y el retraso se acumula. Los tres días disfrutados junto a Sophia apenas he adelantado trabajo, la mayor parte del tiempo el objetivo de la cámara la captó a ella y sólo hice algunas panorámicas de Londres.

Con puntualidad e indumentaria británica aparece Rafael ataviado con gabardina, sombrero y paraguas.

-Temo que mi meticulosa planificación se ha ido al carajo con esta pertinaz lluvia. Como dijo el emperador Carlos V: “no mandé mis naves a luchar contra los elementos”. Pero no hay mal que por bien no venga y visitaremos unos cuantos pubs para alegrar nuestras almas con unas pintas -adelanta a modo de saludo.

-¡Aún no he desayunado¡ ¿Comemos algo antes? -sugiero preocupado por el enorme vacío del estómago.

-¡Apártate que me tiznas, dijo la sartén al cazo! Nunca has hecho ascos a una copa. Como prefieras, no voy a discutir de intendencia. Un generoso desayuno sentará bien a un par de pecadores, por supuesto lo pagas tú, a estas alturas del mes mi cuenta corriente está bajo cero. Cuenta Jaky, ¿cuál es el nombre de esa hermosa criatura que te impulsó a fugarte de Madrid para vivir una aventura? -dispara a bocajarro.

-Sophia. No es una aventura más, Rafael. Me ha calado hondo -se acaba de marchar y ya la hecho de menos.

-Me sorprendes, compañero. Esa sí que es una noticia. No sé si buena o mala, porque con las mujeres nunca se sabe. De todas formas te felicito. Tenemos una buena razón para celebrar y bendecir este nuevo encuentro -sonríe.

-Nunca nos han faltado motivos para una celebración -reímos.

Desayunamos e iniciamos el tour por los pubs de Londres. El etílico recorrido me permite fotografiar algunos de los pubs históricos cuyos camareros han servido millones de pintas a clientes que vivieron los avatares de los últimos dos o tres siglos de la ciudad. Punch Tavern, en Fleet Street 99, destaca por sus claraboyas de cristal, azulejos, grandes espejos, mesas y sillas de madera, y ser el lugar frecuentado por los miembros de la revista satírica Punch; en su barra de mármol bebemos las primeras pintas de cerveza negra. Luego nos desplazamos hasta el callejón que ocupa Ye Olde Cheshire Cheese, en Fleet Street 145, oscuro pub con bodegas abovedadas que pertenecieron a un monasterio de carmelitas medieval; en su barra más larga sobre la que cuelgan vetustas lámparas de luz amarillenta entre añejos barriles proseguimos el trasiego de pintas, mientras Rafael Casajuana entabla animada charla con una inglesa cincuentona de pómulos sonrosados que nos lleva la delantera en el consumo de cerveza; resulta ser la propietaria de una cercana frutería. Intercambian teléfonos. Más tarde, no puedo precisar la hora, llegamos a la fachada de época Tudor de The Citie of Yorke, en High Holbon, establecimiento que combina la madera de caoba con amplias cristaleras; espectacular el edificio sobre el que se encuentra en un lugar ocupado por pubs desde el siglo XV y que ofrece en su interior tres espacios para beber, sobresaliendo la larga barra bajo grandes cubas de roble y lámparas de globo. Es la hora de beber whisky y Rafael brinda y habla animadamente con un taxista jubilado que afirma encantarle España y veranear todos los años en Benidorm. Ya no ejerce la profesión pero se ofrece a guiarnos los días siguientes por Londres y descubrirnos los mejores rincones de la ciudad. Rafael anota su número de teléfono. Un tiempo indeterminado más tarde salimos en busca de otra maravillosa fachada de madera y gran ventanal de cristal, la del pub Princess Louise, en High Holborn, 208, que data del siglo XIX y es famoso por su espectacular interior con paneles y cabinas de madera acristaladas alrededor de la barra, espejos de vidrio grabado y asientos corridos de capitoné en cuero marrón, donde dejamos reposar nuestros achispados esqueletos. Confieso que del resto de pubs visitados sólo conservo recuerdos imprecisos y alguna fotografía. A esas horas de la tarde Rafael, mejor bebedor que yo, ejerce de lazarillo ante el tremendo cegatón que nubla mis sentidos. Nuestros pasos se encaminan dando tumbos hasta The Black Friar en Queen Victoria Street, 174, situado en el bajo de un edificio de planta en esquina triangular y cuyo interior es una obra maestra del Art Nouveau; decorado con escenas monásticas medievales labradas en madera, vidrio y espacios abovedados, constituye una maravillosa basílica dedicada a los peregrinos bebedores de la ciudad. El último pub que visitamos es Ye Grapes en Shepherd Market, 16, entre Green Park y Hide Park; abrió las puertas en 1882 cuando la zona era un hervidero de prostitución, hoy es un barrio respetable y burgués, al que se accede por una entrada de azulejos de color verde con un gran racimo de uva en la fachada. Dentro diferentes barras aplacan la sed de los clientes entre racimos de uva por doquier.

Rafael Casajuana es de esas personas francas y divertidas que facilitan que las horas trascurran animadas aunque resulta imposible sobrevivir sobrio a un encuentro con él. Posee además la admirable virtud de confraternizar con todo ser vivo, cualquiera que sea su especie, idioma, credo o raza. Si la lengua española no es suficiente para entablar una conversación hecha mano del inglés, chapurrea el francés o despliega el lenguaje gesticular hasta comunicarse con quien se propone, sea de donde quiera que sea. La persona idónea para desenvolverse en esta aldea global condenada desde la bíblica torre de Babel a convivir entre miles de lenguas y países. Habla con ejecutivos de la City, secretarias, trabajadores de reparto, vendedores, camareras, floristas y chicas, muchas chicas. Es difícil resistirse a su encanto natural.

Al anochecer el nivel de alcohol en sangre supera con creces al de glóbulos rojos y nos adentramos en la hora de las confesiones:

-Jaky, lo que más deseo en este momento de la vida es conocer a mi hija -revela Rafael con un vaso de whisky en una mano y un cigarro habano Montecristo en la otra.

-Creía que sólo tenías dos hijos varones -comento extrañado.

-Es una historia antigua, larga y triste -prosigue melancólico.

-Si te sirvo de diván no tengo nada mejor que hacer, para eso estamos los colegas, Rafael.

-Fue en los años finales de los setenta, cuando estudiaba en la Universidad Complutense de Madrid. En junio de aquel año había terminado cuarto curso de Periodismo y decidí pasar el verano en el colegio mayor donde residía. Madrid gozaba en aquellos años la fiesta continua de la Movida. Conseguí un empleo de vendedor de productos para la desinfección y desratización de locales y con él me costee los gastos y la diversión. Por la mañana trabajaba vendiendo matarratas y el resto del día lo dedicaba a divertirme en el barrio de Malasaña con los amigos. Como todos los veranos, al colegio mayor llegaron estudiantes de distintas nacionalidades: ingleses, franceses, alemanes, daneses, chinos, italianos, americanos... Una avalancha de jóvenes deseosos de conocer el idioma de Cervantes, la España de la Transición y el Madrid del desenfreno del honorable profesor Enrique Tierno Galván, que era por entonces el maravilloso alcalde de la villa. Disfrutábamos de un ambiente libre y festivo en una ciudad que había dejado atrás los tabúes de los cuarenta largos años de dictadura. La ciudad era un escenario en permanente ebullición social y cultural. La libertad política trajo consigo la liberación sexual. Los jóvenes descubrimos de golpe el sexo, las drogas y el rock and roll tras pasarnos la infancia besando las manos a los sacerdotes, escuchando a Manolo Escobar y fumando a escondidas cigarrillos de Celtas Cortos sin filtro. La Transición trajo un nuevo mundo maravilloso que nos habían robado durante años.

Una noche conocí a una chica americana de New Jersey: Tracy. Guapa, inteligente y todo un carácter. Por las mañana asistía a clase en la universidad y por las tardes acudía a la piscina siempre a la misma hora: las cinco en punto. Dos horas después recogía la toalla y se retiraba a estudiar. Caí rendido a su belleza. Quizá por aquello de que los contrarios se atraen. En una de las fiestas que celebrábamos de confraternización internacional estudiantil, pedí a una amiga española que la convenciera para que asistiera. Nos presentó y dos citas después acabamos en la cama. Tracy era lo más opuesto a mí que puede encontrarse en este planeta, y nos enamoramos. Disfrutamos dos meses maravillosos de bares, conciertos, sexo y amor. Bailamos y bebimos en el Rock Ola, La Vía Láctea, el Pentagrama, El Sol… le mostré el Madrid castizo de la Plaza del Dos de Mayo, el Retiro y Las Vistillas entre la música de Los Secretos, Nacha Pop y Loquillo. Un verano inolvidable. En septiembre anunció que debía regresar a New Jersey y se marchó. Acordamos escribirnos para mantener el contacto y le aseguré que en cuanto pudiera la visitaría. Nunca fui a New Jersey. Fue un hermoso romance de verano.

Ocho meses después Tracy escribió informándome de su embarazo y que había decidido tenerlo. Sólo quería que yo lo supiera. Más tarde recibí su última carta con una fotografía de la niña: nuestra hija. Traté de contactar con ella pero fue imposible. Con el paso de los años me acostumbré a la idea de que nunca conocería a la pequeña Iris. Así la llamó Tracy. Viví una vorágine de relaciones fracasadas, pero jamás la olvidé. Me casé con Paloma y más tarde con Rosa, con la que tuve dos niños como sabes. Desde hace un par de años me obsesiona la idea de buscar a mi hija. Tal vez sea la edad o quizá la necesidad de llenar tanto vacío existencial. Debí hacerlo antes, pero era un joven que odiaba las ataduras familiares y no sentía la necesidad imperiosa de ahora. Será difícil encontrarla. Lo único que conservo es su nombre, una dirección de hace más de veinte años y la foto de mi hija -concluye Rafael apurando la copa.

-La llamada de la sangre -digo sorprendido por el relato y bastante ebrio-. La encontrarás, Rafael. ¿Qué edad tiene Iris ahora?

-Veinticuatro años, creo.

-Los mismos que Sofía. La vida está llena de coincidencias.

Avanzada la noche caminamos humedecidos por la llovizna, el alcohol y las confesiones mutuas en busca de un taxi que nos conduzca al hotel. Dos hombres vapuleados por su destino. ¿Es el destino el que nos marca el camino o somos nosotros quienes, día a día, tejemos nuestro destino? ¿Hasta qué punto las mujeres determinan nuestra vida? ¿Es el amor una necesidad del ser humano cuando la mayoría de los animales parecen conformarse con la reproducción? ¿La fidelidad la inventaron las mujeres para castrar la promiscuidad de los hombres o fue al revés? Rafael y yo formulamos estas preguntas incapaces de dar respuesta a una sola de ellas  mientras el taxi recorre las calles de Londres y el conductor escucha London calling de The Chash.

En el hotel me recluyo en la habitación contraído sobre la cama en la postura que adoptan los perros cuando se lamen las heridas. Rafael, incansable, prolonga el periplo por los pubs de Londres.

-Quiero visitar la zona de Witechapel, en el East End, donde Jack el Destripador cometió sus horrendos crímenes con prostitutas. Allí se encuentra un pub victoriano llamado The Ten Bells, en Commercial Street, 84, en la esquina con Fournier Street, que data de 1752. Cuentan que lo frecuentó alguna de las víctimas de Jack The Ripper. Entre 1976 y 1988 llegó a llamarse Jack The Ripper y fue decorado con objetos que recordaban el caso. Posteriormente decidieron que no debía enaltecerse el nombre de un asesino y se restableció el nombre original del pub. Un lugar mítico. ¿No te apetece acompañarme? -insiste Rafael antes de salir a la búsqueda de sus fantasmas.

-Estoy agotado y mañana tenemos mucho trabajo. Cuídate, Rafael.

-Tú te lo pierdes, compañero. Esa Sophia te ha absorbida el alma. Ortega y Gasset decía que `el amor es un estado de imbecilidad transitoria´ y a ti te considero un hombre cabal e inteligente, seguro que se te pasará en unos días. Bueno, no me hagas mucho caso. Sabes que soy un escéptico con el amor. ¡Felices sueños, Romeo¡

Rafael arrastra dos divorcios a las espaldas y la mejor pasión para él es la que se paga al contado y no deja huella emocional. Afirma que su corazón guarda más cicatrices que el más corneado de los toreros y no está dispuesto a ser herido ni una sola vez más. En una visita a un prostíbulo le expresé que las prostitutas son esclavas sexuales y replicó que él también lo era, asegurando que de algunas meretrices ha recibido más amor en media hora que de sus dos mujeres en 20 años. “La puta más cara es siempre más económica que la esposa más honesta y nunca te hace sufrir, Jaky”, dijo. “Sus servicios, añadió, deberían incluirse entre las prestaciones de la Seguridad Social y regularse su situación laboral y sanitaria: trabajan más horas que los funcionarios, son uno de los sectores más productivos y tienen derecho a una jubilación y pensión dignas. La labor social de estas trabajadoras del amor es impagable: alivian a hombres con traumas y problemas relacionales, animales de bellota, viciosos, pervertidos y solitarios como yo. Imagina por un instante a toda esa enorme caterva de tarados insatisfechos sueltos por el mundo sin una teta que llevarse a la boca o un coño donde refugiarse… sería peor que una pandemia. Además, ¿de dónde crees tú que ha salido tanto hijo de puta que pulula por el mundo?”.

Rafael se autodefine como “un hombre apaleado por el amor”. No ha tenido suerte con las mujeres de las que se ha enamorado y renuncia al amor para no volver a ser herido.

En la habitación del Crowne Plaza St James en Buckingham Gate, el hotel de cuatro estrellas elegido por Rafael Casajuana, echo una última mirada al teléfono móvil antes de apagar la luz. Hay tres llamadas perdidas de Sophia y un mensaje de voz:

“Te quiero, te quiero, te quiero... Desde que regresé a casa sólo pienso en la distancia que nos separa. Te echo de menos. Llámame. Necesito escuchar tu voz”.


 

Boston

 


Capítulo 17

 


The Beauty Of The Days Goes By (Van Morrison)

“Sophia ha llegado el momento de que te impliques en la empresa de la familia -el ofrecimiento de papá me coge por sorpresa en el salón de casa leyendo la revista Vogue-. Contarás con mi ayuda y la de Sam -al asombro inicial se suma el enfado por escuchar su nombre-. He de informarte de un tema de  importancia vital -su tono de voz me inquieta; mamá permanece inmóvil con cara de funeral sentada en el sofá Koochy diseñado por Karim Rachid y asiente sus palabras-. No pretendemos alarmarte cielo, pero el pasado año fue catastrófico para la economía del país y afectó muy negativamente a nuestra compañía. El hundimiento de las hipotecas subprime y la quiebra de Merryl Lynch han castigado con dureza al sector inmobiliario. Fui previsor y los años de bonanza económica deposité importantes sumas en paraísos fiscales como Islas Caimán y Bahamas e invertí en países europeos como Dinamarca e Inglaterra. No obstante el patrimonio familiar se ha resentido al invertir millones de dólares en proyectos urbanísticos que, hoy por hoy, son muy difíciles de vender y atravesamos problemas de liquidez por la crisis financiera y bancaria. El futuro económico de la familia está asegurado, sin embargo la viabilidad de la inmobiliaria está en peligro: necesitamos con urgencia una importante inyección de capital para afrontar los costes de financiación.

-¿Por qué no me informasteis de la situación? Entonces el viaje a Europa…-pregunto desconcertada por la revelación.

-Consideré que nos vendría bien un viaje juntos. Todos necesitábamos relajarnos unos días -explica papá-. Sirvió también para establecer importantes alianzas comerciales en Londres que Sam facilitó y espero ayuden a superar el delicado momento. Hasta hoy he tratado de no preocuparos a mamá ni a ti, pero debéis conocer la situación. Afrontaremos el problema más unidos que nunca y arrimaremos todos el hombro. Está en juego la empresa que creó el abuelo.

-Cuenta conmigo, papá. Haré lo que sea necesario. No sé qué puedo aportar para salvar la inmobiliaria -ofrezco preocupada.

-Existe un asunto en el que puedes ayudar mucho -interviene enigmática mamá.

-Vosotros diréis -continuo intrigada.

Un absoluto silencio invade el salón, ambos se miran y mamá desvela el misterio:

-Ayudaría que respondieras a las llamadas de Sam y accedieras a reunirte con él. Está demostrando un gran compromiso y cariño por la familia -deja caer como una carga de profundidad mamá.

-La relación está rota, mamá- me quejo indignada por la propuesta.

-El compromiso lo rompiste tú, cielo. No pedimos que le quieras ni siquiera que perdones su chiquillada, sólo que olvides y conserves la amistad. Son muchos años juntos, Sophia. Sam y su familia poseen importantes contactos en el mundo financiero que pueden sernos muy útiles.

-¿Pensáis sinceramente que solucionaría los problemas financieros de la empresa? –pregunto ofendida a papá.

-Cielo jamás te obligaré a hacer nada en contra de tu voluntad. Sam se ha ofrecido  amablemente y le he dejado claro que tú tomas tus propias decisiones. Hablamos de amistad y negocios, sólo de eso. Tienes la última palabra y sabes que sólo deseo lo mejor para ti -me tranquiliza, abatido como nunca antes le he visto.

-Está bien. Hablaré con él -acepto resignada-. Lo haré por vosotros aunque no estoy dispuesta a darle una nueva oportunidad. Estoy enamorada de Jaime.

Abandono el salón y salgo al jardín enojada con mis padres. Su propuesta me irrita aunque soy consciente que la situación que ha expuesto papá es muy delicada. Siento rabia e impotencia y, sobre todo, una enorme necesidad del contacto y el calor de Jaime. Sé que en este momento es imposible y eso me enfurece más. Marco su número en el móvil. Es mediodía en Boston, las seis de la tarde en Londres. La llamada cruza al otro lado del Atlántico y escucho su voz grave: “Ahora no puedo atenderte. Si lo deseas deja un mensaje y te llamaré lo antes posible. Pipipipiiii…”. Lo intento un par de veces más con idéntico resultado y dejo el mensaje. Sabía que lo echaría de menos pero no tan pronto ni tanto.

Voy al Club Hípico para relajarme y distraerme con las amigas. Allí me pondrán al corriente de los últimos cotilleos sociales y meditaré sobre la propuesta de mis padres. Necesito respirar y alejarme de la presión familiar.

En el aparcamiento del Hípico encuentro a Mary Vandenberg y nos saludamos tras un mes sin vernos.

-Estás bellísima, querida. Más delgada y el color de piel es espléndido. Las vacaciones te han sentado de maravilla. ¿Qué tal por Europa? ¡Te perdiste la despedida de soltera de Pam¡ Fue la bomba. Una auténtica súper fiesta. Dos días de desenfreno. Ya te contaré. Querida, ¿por qué no almorzamos juntas? Tengo la tarde libre.

Mary está espectacular como siempre, con su gran melena rubia, un top blanco y una minifalda de Marc Jacob que resalta sus estilizadas piernas. Desde niñas somos grandes amigas.

-Ok. Así me pones al día. He pasado dos semanas fuera pero tengo la sensación de que hace más tiempo. También yo he de contarte alguna novedad -sonrío.

-Te conozco muy bien Sophia. Ese brillo especial en los ojos no lo tenías el día que nos despedimos. ¡Suéltalo ya, quiero ser la primera en saberlo, querida! ¿Ha habido reconciliación? -sondea.

-Almorcemos primero. Todo a su tiempo -freno su curiosidad.

Camino del restaurante Horses del Hípico nos detenemos a saludar amigos y conocidos mientras Mary se agarra a mi brazo impaciente por escuchar las novedades. Por un instante dudo y considero que no debía haberla puesto sobre aviso: una vez lo sepa ella lo sabrá todo Boston. Pensándolo mejor eso es precisamente lo que deseo.

En la terraza del restaurante elegimos una mesa desde donde observamos el partido de polo que se juega a pocos metros. La mañana es soleada y los jinetes sudan galopando sobre los caballos. Me gusta verlos en la grupa mientras cabalgan sobre bellos animales. El caballo es el animal más hermoso y completo de la creación: reúne fuerza, potencia, velocidad, elegancia y carácter.

-Ensalada César y helado de yogurt con arándanos -pide Mary a Jim, el camarero.

-¿Y usted señorita Olson?

-Lo mismo, gracias Jim -contesto sin apartar la vista del campo de polo.

-Si buscas a Sam, miras en la dirección equivocada -informa Mary-. Juega al tenis con Tony. Después pasará a recogerme y por la tarde iremos a la fiesta de cumpleaños de Susanne Fairchild. Por cierto, ¿cómo va lo vuestro? Últimamente encuentro a Sam muy raro y esquivo. Tony ha comentado que lo ve preocupado y se comporta de forma extraña.

-Sencillamente no va. Hemos terminado -confirmo a Mary lo que todos saben y nadie parece aceptar.

-Lo siento, querida. Formáis una pareja ideal y estaba convencida de que os acompañaría de dama al altar. Tantos años juntos… Ahora revélame esa novedad que has anunciado, me tienes intrigadísima -insiste Mary con su eterna curiosidad.

-Tu intuición es acertada. En el viaje a Europa he conocido a un europeo, español.

-¿Y cómo es?

-Muy atractivo -contesto lacónicamente.

-Buen principio. ¿A qué se dedica, querida?

-Es fotógrafo y antes que lo preguntes trabaja en una revista de viajes y pasa la mayor parte del tiempo de un lado para otro del planeta.

-¿Cuál es su aspecto? Pelo, ojos, estatura… Habla querida. Hay que sacarte la información por episodios como los seriales de televisión. ¿No tienes una foto de él?

-No, aunque él sí tiene muchas mías. Así fue como nos conocimos. Moreno, 1,85 metros de estatura, cabello moreno rizado, ojos negros, complexión delgada, piel bronceada.

-¡Querida, tal como lo describes dan ganas de comérselo. ¿No tendrá un hermano gemelo para mí? Necesito un latino para animar mi aburrida vida sexual. Tony está obsesionado con los negocios y presta más atención a sus perros y al tenis que a mí.

-No frivolices Mary, al menos nunca te ha sido infiel.

-¿Cómo le conociste, querida?

-Fui su modelo durante el crucero. Realmente no nos conocimos hasta que volvimos a coincidir en Londres -resumo.

-¡Querida, no me entero de nada! ¿Hiciste de modelo? ¿Vestida o desnuda?

-Vestida. Nada extraordinario. Ya te he explicado que es fotógrafo profesional de una revista de viajes.

-¿Y vivisteis una aventura en el crucero? -continúa.

-No. Nos conocimos en el barco e iniciamos la relación en Londres -explico.

-Sospecho que has querido vengarte de Sam -se revela el alma viperina de Mary.

-No me guió la venganza, sólo el amor. Me sentí atraída por él desde que le vi. Es tierno, sensible y sincero. Estoy cansada de hombres que te tratan como un objeto más de su propiedad, como un coche deportivo o un yate que utilizan cuando desean y luego olvidan hasta que necesitan exhibirlo.

-Me desconciertas: estás cambiada, querida. Todos los hombres son iguales. Si no los tienes comiendo de tu mano buscan rápidamente otra de la que comer. Aseguran que desean ser libres y sin ataduras como caballos salvajes y en cuanto lo son buscan rápidamente a alguien que los ensille. A los hombres hay que darles cuerda, pero la justa. El mundo está lleno de viudas solitarias, pero ¿cuántos hombres son capaces de vivir solos? Nos necesitan, querida. Sam, Tony, John, James… e incluso tu español. No creo que en Europa sea diferente que en América.

-Jaime lo es. Desde el primer día percibí que era diferente. Me hace sentir una mujer única. La manera de hablarme, de acariciarme, de amarme.... Me considera su amor, su compañera y cree y respeta mis sueños.

-Deja de soñar, querida. Por ahí llegan dos americanos impasibles: Tony y Sam.

Giro la cabeza y observo a Sam. Me asalta una extraña y contradictoria emoción de repulsa y afecto al verle caminar con su impostada seguridad. Viste su habitual atuendo deportivo Lacoste, impecablemente blanco, con la toalla alrededor del cuello y la bolsa de tenis con las raquetas colgada al hombro. La coquetería le impide descomponer el gesto incluso después de practicar deporte. Se aproxima e intenta besarme los labios. Los aparto ligeramente y sus labios rozan mi rostro:

-¡Bienvenida a casa, Sophia, estás maravillosa¡ -me saluda Sam como si todo siguiera igual que meses atrás.

-Nosotros nos vamos y os dejamos solos. Tendréis mucho de que hablar. Me alegro de verte tan bella como siempre -dice Tony tras besarme y coger de la mano a Mary.

-Querida, llámame si os animáis a asistir mañana a la fiesta de Susanne Fairchild. Seguimos hablando.

-Estás radiante, las vacaciones te han sentado muy bien. ¿Vamos a casa y nos relajamos en la piscina? -propone Sam una vez que estamos solos mientras trata de abrazarme por el hombro y retiro firme y delicadamente su brazo.

-No puedo. He quedado con mamá para ir de compras a Newbury St -miento.

-Te recojo después para ir a cenar. He descubierto un nuevo restaurante en North End, te encantará -insiste.

-Deseo que todo quede muy claro entre tú y yo, Sam. Seguiremos siendo amigos, pero no existe ninguna posibilidad de que volvamos a ser pareja. He conocido a un hombre con el que mantengo una relación -le confieso sin preámbulos ni tapujos.

-Aún no me has perdonado. ¿Dime qué debo hacer para recuperar tu confianza? Continuas dolida pero no hay necesidad de inventar romances. Te quiero, Sophia, y te daré motivos para que vuelvas a mi lado. Por cierto, he hablado con Albert y pronto seremos socios. Nuestro futuro hace tiempo que está unido. Nos queremos y necesitamos. Es absurdo que te empeñes en negarlo.

-No insistas, Sam. Sé que has ayudado a mi padre y te lo agradezco, como amigo.

-¡Siempre tan tozuda! Ordena tus ideas. Vuelve a casa. Perdóname y olvida lo sucedido. Prometo que no ocurrirá más. He aprendido de aquel estúpido error. Sólo piensa que te quiero y querré siempre. Te llamaré más tarde. Soy el único hombre de tu vida. No lo olvides -se acerca e intenta besarme de nuevo y lo evito girando la cabeza.

 

 

 


Londres

 

 


 


Capítulo 18

 


Call Me Name (Van Morrison)

 


Desde  la ventana del hotel contemplo a lo lejos la majestuosa silueta iluminada del Palacio de Wetsminster y la torre del Big Ben reflejándose en las aguas del río Támesis. Las campanas del reloj anuncian las diez de la noche. Las cuatro de la tarde en Boston. Trago dos pastillas de Alka Seltzer para atenuar la resaca y marco el número del móvil de Sophia.

-¡Por fin, amor¡ Temía que te hubieras olvidado de mí. Te extraño tanto que siento deseos de ir al aeropuerto y subir al primer avión que despegue rumbo a Londres. ¿Cuándo volveremos a vernos? ¿Qué hago aquí si tu no estás? Te amo Jaime.

-Y yo a ti, mi bella americana Sé paciente, amor. Adelantaré las fechas del viaje que debo hacer a Miami. Si todo marcha como deseo estaré allí en dos semanas.

-¿Lo prometes? -suplica dulcemente.

-Sí, amor.

-!Por favor, hazlo! Prepararé todo para reunirme contigo en Miami. Hace años que no voy a Florida y me encanta pasear por Ocean Drive y Lincoln Avenue. Iremos a la playa de South Beach, a los Cayos, a los Everglades…

-¿Prefieres que vaya primero a Boston y me muestras tu ciudad?

-En otra ocasión, Jaime. Por aquí las aguas bajan turbias.

-¿Qué sucede?¿Te encuentras bien?

-No te preocupes… papá y las graves consecuencias de la crisis económica mundial. Asegura que como sigan las cosas así no está garantizada la continuidad de la compañía inmobiliaria. Y sigue empecinado en que sea yo quien tome las riendas del negocio en el futuro y quiere que me implique más a partir de ahora.

-La crisis económica pasará como todas las anteriores. Como dice un refrán español “no hay mal que cien años dure”. Comprendo la preocupación de tu padre pero quienes más la están sufriendo son los millones de trabajadores que han perdido el empleo y no tienen otro patrimonio para vivir que su trabajo. Ese es el verdadero drama, créeme. De cualquier forma, si las cosas van mal siempre tendrás un hueco en mi pequeño apartamento de Madrid -sonrío imaginándola viviendo en mi minúsculo hogar de 60 metros cuadrados en el Barrio de los Austrias, eso sí, con hermosas vistas al Palacio Real.

-Hablas como un sindicalista, aunque tal vez sea cierto, en parte. Sin empresas no habría trabajadores. Papá está muy preocupado y me necesita. La compañía la fundó el abuelo de la nada y para él es toda su vida. No sólo dinero, es mucho más. Jamás le he visto tan preocupado y tampoco me había pedido nunca nada. Pero es un consuelo saber que me acogerías en tu casa. Soy una cocinera excelente y no te arrepentirías de darme cobijo.

-¿Pedido? -pregunto.

-Bueno… -duda-. Desea que me ponga al día y contacte con personas que nos ayuden a conservarla.

-Es comprensible…

-Quiero ayudar a mi familia, Jaime.

-Por supuesto. Te llamaré mañana. Te quiero Sophia, en la riqueza y en la pobreza -bromeo con la fórmula eclesiástica de compromiso nupcial.

-Te esperaré en Miami, no lo olvides Jaime. Te hecho muchísimo de menos. Te amo.

-Y yo a ti, amor.

El día es magnífico en Londres y Rafael y yo arrastramos la resaca por la ciudad en busca de lugares e imágenes para recomendar en la revista Nómadas. Por muchas visitas que hagas a una ciudad jamás llegas a descubrir su alma si no te la desvela alguien que viva en ella y la ame. Después de fotografiar los monumentos más simbólicos y recorrer los barrios y rincones imprescindibles de la capital británica, Rafael vuelve a sorprenderme:

-Vayamos a Hyde Park. He quedado allí con Julie.

-¿Quién es Julie? -pregunto esperando cualquier respuesta.

-Una chica muy simpática que conocí en el avión -contesta con la mayor naturalidad-. Te gustará. Es un bombón, una azafata de British Airways que se ha ofrecido a servirnos de guía por los barrios del East End, más allá de la City.

-Eres increíble. Tu capacidad para compaginar trabajo y placer no tiene límites.

-La experiencia es un grado, Jaky.

Julie es una preciosa pelirroja de 32 años, rostro pecoso y desbordante energía. Su metro setenta de estatura luce con una camisa blanca y minifalda negra que resaltan más sus largas y níveas piernas. Rafael tiene defectos pero posee un excelente gusto para elegir amigas. Tras la correspondiente presentación dejamos que Julie nos descubra el East End. Nos desplazamos en taxi hasta Old Street y allí caminamos entre coloristas y pintorescos comercios antes de almorzar en un restaurante de comida rápida. No puede extrañarme que acompañando a una pareja como ellos todo suceda a ritmo vertiginoso.

“Este ya no es el Infierno de la Pobreza que llevó a Carlos Marx a denunciar las condiciones de los trabajadores en la Inglaterra del siglo XIX. En este distrito se hacinaban emigrantes en busca de trabajo en las primeras grandes fábricas del capitalismo. En la actualidad se ha transformado en un barrio mestizo y bohemio, aunque no ha dejado de ser uno de los lugares más castizos de Londres y permanece muy viva la cultura cockney. En estas calles vivieron personajes conocidos mundialmente como Alfred Hitchcock, David Bowie, Angela Landsbury o Dudley Moore” -recuerda nuestra bella guía mientras mordisquea un sandwich de jamón y queso.

-¿Siempre has vivido en Londres, Julie? -me intereso.

-No. Nací en Dublín. De padre inglés y madre irlandesa. Llegué aquí con 17 años.

-Algo en ti transmite esa sangre irlandesa –expreso una obviedad-.

-Seguro que sí, mi mitad más visible.

-Y la más excitante -interviene Rafael comiéndosela con los ojos.

Caminamos por los mercadillos de Brick Lane y Old Spitalfields. Paseamos por Whitechapel Road deteniéndonos en el elegante edificio modernista de finales del siglo XIX de la Whitchapel Art Gallery, diseñado por Charles Harrison Townsend, uno de los epicentros culturales de la zona.

-“Whitechapel cobró notoriedad a finales del siglo XIX a causa del asesinato de cinco prostitutas…” -comenta Julie.

-A manos de Jack El Destripador -añade Rafael.

-“Exacto. Y también porque en el barrio vivió el Hombre Elefante, Joseph Merrick, desgraciadamente exhibido en el Royal London Hospital durante años”.

Más tarde nos dirigimos a uno de los lugares referente de las artes plásticas y la vida nocturna de Londres: Hoxditch, conocido como el Triángulo de Oro. En  los alrededores de Hoxton Square han surgido galerías de arte, lounge bar y cafés que atraen a jóvenes creadores, bohemios y otras personas con inquietudes culturales y deseos de diversión. Julie nos conduce a  un pequeño y encantador café; ella toma té, Rafael una copa de coñac y yo un café largo. Comienzan los arrumacos y considero que mi presencia sobra en la tórrida escena de amantes impacientes.

-Disculparme, es hora de que haga mutis por el foro. Disfrutad de la hermosa tarde de verano -me excuso.

-Perdona Jaky, no resisto la compañía de esta preciosidad sin que me entren ganas de abrazarla -se disculpa Rafael besando a Julie.

-Lo he observado -agradezco a Julie el paseo y les dejo vivir su pasión sin interferencias.

-Espera Jaky, llamaré a una amiga. Es encantadora y muy divertida. Vive en un apartamento cerca de aquí -propone Julie.

-Te lo agradezco pero no es necesario. Aprovecharé para hacer fotos.

-Mejor acompañado que solo. Es londinense y te mostrará lugares excitantes. Conoce todos los rincones de la ciudad -insiste Julie.

-No gracias, de verdad -agradezco.

-Déjalo Julie. Jaky es un romántico y está enamorado -interviene  Rafael-. Eres un raro ejemplar, chico. Recuerda que uno sólo se arrepentirse de lo que no ha hecho, a lo hecho, pecho. !Nos vemos Romeo¡

Desde la conversación telefónica de la pasada noche con Sophia no me desprendo de la inquietud. Sentí su amor e intuí nerviosismo en el tono de voz. Sospecho que sucede algo más al otro lado del Atlántico que le preocupa y no desea intranquilizarme con sus problemas familiares. En la cena comprobé que sus padres no ven con buenos ojos nuestra relación y soy consciente que tratarán de romperla. La frialdad mostrada rayó la mala educación. Evidentemente para los Olson no soy el hombre ideal para su querida hija. No les culpo, estoy a años luz de ser el selfmademan triunfador que la sociedad americana preconiza y entroniza. Desearán que el corazón de Sophia lo ocupe un hombre que le garantice un futuro de cuento de hadas y no un fotógrafo de porvenir incierto. Ese suele ser el pensamiento habitual de los padres y aún más en familias adineradas o de aquellas que vivieron tiempos más prósperos y buscan vínculos matrimoniales adecuados para no perder o recuperar sus privilegios sociales.

Curioseando por internet descubro una interesante entrada de la idiosincrasia de los bostonianos: “El estereotipo de los bostonianos, sobre todo de aquellos que viven en la zona de la Universidad de Cambridge, es el de personas pijas, ricas, engreídas, superficiales y egoístas, aunque al mismo tiempo son cultas, selectas y elitistas. Coinciden con el resto de estadounidenses en ser personas individualistas y capitalistas aunque a diferencia del resto del país los bostonianos se caracterizan por ser más liberales”. Es sólo un estereotipo, pero en todos hay algo de verdad.

Desanimado escribo un email a Sophia:

“He pasado todo el día recorriendo las calles de Londres atestadas de gente y me he sentido terriblemente solo sin ti. Lucía el sol y fui incapaz de disfrutar de su calidez porque no estabas a mi lado. Desde que marchaste mi corazón permanece en stand by, a la espera de que tú pulses el botón de play. Ya no sé vivir si no estás a mi lado. Te quiero”.

Releo el email y descubro que más que declararle mi amor he escrito un SOS. Doy a enviar.

Aún quedan un par de horas de sol y prosigo con la cámara buscando instantáneas hasta que el cansancio me vence. El trabajo me ayuda a no pensar obsesivamente en ella. Al anochecer entro en un pub y bebo dos pelotazos de whisky, mi antidepresivo habitual. El amor y el desamor me conducen siempre al mismo lugar: la barra de un bar. Un día de éstos tendré que imponerme un periodo de ley seca. No será hoy. Regreso al hotel y busco un restaurante italiano donde cenar. La cocina italiana y la argentina suelen ser dos apuestas seguras cuando viajo por países anglosajones en los que la gastronomía autóctona no termina de ser de mi gusto. Pido una deliciosa lasaña y regreso al hotel. La noche londinense se anima aprovechando la cálida temperatura del verano pero no siento el menor deseo de vivirla hoy. A las once pm me entrego en los brazos de Morfeo, agotado, recordando los días vividos con ella.

 

 


Boston

 

 

 

 


Capítulo 19


Nobody Really Knows (Van Morrison)

“He dormido fatal, apenas un par de horas. La revelación inesperada de papá de las dificultades financieras de la inmobiliaria, el encuentro con Sam en el Hípico y el gran océano que me separa de Jaime siembran el futuro de dudas. Me aferro a los días felices vividos en Londres, pero todo presagia incertidumbre y complicaciones. A primera hora he salido a hacer footing por los alrededores de casa en busca del aire fresco de la mañana para relajarme y ordenar el torbellino de emociones. La atmósfera de casa resulta asfixiante por la actitud de papá y mamá, y quizá porque yo ya no sea la misma de semanas atrás. El viaje a Europa y, sobre todo, Jaime, me han transformado. Corro por las calles con la energía y determinación de quien huye de un pasado que a cada zancada queda más atrás. Boston forma parte de mi vida y ahora discurre ante mis ojos como un paisaje neutro. La ciudad sigue igual que antes del viaje, sin embargo la percibo como si hubieran transcurrido años y su luz fuera más tenue y menos alegre. Las calles, las casas y los parques se suceden como una película en color que haya perdido cromatismo por el paso del tiempo y las proyecciones hasta diluirse en tonos sepia. La vitalidad de Boston, que siempre he adorado, me resulta distante. Evoco experiencias y sensaciones vividas en mi ciudad, persiguiendo lugares y personas en busca de pasadas emociones. Paseo por Boston Common, Public Garden, Louisburg Square -junto al antiguo hogar de mis abuelos-, me dirijo a Beacon Hill y regreso a casa... Fatigada y sudorosa dejo que el agua fría de la ducha refresque y oxigene la piel cayendo en cascada por el pecho, el vientre, las nalgas… Me observo desnuda en el espejo del baño y deseo `ojalá estuvieras aquí ahora´. Salgo a la terraza y el sol acaricia y seca los cabellos húmedos. Elijo unos jeans y un suéter rosa del vestidor y bajo al garaje. Monto en  el coche y salgo en dirección a Cape Cod, el lugar donde disfruté los mejores días de la infancia y de mi vida. Sus playas me vieron crecer, jugar, enamorarme… Allí conocí mis mejores amigas y fue mi primera vez. Busco el refugio de la casa de los abuelos donde acudo siempre que necesito encontrar serenidad y equilibrio. En Cape Cod me reencuentro con la infancia, adolescencia y conmigo misma.

Suena el móvil y pulso el manos libres:

-Hola querida ¿Todo bien? ¿Está Sam contigo? Has regresado muy rarita de Europa -Mary y sus intuiciones.

-No, estoy sola. Te dije que hemos terminado.

-Necesitarás divertirte. Si quieres paso por casa a recogerte para asistir a la fiesta de Susanne.

-Lo siento Mary, continuo bajo los efectos del jet lag y no sé si me apetece acudir a una fiesta. Voy camino de Cape Cod, a casa de mis abuelos en Hyannis -rehúyo su propuesta.

-Ok querida. La celebración es sólo a unos kilómetros de allí, en Craigville Beach. Estará todo el mundo y desean verte. Y tienes que seguir contándome… ¡Anímate, no te arrepentirás!

-Ok -accedo sin demasiado entusiasmo.

-A las 7 p.m. No lo olvides, querida. Vístete para arrasar.

Al llegar a Hyannis y abrir la puerta de casa un escalofrío sacude mi cuerpo al encontrarla a oscuras con sábanas blancas cubriendo los muebles. Los abuelos se han trasladado a Florida en busca de su sol y aguas cálidas para pasar una larga temporada. Abro las ventanas del salón y dejo que penetre la luz y la brisa del mar. Conecto el equipo de música y extraigo del bolso el cd de Grandes Éxitos de Van Morrison que Jaime me regaló en Londres y lo escucho tendida en el sofá. La música me traslada a sus abrazos, a los dulces y apasionados besos, y al olor a tabaco y whisky. Excitada recuerdo encuentros íntimos. Hace 48 horas que he gozado de sus caricias, su deseo, de sentirlo dentro de mí, y le extraño desesperadamente. Acaricio mi cuerpo como él hizo la última vez pero la excitación por sí sola no consigue llenar la necesidad de él. En la cocina descubro una tableta de chocolate belga, el favorito de la abuela, que devoro glotona y compulsivamente. El chocolate es mi mejor sucedáneo del sexo.

Pienso en la fiesta de Susanne y compruebo que en los armarios de Hyannis no hay nada adecuado para ponerme. Casi todo el vestuario de verano está en Beacon Hill. Lo llevé allí antes de partir rumbo a Europa. Iré al mall de la ciudad y compraré algo sencillo, Marc Jacobs quizás, o Miu Miu.

Telefoneo a mamá para comunicarle que pasaré la noche en Cape Cod. Se muestra encantada, me vendrá bien distraerme con las amigas. Ella y papá cenarán fuera, si les necesito sólo tengo que llamarles. Sólo necesito a Jaime y se encuentra a miles de kilómetros de USA. Y le deseo y necesito ya.

Escribir este diario me ayuda a aclarar las ideas. Ordeno la avalancha de emociones vividas las últimas semanas que exigen replantearme conductas y sentimientos que jamás imaginé que pudieran sucederme. Todo parecía tan sencillo y perfecto que nunca dudé que siempre sería así. Descubrir que la perfección era una impostura y el amor el encuentro apasionado de dos almas con dudas que se necesitan ha puesto patas arriba todo aquello en lo que creía. Existe el riesgo de que Maggie o, peor aún, mamá, descubran el diario y curioseen en él. Se sorprenderían”.

“Ha sido un tremendo error asistir a la fiesta. Sam se ha presentado y ha estado pesadísimo: pretendía que fuéramos a casa a hacer el amor. Dijo que no podía esperar un minuto más sin poseerme y por supuesto le contesté que jamás volveríamos a hacerlo. Me manoseó groseramente y tuve que contenerme para no abofetearle delante de todos. Hasta su llegada disfruté bailando y hablando con las amigas de los últimos cotilleos. Al comprobar que no conseguiría nada de mí, el muy imbécil trató de darme celos con Jane Cadwell, una chica de Nueva York que cursa estudios en el Boston College gracias a la fortuna y las influencias de su padre, Fiscal del Estado, pues su coeficiente intelectual es inferior al de una oveja. Mi indiferencia ante la estúpida estratagema le enfadó aún más y volvió a acosarme hasta que, oportunamente, Mary y Tony acudieron a rescatarme. El comportamiento de Sam es insoportable y su actitud reafirma mi amor por Jaime y desvela lo ciega que he estado estos años enamorada de un grosero y estúpido niñato. Siento un profundo rechazo hacia él. Iba puesto de cocaína hasta las cejas y actuó con enorme agresividad. Ha fastidiado mi regreso, el encuentro con los amigos y de continuar así destruirá también nuestra amistad. Abandoné la fiesta indignada y al salir coincidí con David Abraimovich, antiguo compañero de High School y hermano de Sara, que se ofreció amablemente a llevarme a casa.

-Gracias David, pero he venido en el coche.

-Sé que has roto con Sam… Te importaría que te llamase un día de estos…-sugirió con su timidez habitual. Le gusto desde que jugábamos de niños en la playa. Es un buen chico pero nunca me ha atraído. Le contesté que no  creía que fuera buena idea en estos momentos.

-Quizá más adelante… -insistió.

-Tal vez…-dije por amistad mientras subía al coche.

Eran las once y media de la noche y, pese a la contrariedad del encuentro con Sam, no me apetecía nada encerrarme en casa. Cambié de planes y me dirigí al Roobar de Hyannis en Main St, un animado bar de copas en el que se reúnen amigas del College. Suelo ir con asiduidad a su buen restaurante donde sirven una deliciosa cocina de fusión y por supuesto un magnífico marisco fresco, como en todo Cape Cod.

De camino Mary llamó al móvil:

-¿Dónde te escondes, querida? Sam está fuera de sí buscándote por todos lados y sobrepasándose con las chicas, ha tonteado incluso con Helene delante de su mismísimo marido. Deberías llamarle al orden, como amiga.

-Regreso a Hyannis. He abandonado la fiesta porque no le soportaba más. Lo lamento, no puedo hacer nada, Sam es mayor para saber cómo debe comportarse. Es asunto suyo -contesto molesta.

-Lo que tú digas, querida. Pero su conducta es penosa. Y el bobo de Tony no para de reírle las gracias. Confío sobrevivir a este par de pesados. Mañana nos vemos en la playa.

-Ok, Mary. Hasta mañana.

En Hyannis encuentro un grupo de amigas acompañadas por chicos que no conozco. Me uno a su animado grupo y hablamos de los buenos tiempos vividos de estudiantes y de amigos comunes a los que hemos perdido la pista, hasta que pasada la medianoche me despido. Insisten que les acompañe a bailar a una nueva discoteca en la playa, junto a uno de los faros pintados por Edward Hopper; les digo que estoy cansada y regreso a casa. La noche es cálida y bajo la capota del coche para contemplar el cielo despejado en el que brillan millones de estrellas que se confunden con las luces de la línea de costa. Al llegar a casa de los abuelos no me apetece dormir y salgo al jardín y me tumbo en una hamaca orientada con vistas al mar. Más allá de la línea del horizonte, pasados Kalmus Beach y el Estrecho de Nantucket, se extienden miles de millas de agua entre el Océano Atlántico e Inglaterra. En un par de horas amanecerá en Londres, Jaime estará dormido. Los dos últimos días he pensado más en qué hará él que en lo que voy a hacer yo a partir de mañana. Mi vida ha convulsionado y he de asimilar los cambios. Creo que mi incorporación a la empresa familiar es aún prematura, aunque soy consciente que no puedo defraudar a papá, sobre todo cuando ha pedido mi ayuda. Tampoco comparto su insistencia en recuperar mi relación con Sam, aun siendo solo amistosa. Si le conocieran como yo no insistirían. Estoy decidida a apostar por mi futuro junto a Jaime y cualquier proyecto del que él no forme parte no tiene sentido para mí. Sin embargo confieso que me preocupa mantener viva la llama de un amor separado por miles de kilómetros. Debemos hallar una solución.

Suena de nuevo el móvil. Observo el número en la pantalla esperando que sea Jaime. No es él, es Sam. No cojo la llamada. Vuelve a sonar y vuelvo a dejar que salte el buzón de voz… Después de más de una decena de llamadas lo desconecto.

Treinta minutos más tarde llaman al timbre de la entrada de casa. Miro por la cámara de seguridad: Sam pide que abra la puerta. Le digo que es tarde, que se marche. Mañana hablaremos. Insiste en que abra, que sólo serán unos minutos. Dice que me quiere. Desea disculparse por su estúpida conducta en la fiesta de Susanne Fairchild. De acuerdo, pero no es el momento. Llámame por la mañana y hablamos de ello. Afirma que se merece otro trato por mi parte. Lo estoy humillando. Que no crea que va a estar suplicándome toda la vida una nueva oportunidad. Espero que no. Que lo necesito más de lo que yo pueda imaginar. Vete a casa, Sam. No va a irse hasta que abra y le diga a los ojos que no le quiero. No voy a abrir. Te quiero como amigo y nada más. No piensa moverse de la entrada. Le digo que no servirá de nada. No puedes dejarme, insiste. Ya lo he hecho, respondo. No empeores las cosas, Sam. Te arrepentirás, me amenaza. No respondo. Eres un maldita zorra. No respondo. Si no es conmigo no será con nadie, vuelve a amenazar. No respondo. Golpea la puerta de entrada. No respondo. Oigo que se acerca el vigilante de seguridad y habla con él. Arranca el coche y se marcha”.

 

 

 


Madrid

 


 

 


Capítulo 20


l Believe to My Soul (Van Morrison)


-¡Levanta el ánimo, Jaky! Soy perro viejo y leo en el rostro las enfermedades del alma. La tuya es sencilla de diagnosticar: ausencia de la mujer amada o, en el mejor de los casos, encoñamiento -filosofa Rafael Casajuana al recoger el equipaje en el aeropuerto de Barajas tras el regreso de Londres-. El más grave es el enamoramiento, uno tarda más tiempo en reponerse y siempre conlleva sufrimiento. No me malinterpretes, prefiero verte encoñado a contemplarte en este estado. El remedio sería más rápido: sustituirla por otra. !Amigo, soluciona esa ecuación sentimental y sé el de antes¡ No has abierto la boca en todo el viaje. Por no hablar de tu huida cuando Julie te ofreció la compañía de una amiga. Raro, raro, raro...

-Rafael, necesito ayuda. Tu ayuda.

-No lo dudo. Pídeme lo que quieras menos dinero y salud. Ando escaso de ambas.

-Alguna vez te he escuchado que debías haber aceptado la oferta de un editor amigo para trabajar en Nueva York. ¿Mantienes aún contacto con él? -sondeo.

-Por supuesto, aunque ya es demasiado tarde para aventuras. Han pasado mis mejores días y tengo a todos mis enemigos aquí y son suficientes, te lo aseguro -sonríe.

-¿Podría ayudarme, si cruzo el Atlántico, a instalarme en Estados Unidos? -sugiero.

-Me preocupas, lo tuyo es peor de lo que temía. ¡Estás enamorado y encoñado! ¡Bueno, qué leches¡ Si la desesperación ha llegado a ese punto le llamaré y veré qué se puede hacer¡ La verdad es que envidio tu decisión. Déjalo en mis manos. Hablo con él y te digo algo.

-Muchas gracias, queda poca gente como tú -agradezco ilusionado.

-Y aún menos como tú, iluso Romeo. Mañana te veo por la redacción, hoy necesito tomarme el día libre. La estancia en Londres ha sido extenuante para un cincuentón como yo.

Rafael sube a un taxi y yo a otro que me deja en casa. Debo seleccionar el reportaje fotográfico de Londres y entregarlo esta misma tarde. Ensimismado, evito la charla del conductor, el ánimo no es el más indicado para soportar la conversación recurrente sobre meteorología del conductor, ni tampoco los problemas hipotecarios de sus hijas con el banco. Algunos taxistas de Madrid confunden su habitáculo de trabajo con la tertulia del bar. Por la misma tarifa te conducen a tu destino, comentan la actualidad política, económica y deportiva del día, se desahogan y si te descuidas te psicoanalizan. Los dicharacheros taxistas madrileños harían fortuna en Estados Unidos: los usuarios llegarían a su destino psicoanalizados por el mismo precio de la carrera sin tener que acudir al diván de los psiquiatras. Pero hoy no estoy para terapias. Como dice Marta `Dinamita´, la secretaria de Nómadas, cuando no se encuentra de buen humor: `hoy no tengo el chichi para ruidos´.

El taxi se detiene a la puerta de casa y experimento ese sentimiento contradictorio del marinero que regresa al hogar: alegría de reencontrarme con mi pequeño mundo doméstico y nostalgia por lo que dejo atrás.

El buzón del correo rebosa correspondencia de bancos y folletos publicitarios, y el contestador telefónico saturado de mensajes, algunos de ellos de quince días atrás. Nada que no pueda esperar, a excepción de una llamada de la Galería de Arte Velázquez en la que me comunican que han aceptado montar la exposición monográfica con los retratos de mi colección Mujeres del Mundo. Más de una década de trabajo con rostros de mujeres de todos los continentes, razas y religiones. Llamo a la galería y acordamos realizarla en otoño. En un mes cerraremos la lista definitiva de obras que se expondrán. Mi suerte está cambiando. Conecto el portátil y trabajo en el reportaje de Londres. En la calle el paisaje es desértico y desolador: cuarenta grados centígrados queman el asfalto de Madrid y la mayoría de la población ha huido de vacaciones hacia la costa o la montaña en busca del refrescante mar o de la vegetación.

A mediodía no soporto más la canícula veraniega y hago una pausa para acercarme a la piscina próxima a casa. El agua fría de la pileta olímpica ejerce de bálsamo contra el sofocante calor ambiental y los cuerpos de las chicas al sol me rescatan del ensimismamiento y elevan el nivel de testosterona. Me sumerjo y braceo por espacio de veinte minutos hasta que interrumpo el baño al sentir un calambre en el gemelo de la pierna izquierda que me deja totalmente cojo. Nunca he sido deportista. Salgo del agua arrastrándome como un delfín varado en la playa e intento inútilmente hacer estiramientos. Los gestos de dolor conmueven a la socorrista, que se acerca alarmada por mi ostensible cojera.

-¿Necesitas ayuda? -se ofrece angelicalmente la joven sirena digna de ser compañera de reparto de Pamela Anderson en el telefilme Las chicas de la playa.

-Me temo que sí. No puedo mover la pierna izquierda -suplico con el rostro mitad compungido por el dolor, mitad maravillado por su cuerpazo.

-Tranquilo, será un pequeño tirón muscular -diagnostica.

-¿Es grave? -imploro quejumbroso e hipocondríaco.

-No lo parece. Te daré un masaje y confiemos que recuperes la movilidad.

Caigo sobre la toalla y, tras cubrir la pierna de crema, sus manos comienzan a acariciarla suavemente. El dolor remite milagrosamente aunque empieza a preocuparme el tamaño creciente que va adoptando mi entrepierna. La situación es ridícula y embarazosa, la socorrista pensará que ayuda a un salido o depravado sexual. Trato de imaginarme en escenarios horribles como los actores al preparar un papel dramático, pero allí están sus turgentes pechos oscilando de un lado a otro recordándome que la vida es bella. Sus hábiles manos ascienden por el quadriceps y abductor y la erección es ya incontenible, evidente y vergonzante.

-Es suficiente. ¡Me he recuperado! -digo incorporándome para disimular el abultamiento del bañador.

-Es un leve tirón. La próxima vez, antes de nadar, realiza estiramientos durante tres o cuatro minutos para calentar los músculos. Tienes la musculatura muy rígida. Deberías practicar deporte regularmente. Pero sobrevivirás -sonríe abiertamente.

-Muchas gracias…

-Consuelo, mi nombre es Consuelo -se presenta.

-Un nombre muy apropiado. Tienes manos milagrosas.

-Estudio fisioterapia y en verano aprovecho para ganar dinero extra como socorrista.

-Te auguro un gran futuro como masajista. Me has dejado nuevo.

-Si necesitas algo de mí…

-Perdona, mi nombre es Jaime.

-Ya sabes Jaime, si me necesitas llámame -me ofrece una tarjeta con su dirección y teléfono.

-Lo haré. Muchas gracias, Consuelo.

-Ha sido un placer…

-Lo mismo digo. No te entretengo más -me despido tras unos segundos de vacilación en los que digo adiós a sus habilidosas manos, sus hermosos pechos, su bella sonrisa y su simpatía.

Descubro que Rafael tiene razón. Algo ha cambiado en mí. Antes de conocer a Sophia no habría desaparecido de mi vista tan rápidamente una chica como Consuelo.

Por la tarde acudo a la redacción de la revista Nómadas. Entre el tórrido calor vespertino del verano madrileño y las vacaciones, los pocos compañeros que ocupan sus puestos de trabajo sobrellevan las horas con la más absoluta desidia, contando las jornadas que les quedan para disfrutar de sus días de descanso. Afortunadamente está Marta Dinamita que me recibe con su habitual alegría, efusividad y cariño.

-¡Bienvenido al planeta de los esclavos! Te comportas como un agente secreto: viajas de un país a otro y estás siempre ilocalizable. Te he llamado al teléfono de casa, al móvil y siempre salta el contestador o el buzón de voz. Y cuando pregunto por ti, unos dicen que has ido a Londres y otros que te ha surgido un imprevisto familiar. Me tenías en vilo. ¿No habrás olvidado que mañana es mi cumpleaños?

-Claro que no, Marta. Te he traído un regalo de Londres -miento por partida doble, puesto que he olvidado su aniversario y tampoco le he comprado nada.

-Cuento contigo para la fiesta de mañana noche en casa. Seremos un pequeño grupo de amigos. Así me haces un poco de caso. Últimamente estás muy escurridizo.

-¿A qué hora?

-Depende si acudes de amigo o de artista invitado -ofrece con su habitual ironía y desparpajo.

-¿Cuál es la diferencia?

-El amigo llega una hora antes de la fiesta y ayuda en los preparativos, el artista invitado se deja caer de la diez en adelante con una botella de vino y su única misión es ser agradable y disfrutar.

-Temo que iré de artista invitado. Mañana voy a casa de mi madre y no creo que regrese antes de la diez. Prometo compensarte. Llevaré dos botellas de un Ribera de Duero excelente y algo de picar -me disculpo.

-Parole, parole, parole…

-¿Está Alejandra?

-Anda reunida con el boss. Regresará en unos minutos. No la soporta y siempre la despacha rápidamente.

-Sigues adorando a Alejandra -sonrío con el malévolo comentario sobre la relación del director general con la directora de Nómadas. Toda la editorial está al corriente de las diferencias entre ambos, ya que ella aspira a dirigir la joya de la empresa, Celebrities, y el boss considera que han pasado sus mejores días como directora.

-¿Cómo quieres que aprecie a una directora que me paga el mismo mísero salario desde hace cuatro años y pide las cosas a gritos como si fuera su sierva? Es una egoísta y una histérica.

-Bueno, esperaré ojeando el correo electrónico.

Unos minutos más tarde escucho a mis espaldas unos tacones resonando fuertes y enérgicos que se acercan. Es el tam tam de guerra que anuncia la llegada de Alejandra.

-¿Qué tal la operación de tu padre? -me sorprende.

-Mi padre murió hace diez años.

-¿Entonces era tu madre?

-¿Qué sucede con mi madre? -respondo preocupado.

-¡Si no lo sabes tú no lo voy a saber yo¡ Rafael dijo que tenían que operarla urgentemente y que luego os encontraríais en Londres.

-Al final resultó ser una falsa alarma. Estuvo un par de días hospitalizada y para casa -reacciono al comprender el enredo de Rafael Casajuana por encubrir mi precipitada huida a Londres.

-Mejor así. Enséñame las fotografías…

-Hay un poco de todo: paisajes, personas, monumentos, calle, casas victorianas y modernas, pubs, tiendas, restaurantes…

-Bien, bien… Hay muchas más de interior que de exterior…

-Sí, no tuvimos demasiada suerte con el tiempo. Hizo un par de días soleados y el resto se estropeó. Ya sabes que la climatología en Londres es como jugar a la ruleta rusa -me excuso.

-Pueden salir diez buenas páginas. Lo que no encuentro es una portada clara. Ya veremos -continua.

Pese a no ser uno de los mejores días de Alejandra, mujer inestable y ciclotímica, intento solucionar el viaje a Miami.

-¿Qué tal tus hijos? -busco su lado emocional.

-Cuando estoy en casa con ellos me digo: Alejandra deberías haberte hecho una ligadura de trompas.

-¡Qué exagerada eres¡ Si los adoras…-río con su comentario.

-Si no fuera por ellos y por esta endiablada revista sería una mujer feliz- prosigue pese a ser consciente que la realidad es justamente al contrario: sus hijos y la revista son el motor de su vida.

-Deseaba comentarte el viaje a Miami…-dejo caer.

-Debemos ponerlo en marcha cuanto antes. Quiero que sea el siguiente destino de portada. El texto lo ha escrito un gran periodista americano. Léelo y planificas el viaje mientras terminas el trabajo pendiente. ¿Cuándo podrás  ir a Miami?

-En una semana más o menos -afirmo satisfecho.

-Perfecto. Habla con Marta para que reserve los billetes de avión y el hotel y te pones en marcha.

Feliz, abro el ordenador para comunicar a Sophia la buena noticia de que nos reencontraremos antes de lo previsto. La animará. En nuestra última conversación percibí su tristeza y preocupación. Le escribo un breve e ilusionado correo electrónico:

“Hola amor, ¡Buenas noticias! He conseguido adelantar el viaje a Miami, probablemente iré en una semana. Te lo confirmo en breve. También le doy vueltas a nuevos proyectos que pongan fin a esta frustrante separación. De momento es una posibilidad, sería fantástico. !Deseo verte¡ Te quiero. Jaime”

 

 

Boston

Capítulo 21


Wild Night (Van Morrison)


“Ha sido una noche de perros. Sam se marchó y me fue imposible conciliar el sueño, nerviosa y asustada por sus terribles insultos y amenazas. Se comportó como un salvaje. Nunca había sido tan agresivo y despectivo conmigo. ¿Por qué tanta ira en una persona educada y religiosa como él? No merezco este trato. Anoche estaba fuera de sí, perdió el control. De madrugada volví a recibir innumerables llamadas telefónicas de Sam insultándome. Apagué el móvil.

Me tranquilizo al abrir el correo electrónico y leer un e-mail de Jaime. Escribe que me quiere y no soporta esta separación dolorosa; lloro de alegría al anunciar que nos veremos en una semana. De nuevo juntos, es maravilloso. Deseo decirle tantas cosas… Dice que pondrá fin a la distancia entre ambos. Estoy impaciente por conocer de qué se trata. Marco su número. No lo coge, son las cinco de la tarde en Europa. La diferencia horaria es un fastidio: cuando aquí es de día allá es de noche y cuando él trabaja yo duermo. ¿Dónde estará? ¿Continuará en Londres o habrá regresado a España? Desearía poder ver lo que hace a través de una de esas bolas de cristal que poseen los magos de los cuentos.

La mañana es soleada y bajo a leer a la playa. Los niños corretean por la arena con sus pequeños gorritos multicolores que les protegen del sol, juegan con tablas de surf o se bañan cerca de la orilla vigilados por las miradas de las madres; ellas broncean los cuerpos tumbadas en hamacas con el cabello recogido bajo amplias pamelas de paja; los adolescentes coquetean, practican voley playa, hacen footing o nadan; las parejas de enamorados se besan ajenos al resto de veraneantes y los ancianos contemplan el horizonte sentados en sillas. Todos disfrutan de la vida, de su edad, de su momento, y sólo yo permanezco inmóvil, observándoles. Ajena al momento, a mi vida; una extraña emoción que jamás había experimentado. Saludo a vecinos y conocidos como quien observa fantasmas del pasado y me alejo en busca de un lugar solitario y tranquilo, alejado de la vida.

La fiesta de Susanne Fairchild debió prolongarse hasta muy tarde: aún no ha aparecido por la playa ninguna amiga. Ensimismada por la lectura, la calidez de sol y la suave brisa descubro sobresaltada a mis espaldas la silueta de Sam:

-Hola cielo, perdona el comportamiento de anoche. Actué como un patán y dije demasiadas estupideces que, por supuesto, no pienso. No sé qué me sucedió. Por favor, olvídalo.

-Me asustaste, Sam. Nunca hubiera imaginado que llegarías a acosarme e insultarme de forma tan cruel y violenta. Creía conocerte y hemos discutido  a veces, pero las acusaciones de la pasada noche superaron los límites de lo soportable. Me llamaste zorra y proferiste amenazas terribles. He procurado que siguiéramos siendo amigos pero no permitiré una ofensa más. Será mejor que dejemos de vernos un tiempo -expongo con firmeza.

-Te quiero, cielo. Juro ante la Biblia que no hay ni habrá nadie más que tú en mi corazón. Comprende el enfado, rompiste nuestro compromiso y la maldita crisis financiera ha debilitado mi credibilidad profesional: los inversores me culpan de las pérdidas olvidando que les hice ganar millones de dólares. Son como ratas que abandonan el barco ante las primeras dificultades que surgen. No puedes actuar como ellos y dejarme por cometer un error. Nos enseñaron a perdonar. Eres mi vida y nuestro amor está por encima de puntuales equivocaciones -suplica abatido.

-No insistas Sam. No hay vuelta atrás. Es lo mejor para ambos.

-Perdóname, cielo. ¿Has olvidado todo lo vivido juntos? No llevas la alianza que te regalé -observa enfadado.

-De eso hace ya tiempo. Espera -le pido dirigiéndome a casa en busca del anillo de compromiso para devolvérselo.

Regreso nerviosa hasta casa de los abuelos, subo al dormitorio, cojo la alianza y cuando me dispongo a volver a la playa para entregárselo encuentro a Sam en el salón. Le entrego el anillo y de un manotazo lo lanza contra el suelo. ¡No puedes romper nuestro compromiso¡ -protesta airado-. Terminó el día que me traicionaste con Sally Hunter, le recuerdo. No lo permitiré, me arrastra hacia el sofá. Trato de soltarme de sus brazos, no lo consigo. Le suplico que me suelte. Me acosa y arranca el sujetador del bikini. Grito y me tapa la boca con las manos. ¡No me dejarás, no me dejarás, eres mía¡ repite como poseído. Destroza las braguitas… lloro, trato de zafarme y le araño la cara. Me abofetea. Grito. Me inmoviliza y no puedo evitarlo… Me fuerza, me penetra y al saciar su deseo repite fuera de sí ¡no me dejarás! y se marcha dejándome humillada, llorando de rabia e impotencia.

Vergüenza, odio, desprecio, náuseas… Sucia, ultrajada, angustiada, violada. Voy al baño y enjabono con fuerza y furia el cuerpo para que el agua limpie cada uno de los poros de la piel, pero no logro desprenderme de la terrible suciedad de lo sucedido. Lloro indignada, desconsolada. Ha sido tan rápido y deshonroso que aún dudo que sea real. Una pesadilla, no es posible. Mi mejor amigo, mi prometido hasta hace unas semanas... Estoy confusa. Me ha  violado. ¿Debo llamar a la policía y denunciarlo? Dirá que es mi novio, posee importantes contactos que utilizará para evitar que prospere la denuncia. Será un gran escándalo social y más si se publica en la prensa. Conseguirán que me sienta avergonzada y culpable. No puedo dejar que quede impune. Marco el número de teléfono de la Policía de Hyannis.

Declaro ante los agentes, acudo al hospital y pongo la correspondiente denuncia. Monto en el coche y regreso a Boston. Intento que nadie me vea en tan lamentables condiciones. Quiero llegar cuanto antes a casa. Por la carretera una patrulla de tráfico me da el alto. Exceso de velocidad. Me obligan a pasar la prueba de alcoholemia y dejan que continúe tras dar negativo y ponerme una sanción. El regreso a Boston se hace interminable hasta que por fin llego a casa. Papá y mamá están fuera. Maggie también. Subo a mi habitación y cierro la puerta por dentro. Necesito desahogarme. Vuelvo a llorar. Me siento en el escritorio y envío un mail desesperado a Jaime. No aguanto más, quiero huir con él. No debe enterarse de lo ocurrido. No volveré a separarme de Jaime.

“Amor necesito estar junto a ti. En España o donde quieras, pero sácame de aquí. No soporto tu ausencia. Es horrible. Si supieras lo que te echo de menos… Las horas son eternas desde que volví a USA. No encuentro mi lugar ni en mi propio hogar. Asistí a una fiesta con las amigas y por primera vez me sentí extraña entre ellas, fuera de lugar. Mi cuerpo estaba allí pero el corazón volaba a miles de kilómetros junto a ti. Soy una reclusa que cuenta los días que le faltan para ser liberada. Sólo contigo me siento libre. Por favor, llévame contigo. Te quiero. Llámame. Sophia.”

De madrugada regreso de la fiesta de cumpleaños de Marta. Fui a unos grandes almacenes y compré un CD de Amy Winehouse, Marta es fan incondicional de la cantante británica y le ha encantado el regalo. La celebración ha sido tal y como la temía; acudimos una decena de personas que apenas nos conocemos y la cena resultó agradable aunque algo desangelada. Al llegar una hora prudencial anuncié que me iba y, pese la insistencia de Marta por que me quedara, alegué que el día siguiente tenía mucho trabajo.

Al otro lado del Atlántico cae la tarde. Abro el portátil y leo el emotivo y alarmante email de Sophia. Emocionado por sus sentimientos y por el deseo de vivir juntos e impotente por no poder ir inmediatamente en su auxilio. Sus palabras revelan una gran desesperación. Confiaba que el mensaje anunciándole el adelanto del viaje a Miami la hubiera alegrado y tranquilizado. No ha sido así. La llamo al móvil y espero impaciente oír su voz.

-Hola amor. ¿Dónde estabas? He llamado repetidas veces y salta siempre el buzón -escucho su voz, ahora entrecortada y frágil, con tono triste.

-Lo siento. ¿Qué sucede Sophia? ¿Has recibido el email donde adelanto el viaje a Miami para dentro de una semana?

-Sí, lo recibí, es fantástico. Me he agobiado. No sabes cómo necesito tu compañía. No soporto más esta situación. Tenemos que estar juntos. Estoy decidida a irme a Madrid contigo, si tú quieres…

-De eso quería hablarte. Existe la posibilidad que sea yo quien me desplace a vivir a Nueva York. Sería la mejor solución. Aún debo realizar unos contactos -trato de animarla.

-Genial, Jaime. Hazlos rápido. ¡No lo soporto...!

-¿Problemas con tus padres? -pregunto preocupado.

-Con todo mi mundo. Es como si de la noche a la mañana hubiera cambiado el orden de las piezas del rompecabezas de mi vida. Nada es como antes. Ni siquiera sé si yo soy la misma. Todo lo que hasta hace un par de meses parecía ser un mundo perfecto se ha derrumbado. Mis padres pretenden que siga los pasos que siempre han soñado para mí, sin importarles si eso me hace o no feliz, mis amigas sólo parecen preocuparse de que su figura sea ideal, y yo no sé cuál es mi lugar en este círculo social gobernado por la hipocresía y la mentira. Mi mundo se derrumba Jaime, siento que ya no pertenezco a él. Te necesito.

-Tranquilízate, amor, pronto volverá a encajar todo. Los cambios no son nunca fáciles. Intenta distraerte y cuando te agobies llámame. Para ti estoy disponible las 24 horas como un drugstorte -trato de rebajar su angustia-. Te quiero, mi bella americana. Una semana más y estaremos juntos.

-Será una semana larguísima. Te quiero Jaime.

-Hasta pronto, amor.

La semana siguiente nos comunicamos diariamente por email y móvil para hacer más corta la espera y sobrellevar la ansiedad antes del reencuentro. La animo asegurándole que en unos días volveremos a estar juntos y habrán acabado los problemas, aunque en mi interior persisten las dudas de cómo reaccionará su familia. Sospechas que se confirman dos días más tarde cuando revela a sus padres el deseo de pasar siete días conmigo en Miami y éstos tratan de disuadirla por todos los medios. Le recriminan lanzarse a los brazos de un hombre al que no conoce y con el que sólo ha vivido una aventura pasajera. Por no mencionar que la relación puede poner en peligro su brillante futuro y desviarla de su verdadera meta, que no debe ser otra que dedicarle toda su atención a la compañía familiar.

A este lado del Atlántico asisto impotente como ella me relata a diario la evolución de los desencuentros con sus padres. Finalmente acceden que viaje a Miami cuando les confiesa que está dispuesta a venirse a vivir a Madrid conmigo. No lo aprueban, pero Florida debe parecerles un mal menor ante la posibilidad de que su hija se marche a Europa.

Sé que Sophia es la mujer de mi vida. Someone Like You, “Alguien como tú, exactamente como tu…” canta Van Morrison en una de mis canciones preferidas. Una canción hecha a la medida de ella. Estoy dispuesto a emprender una nueva vida juntos donde sea. Quizá en Nueva York.

Rafael Casajuana ha cumplido su palabra y el amigo en la Gran Manzana le ha asegurado que hará todo lo posible para iniciarme en la industria editorial americana. El propio Rafael viajará también a la ciudad de los rascacielos con  objeto de  conocer, por fin, a su hija. Ha llegado el momento de mirar hacia el futuro, un futuro junto a Sophia.

Revelo a los amigos el inminente traslado a América, que reciben con sorpresa al desconocer la relación con Sophia. Alejandra me ofrece colaborar con Nómadas desde América y acepto encantado continuar vinculado a la revista en la que he trabajado los últimos diez años. La suerte, por fin, está de mi lado. A la única persona que no tengo valor para explicarle mis proyectos es a mi madre. Dada su avanzada edad prefiero dejarlo para cuando la marcha sea definitiva.

Mañana vuelo a Miami. Vivo las horas con inquietud y felicidad.  Felicidad por volverla a ver.

 

 


 

Parte Cuarta



América

 

 

 


 


Miami

 

 


Capítulo 22

Precious Time (Van Morrison)

¡Sam, soluciona este caos antes que se agrave más! Me preocupa escucharte que está bajo control cuando los abogados alertan de lo contrario.

-¿Entiendo Albert que te refieres al descubierto de la inmobiliaria y las inversiones en Access International con Bernard Madoff?

-Por supuesto, Sam. Peligra el patrimonio de mi familia por seguir tus ambiciosos consejos de expansión desmedida que pretendían alcanzar utópicos beneficios invirtiendo en unos fondos cuyo capital se ha esfumado de la noche al día. ¿Qué otra cosa podría preocuparme estos días de crisis?

-Sophia. Te advertí que no era el mejor momento para que os acompañara al viaje por Europa. Ha regresado enrabietada como una niña y no responde a mis llamadas.

-La culpa es tuya por comportarte como un auténtico imbécil. Recuerda que es mi hija. Convéncela de que no volverá a suceder. Nancy y yo hacemos todo lo que podemos y nos tendrás de tu lado siempre que no le hagas daño. Dale tiempo y recapacitará. Es impulsiva pero sé que elegirá lo más conveniente para ella y para la familia.

-Albert, sin el capital de Sophia nunca resolveremos los problemas financieros. Depositaste a su nombre una fortuna en la cuenta offshore en Niue y esa cantidad es imprescindible para obtener liquidez. Sin su firma estás perdido.

-Ese capital lo heredó de mi padre. Cuando llegue el momento hablaré con ella.

Fuiste tú quien aconsejó que lo hiciera así para pagar menos impuestos y salvaguardar su dinero. Ahora céntrate en minimizar las pérdidas de los fondos de inversión antes que sea demasiado tarde.

-Dedico todo mi tiempo y esfuerzo pero la caída de las hipotecas subprime y la quiebra de Merrill Lynch los ha dejado sin valor y dificulta encontrar nuevos inversionistas para la inmobiliaria. El dinero se ha vuelto muy conservador. He tratado de renegociar la deuda sin éxito. Los acreedores nos acosan, Albert, y debes reservar fondos en previsión de futuras demandas. Estoy hasta el cuello y ni siquiera cuento con los respiraderos que suponen las cuentas en paraísos fiscales.

-No me alarman sólo las pérdidas, Sam. Si los investigadores del Fisco indagan en las cuentas de la compañía me imputarán delitos que pueden llevarme a la cárcel. Tu licenciatura en Harward con excelentes calificaciones y las influencias de tu familia han de servir en estos momentos de crisis. Deposité toda mi  confianza en ti como mano derecha y asesor durante los últimos cuatro años. Encuentra la manera de sacarme de este atolladero. Si la compañía se hunde no me iré a pique solo.  ¿Comprendes lo que quiero decir?

-Albert no pierdas los nervios, hemos de mantener la calma. Confía en mi. ¿Quién te ayudó a ganar más de diez millones de dólares los dos últimos años? ¿Quién podía pensar hace seis meses que todo estallaría como una gran  burbuja? ¿Quién podía imaginar que Bernard Madoff, uno de los fundadores y ex presidente del NASDAQ cometería un gigantesco fraude? En situaciones de crisis como ésta hay que conservar la mente fría y no caer en el pánico. La Reserva Federal nos socorrerá. No puede permitir que el sistema financiero americano entre en quiebra, supondría el caos y el hundimiento de la economía del país. Cree en mí, fuentes del Congreso y del Senado aseguran que están presionando al Gobierno para que inyecte capital público en el sistema para reflotar la economía. A nadie le interesa otro crack como el de 1929.

-Mantenme informado de cualquier cambio. No olvides Sam que los dos nos jugamos el futuro.

Tras sobrevolar doce interminables horas las guas del océano Atlántico el Boeing 747 se aproxima a la rectilínea costa de Florida moldeada por infinitas playas de arena blanca. El avión inicia la aproximación al Aeropuerto Internacional de Miami dejando atrás la zona pantanosa del Everglades National Park, una enorme área de jungla subtropical poblada de manglares, caimanes y otras especies salvajes que el creador puso en estas tierras vírgenes. Desde la aeronave impresiona el contraste de las ciénagas, que cruzamos a escasos centenares de metros del suelo, con las calles de manzanas rectangulares y casas bajas que se contemplan a vista de pájaro al aproximarnos al aeropuerto de Miami. La ciudad se acrecienta a medida que nos acercamos a la pista de aterrizaje y el Boeing 747 desciende suavemente sobre la superficie de Florida, el Nuevo Mundo. Excitado e impaciente espero que se abra la puerta de la cabina para acceder al finger y correr a recoger la maleta.

En la terminal de llegadas indico a la taxista, una mujer morena de origen cubano, que me traslade al Hotel Standard de Island Avenue, en Miami Beach. Me lo recomendó Rafael Casajuana como lugar perfecto para pasar unos días tranquilos y románticos. El estilo vanguardista y cool le han convertido en el hotel preferido de jóvenes profesionales y artistas. Un cuatro estrellas que no admite menores de 14 años y se encuentra en una zona aislada y residencial al este del Venetian Causeway, desde donde se puede caminar hasta South Beach en pocos minutos. Una decena de palmeras, distintivo tropical de la ciudad, acicalan la moderna fachada cúbica decorada con columnas ocre sobre fondo blanco. El interior es el de los clásicos moteles americanos de dos plantas, con habitaciones comunicadas por un pasillo exterior alargado con barandilla. Las habitaciones poseen vistas a la espléndida piscina infinita en forma de ameba que se asoma sobre Biscayne Bay, ideal para tomar el sol o zambullirte y combatir el calor y humedad de Miami.

Cruzo la puerta de la elegante y minimalista habitación, en tonos blancos y madera, situada en la primera planta. Frente a la cama hay un pequeño sofá verde de algodón, una mesa y dos sillas de madera de bello diseño. A un lado del dormitorio se encuentra el pequeño, moderno y completo baño, y al otro el mueble bar y un armario. Un cuadro pop, una pantalla de tv de plasma y el equipo de sonido completan el mobiliario.

Deshago la maleta y ducho para refrescarme. La una de la tarde. El vuelo de Sophia procedente de Boston no llega hasta las siete. Desciendo a la planta baja y tomo un aperitivo en el bar de la piscina. Desde la barra contemplo, al otro lado de la bahía, las embarcaciones varadas en los pequeños amarres de mansiones espléndidas pertenecientes a empresarios millonarios y figuras de la música y el espectáculo internacional. Las empresas turísticas ofrecen un recorrido en barco que pasa junto a esas lujosas residencias de famosos.

Descanso en un sillón al sol con un Bloody Mary en la mano, uno de esos momentos de paz cercano a la felicidad. Sólo falta Sophia. Pronto estaremos juntos.

No olvido que también he viajado a Miami para fotografiar la ciudad y treinta minutos más tarde cargo la mochila a la espalda y salgo a la calle con la cámara en busca de localizaciones. Observo el plano de la ciudad y camino por Miami Beach en dirección a South Beach por Dade Bulevard y Alton Road hasta llegar a la zona comercial de Lincoln Road. Ahí comienza el Miami del glamour con los escaparates de las tiendas más lujosas de moda, decoración, arte, música; restaurantes y cafeterías a las que acude gente guapa y hoteles de diseño con reminiscencias de los años cincuenta del pasado siglo. Aquí se respira el ambiente más comercial y de ocio que se extiende luego a las playas, se prolonga por la noche en las discotecas y continua al día siguiente como una rueda que no deja de girar. En Miami Beach no existe el estrés ni la prisa, el tiempo se dilata y el principal quehacer reside en disfrutar del relax y el entretenimiento. Proliferan los turistas, los jubilados y profesionales afortunados cuyas mañanas discurren en trabajos bien remunerados y dedican las noches al placer de vivir. South Beach es un pequeño paraíso creado para días de playa, alojamiento en hoteles de lujo, almuerzos en cafeterías de moda, compras de diseño, relax y fiestas nocturnas. Un edén de acaudalados del comercio, los negocios y las finanzas, productores, modelos, actores, soñadores y vividores con American Express, MasterCard o Visa Wizink. Las oficinas y la rutina se concentran en distritos de la ciudad como el Downtown o el Desing District.

Las palmeras, que se extienden por toda la ciudad, se alzan hacia el cielo azul a modo de parasoles que ofrecen pequeños oasis de sombra. A estas horas de la tarde el sol cae implacable y las calles están concurridas por gente que va y viene a las playas, almuerzan en las terrazas o curiosean en los escaparates. Este lado turístico de la ciudad rebosa color, dinamismo y alegría. Miami es posiblemente la ciudad más latina de Estados Unidos por sus costumbres, gastronomía y lengua. Me siento como en casa. Descubro Washington Avenue, Collins Avenue y la maravillosa Ocean Drive con sus bellos hoteles de tonos pastel del Art Deco Historic District. Pasear por sus calles es sumergirte en una película de los años 50 en la que uno es un actor secundario más. Sólo falta la chica. Por un instante percibo una turbadora sensación de irrealidad, como si no acabara de creer que, por fin, voy a reencontrarme con la chica de mi vida. Tal vez arrastre aún rémoras del pasado fracaso matrimonial y de los últimos meses de indolencia. Imposible resetear mi vida para borrar el pasado y reiniciarla como en un disco duro. El pasado deja sus marcas y permanece siempre al acecho para que no olvidemos lo que fuimos. Cuando has sufrido un largo periodo de penalidades llega un momento en el que acabas aceptándolas como algo normal, de la misma manera que nos habituamos a disfrutar de los buenos momentos creyendo que van a durar eternamente.

Entro en una joyería para comprar un regalo a Sofía. En una de las vitrinas ha llamado mi atención un colgante de plata con un bello símbolo geométrico que me intriga: un triángulo equilátero con el vértice señalando al lado izquierdo, un pequeño rombo en su base y una línea que parte del vértice superior hacia la derecha hasta la mitad de un lado. Una joven dependienta, elegante y de mirada inteligente, se aproxima y me explica que el dibujo es un talismán de amor vikingo que el hombre regalaba a la mujer que pretendía y ésta solía usarlo de colgante o lo grababa en los objetos que utilizaba. Le pido que lo envuelva para regalo. Es justo lo que buscaba: una señal de amor. Un pequeño detalle que le recuerde a diario mi amor por ella.

Regreso al hotel, me doy una ducha fría y espero impaciente su llegada tomando una cerveza junto a la piscina.

A las siete y veinte de la tarde me sobresalta una llamada al móvil. Es Sophia que acaba de aterrizar y anuncia que en cuarenta minutos llegará al hotel. Excitado por recibirla, minutos después acudo a la entrada del hotel a esperarla. La llegada de un nuevo taxi desencadena nuevas taquicardias, seis hasta que, por fin, distingo su bello rostro en el interior del vehículo de color amarillo que se detiene. Me arrojo impaciente a besarla, abrazarla, tocarla. Ríe abiertamente. Está bellísima vestida de blanco marfil. Hay mujeres guapas, bellas, apuestas, elegantes, estupendas, hermosas, divinas… y mujeres como ella para la que no existe adjetivo calificativo que le haga justicia. El servicio del hotel recoge las dos enormes maletas y subimos volando a la habitación por las escaleras sin soltar nuestras manos, incapaces de esperar unos segundos la llegada del ascensor. En la habitación nos lanzamos desesperadamente sobre la cama para amarnos agónicamente como si hubieran sonado las trompetas del Apocalipsis anunciando el fin del mundo. Besos, caricias, deseo, pasión y amor. Llama el botones a la puerta anunciando que trae el equipaje de Sophia y nuestros cuerpos se desean acompasados; le indico que las deje en el pasillo. El tiempo se detiene, soy feliz. Plenamente feliz.

Nos amamos y hacemos planes de futuro. Sophia está decidida a acompañarme allá donde vaya para iniciar una vida juntos. Acordamos que regrese a Boston en unos días y comunique a sus padres que vendrá conmigo a Madrid durante un tiempo hasta que podamos instalarnos en Nueva York. Doy por segura una fuerte oposición de los padres pero no les quedará más remedio que aceptar: es decidida y testaruda. Lo plantea como única opción y accedo encantado. Si no forzamos los acontecimientos nunca viviremos juntos. Los próximos días mantendrá contacto con sus padres, como les había prometido al salir de Boston, y les informará de nuestra determinación.

De madrugada despierto descubriendo a una Sophia hambrienta que vacía el mini bar de frutos secos y chocolatinas hasta que a las ocho de la mañana desayunamos en el restaurante del hotel. Se nos olvidó cenar. Regresamos a la habitación y volvemos a amarnos. Más tarde salimos a pasear por las playas de South Beach hasta detenernos en la que se encuentra detrás de la bella fachada neo-decó en tonos pistacho del Pelican Hotel. Disfrutamos de una soleada mañana en la arena y de las cálidas aguas del Océano Atlántico en estas latitudes. El Paraíso, si existe, debe parecerse mucho a esto. A mediodía almorzamos en el News Café de Ocean Drive y caminamos abrazados hasta el hotel Standard. Sofía ha descubierto el placer de la siesta y yo el de gozarla junto a ella.

Con la luz diáfana y suave de la tarde me echo al hombro las cámaras fotográficas y recorremos juntos Miami Beach. Ese es el mejor momento del día para reflejar la belleza de la ciudad. Disparo una y otra vez el objetivo mientras ella me desvela la historia del lugar fotografiado. No imagino mejor compañía para conocer los más bellos rincones de la ciudad. Horas felices captando los mejores ángulos de edificios, playas y gente que pasea y vive. Mujeres y hombres de cuerpos que el sol ha bronceado y el gimnasio ha esculpido junto a otros modelados por la habilidad de expertos cirujanos plásticos. En esta seductora feria de las vanidades, de la belleza y de la riqueza, busco el contraste del infierno social, un mendigo o indigente que sobreviva en este oasis paradisíaco, pero no lo hallo. Sophia asegura que los hay pero raramente en este lado de Miami. Todo paraíso encierra una cara oscura y oculta. South Beach es el rostro agradable y burgués de la ciudad.

Al caer la noche atravesamos el elegante vestíbulo del Hotel Delano con elevadas columnas y cortinas blancas, suelo de parqué y mobiliario refinado, iluminado por grandes pantallas de algodón que cuelgan del techo creando una atmósfera sofisticada y vintage. Accedemos al restaurante Blue Door, espacio gastronómico ecléctico formado por el bar y el salón comedor, dominados por el azul marino de las cortinas, el metacrilato en sillas de inspiración clásica y paredes y las tonalidades cremas de los manteles de las mesas. El menú, elegido por Sophia, responde a una deliciosa fusión de cocina francesa, elementos asiáticos y latinos. Fascinado por el escenario y la comida, disfruto la velada experimentando sabores y sensaciones inéditas para mí. Creo estar viviendo un hermoso sueño en un escenario digno de un set cinematográfico del Hollywood de los años cuarenta. Pura fantasía y glamour. En esos instantes de duda alargo los dedos en busca del calor de su mano y la siento a ella y a la vida. Cenamos, conversamos y, sobre todo, buscamos la mirada del otro y nos queremos, por impulso y necesidad.

Tras la cena salimos al club chill out de la amplia terraza, situado en la parte posterior del hotel junto a la playa, donde un gran estanque alargado y rectangular emerge rodeado de jaimas blancas con chaises longues. Los americanos poseen una habilidad singular para fusionar arquitecturas y culturas. Recostados en la chaise longue brindamos con champagne al ritmo de la música electrónica con el cielo estrellado de Miami brillando sobre nuestras cabezas. La claridad de la noche permite contemplar miles de estrellas de la bóveda celeste: identifico la Osa Mayor, el cinturón de Orión, Sirio e incluso la nebulosa M42.

-Un dólar por tus pensamientos -susurra.

-Pensaba que me gustaría permanecer eternamente abrazado a ti observando las estrellas como en este instante. La noche es magnífica para observar cuerpos celestes. Mira arriba, a la izquierda, aquella es la constelación de Orión; las tres estrellas del centro conforman el cinturón de Orión y sobre ellas el punto más brillante es Betelgeuse, una súper gigante roja inmensamente más grande que el Sol.

-¿Por qué es roja?

-El color de las estrellas depende del calor que desprenden. Oscila de las más calientes y azules hasta las más frías y rojas. Betelgeuse es roja y el Sol amarillo. Nuestro astro atraviesa su madurez mientras que Betelgeuse está agotando su combustible y se acerca al final de su existencia; cuando pierda toda su energía colapsará y explotará transformándose en supernova.

-Espero que no suceda esta noche.

-Seguramente vivirá miles de años más. Para nosotros es mucho tiempo pero no para el Universo.

-¿Lo oscuro son agujeros negros?

-No. La mayor parte del universo es materia y energía oscura que al no emitir luz es invisible incluso para los más potentes telescopios del mundo. Los agujeros negros se forman cuando colapsan las estrellas, como sucederá un día con Betelgeuse.

-Pareces muy interesado en la astronomía…

-La vida está ligada a los astros. Surgimos de ellos y su influencia es permanente a lo largo de nuestra existencia. A los seres humanos también nos llega un día que colapsamos, como les sucede a las estrellas enanas al superar el Límite de Chandrasekhar.

-¿Chandra…?

-Chandrasekhar era un astrónomo de origen indio, Premio Nobel en 1983. Expuso la teoría que una enana blanca cuya masa fuera 1,4 veces superior a la del Sol entraría en colapso. Ese límite marca la frontera entre una estrella estable y el camino hacia el agujero negro. Como tú marcas para mí el límite entre la felicidad y la nada -nos besamos-. Sólo somos una mota infinitesimal de polvo cósmico.

-Cuando regresemos a la habitación fundiremos nuestros cuerpos en un nuevo polvo cósmico -sonríe.

Abandonamos el Hotel Delano y subimos a un taxi que nos conduce a Hoy como ayer, el popular local de música latina de la Calle Ocho, en la Pequeña Habana, allí bailamos al ritmo de la mejor música de salsa. Suenan canciones inolvidables de Celia Cruz, Willie Colon, la Fania All Star, Sonora Matancera, Rubén Blades y, tras escuchar Desnúdate mujer de Frankie Ruiz y el clásico de Eddie Palmieri Vámonos pal monte, buscamos el refugio del hotel Standard. Ha sido la velada más hermosa de mi vida.

 

 

 


Capítulo 23


I´ts too Late too Stop (Van Morrison)


El tercer día en Miami visitamos el Design District. Sophia desea ir de compras al renovado y moderno barrio de dieciciocho manzanas que aglutina las principales tiendas de diseño de moda e interiores. El distrito fue tiempo atrás uno de los lugares más deprimidos de la ciudad hasta que en 2009 Christian Louboutin abrió su primera tienda y comenzaron a instalarse famosos diseñadores como Fendi, Cynthia Rowley o Duncan Quinn, galerías de arte, restaurantes, bares y clubs nocturnos modernos, que han transformado la fisonomía de la zona en un moderno zoco del diseño y la decoración. Esta vanguardia se exhibe en amplios lofts con las últimas tendencias y pronto descubro la pasión compulsiva de Sophia por el calzado y la iluminación al adquirir tres pares de zapatos y dos lámparas en apenas una hora. Resulta inútil decirle que mi apartamento de Madrid es minúsculo y difícilmente encontrará un hueco incluso para un farol.

Somos diferentes y, lejos de molestarme, esa disparidad hace que me atraiga aún más. Cargados de paquetes paseamos distraídamente hacia el norte del Design District hasta llegar al pintoresco barrio de Little Haití, aventurándonos en calles habitadas por humildes familias nativas de este pequeño país caribeño y cuyos hogares distan mucho de la opulencia imperante al otro lado de Biscayne Bay. Un coche patrulla policial se detiene junto a nosotros y el agente nos advierte que esa zona no es segura para turistas, recomendando que regresemos al centro de la ciudad. Agradecemos el consejo y subimos a un taxi que nos conduce a la popular Calle Ocho, en la Pequeña Habana, que ya visitamos la pasada noche. En este popular rincón de Cuba en el exilio me divierte ver a los hombres jugar al dominó a la puerta de bares que desprenden el suave y delicioso aroma del buen café y charlan con la sonora cadencia del español hablado por caribeños, mientras en la radio escuchan canciones de salsa, bachata, rumba o boleros que me son familiares. Sobre las mesas de juego ascienden las volutas de humo de magníficos cigarros habanos que viejos exiliados apuran hasta la última calada como sus esperanzas de regresar algún día a la isla bonita. A mediodía Sophia, interesada por la gastronomía tradicional de la isla, propone ir al restaurante Versailles de la Calle Ocho y saborear un delicioso almuerzo cubano. Elegimos tres suculentos y sabrosos platos típicos: Langosta Enchilada (cocinada en salsa criolla con ajo, cebolla, pimientos, vino y tomate, y servido con arroz blanco y plátanos maduros); Ropa Vieja (carne de ternera estofada, cebolla, pimiento rojo y verde, ajo, orégano, pimentón, tomate frito, aceite de oliva y vino) y Yuca con Mojo. Devoramos la comida con apetito y ella anota minuciosamente la receta de cada plato en una pequeña moleskine de color rosa. Finalizo el almuerzo con un exquisito café acompañado por un cigarro Cohíba, otras dos de mis pasiones.

Después del almuerzo cubano nos dirigimos al sur de la ciudad hasta el barrio residencial de Coral Gables. Rafael Casajuana me advirtió de que es imperdonable estar en Miami y no visitar el Biltmore Hotel; en él se refugió el legendario gánster Al Capone. En la habitación donde cuentan que se alojaba y celebraba las reuniones mafiosas aún pueden verse esquirlas de bala sobre la chimenea; leyenda o realidad, miles de personas visitan anualmente el hotel y pagan un auténtico dineral por alojarse en la suite. Nos detenemos también en el elegante y espectacular Bar Biltmore, de paredes y techo revestidos de madera tallada, y salimos al balcón con vistas a la bella fuente del patio para brindar con un Martini. Como el Hotel Biltmore, Coral Gables fue construido en los años 20 del pasado siglo para ser residencia de invierno de familias acaudaladas y las magníficas villas se inspiraron en el estilo mediterráneo.

El calor de la tarde nos invita a darnos un baño en las cercanas Venetian Pool, el maravilloso conjunto de piscinas y cascadas, de estilo italiano, al que acuden habitualmente las familias de Miami para disfrutar las horas de ocio.

La imagen de Sophia saliendo de la piscina, con un bañador color cereza que compró en el Design District, es majestuosa. ¡Venus emergiendo de las aguas! Asciende divina la escalera con el bañador ajustado a la piel marcando su cuerpo y el cabello mojado goteando belleza. Deseo besar sus labios gruesos, acariciar el pecho y apretar su culo moldeado por el dios Eros...  ¡No se puede estar más hermosa! -pienso tratando de contenerme. Imposible. La estrecho entre mis brazos para poseerla. Por un instante olvido que a nuestro alrededor pululan niños y madres que miran sorprendidos y escandalizados temiendo que en cualquier momento hagamos el amor allí mismo.

-Si continuas nos detendrán por escándalo público, sonríe Sophia retirando el muslo de mi excitada entrepierna.

Regresamos con urgencia al hotel. Por el camino el taxista, de nuevo cubano, ejerce de guía turístico mientras nuestros cuerpos se buscan con ansiedad. Las manos acarician los sexos. El taxista señala una iglesia en la que afirma se celebró una misa funeral por la muerte de la gran cantante Celia Cruz, la reina de la Salsa, a la que acudió una marea humana de latinos; su cuerpo, sin embargo, reposa en el cementerio Woodlawn, en el Bronx, en Nueva York, lejos de su amada Cuba.

!La vida es un carnaval¡ ¡Azúcar¡ -grito en homenaje a Celia. Destrozo las braguitas de Sofía y eyaculo justo cuando el taxi se detiene a la entrada del hotel.

En el hall del Standard sorprendo a un hombre que observa con insistencia a Sophia. En otras circunstancias me hubiera parecido normal: es bella, atractiva y muy sensual; sin embargo creo haber visto antes ese rostro. Fue la noche anterior en el restaurante Blue Door del Hotel Delano y también durante nuestra visita al Design District por la mañana. Demasiadas coincidencias para tan corto espacio de tiempo. Los fotógrafos escrutamos permanentemente rostros y ambientes en busca de detalles curiosos y únicos, y el suyo no pasa desapercibido: hombre de alrededor de cincuenta años de edad, cabello rubio, traje claro y rostro surcado de cicatrices como las causadas por la viruela; mastica chicle sin parar y lee la revista Sports Ilustrated. Probablemente esté en la ciudad por algún asunto de trabajo, tal vez relacionado con el diseño y la decoración, eso explicaría el encuentro en el Desing District, aunque ni su traje ni aspecto sugieren relación alguna con el sofisticado mundo de la moda y he aprendido que a veces las apariencias engañan. Su semblante no me resulta agradable y decido mantenerme alerta ante posibles nuevas coincidencias. Algo en él inspira rechazo y mi intuición aconseja prestarle atención.

Pasamos el resto de tarde en la habitación y al anochecer bajamos al pool bar de la piscina y nos sentamos en un sofá con vistas al espectacular skyline nocturno de la ciudad, yo con un whisky en la mano y ella con un refresco. Otro día feliz.

Le confieso el temor de que quizá estos días juntos sean demasiado hermosos y perfectos para durar siempre. Vivimos en una maravillosa burbuja que nos protege del resto de los mortales y que se romperá en cualquier momento. La felicidad es un estado de ánimo poco constante e infiel. Nunca dura demasiado.

-Tu eres mi felicidad -afirma segura.

La beso, me besa, nos besamos y volvemos a la intimidad de la habitación.

Amanece un nuevo día juntos. Hoy visitaremos el Everglades National Park que debo inluir en el reportaje fotográfico. Dejamos atrás la ciudad en un coche de alquiler para ir hacia el sur en busca del maravilloso paraje natural por la autopista de peaje de Florida. Una hora de viaje después llegamos a la entrada.

Los Everglades se extienden por un extenso paraíso de 688 mil hectáreas donde hace 15.000 años habitaron tribus nativas de Estados Unidos y hoy conserva un maravilloso ecosistema. El primer contacto con los humedales no es precisamente idílico, los sabios mosquitos del lugar han advertido sangre neófita y fresca abalanzándose sobre nosotros como kamikazes para  asaetearnos la piel con sus picaduras. Olvidamos protegernos con repelente y somos los blancos preferidos de estos pequeños insectos vampíricos que atacan sin compasión, especialmente a Sophia.

-Son inteligentes, prefieren chupar tu dulce sangre a la mía, más etílica -trato de aliviar sus quejas con una broma.

-Quizá no les guste el whisky…-contesta.

Embarcamos en un hidrodeslizador que planea por estrechos canales de agua abiertos entre la vegetación acuática y la espectacular flora y fauna salvajes. Observamos caimanes que sestean en la orilla, manatíes que nadan, águilas pescadoras, delfines nariz de botella, tortugas marinas, mapaches, garzas… Una gran y variada reserva animal con miles de años de historia. Sin embargo tanto Sophia como yo admiramos su belleza y biodiversidad pero odiamos los mosquitos y hemos crecido en el asfalto. Somos urbanitas. Nos sentimos más cómodos y seguros en el hábitat de hormigón de la civilización. A Sophia le encanta pasear por una gran avenida vestida con un modelo de Prada y un bolso de Gucci, y para mí un lugar que no tenga bar no deja de ser un desierto por mucha agua que tenga. Pero he de completar el reportaje para la revista Nómadas. Hambrientos y acribillados nos dirigimos al puerto deportivo del área de Flamingo donde se encuentra la única tienda para aprovisionarnos de comida y bebida. Almorzamos y adquirimos, ahora sí, repelente anti mosquitos y protector solar para montar en una canoa y emprender un bello recorrido de avistamiento de aves. En los Everglades abundan más de 300 especies de aves pero no es fácil encontrarlas, nos acompaña un guía del lugar que nos conduce a sus hábitats naturales. Antes de anochecer abandonamos el parque en dirección a la pequeña población de Florida City, de apenas diez mil habitantes, donde pernoctamos agotados.

Reservamos el siguiente día para recorrer los Cayos de Florida. Más de 200 kilómetros de bellísimas islas de aguas de color jade, ideales para la pesca y el submarinismo.

La visita más esperada por mí es Cayo Largo, el más grande de todos los cayos y donde mi memoria situaba a Humprey Bogart y Lauren Bacall en la célebre película del mismo nombre dirigida por John Huston. En Cayo Largo nos informan, para mi desilusión, que ambas estrellas jamás pisaron su suelo ya que grabaron las escenas en unos estudios de Hollywood. Sólo se filmaron un par de tomas de exteriores del Hotel Crib. La magia del cine, como la de los prestidigitadores, es pura ilusión. La contrariedad se ve recompensada al llegar al Coconut Palm Inn, un pequeño y encantador hotel tropical de 17 habitaciones construido en madera en la playa de Cayo Largo, rodeado por cocoteros y con maravillosas vistas a la bahía de Florida. En este idílico entorno marítimo practicamos snorkel por los cálidos arrecifes de coral y descubrimos hermosos fondos marinos. El Coconut Palm Inn sirve de escenario a nuevos momentos inolvidables que dejan atrás los ataques de los mosquitos. Relajados nos amamos y soñamos juntos. El amor infunde una poderosa energía capaz de  curar las heridas.

-He meditado mucho sobre lo que dijiste de instalarnos en Nueva York y no deseo que abandones tu país y tu trabajo por mí. Me encantaría conocer España -me sorprende.

-No debe preocuparte. Paso casi todo el año fuera de mi país y tendré trabajo en Nueva York. Por otra parte no creo que a tus padres les entusiasme la idea de perderte por desplazarte a vivir a un país tan distante y diferente de Estados Unidos -la tranquilizo.

-Probaremos unos meses. Deseo conocer España. !Hay tantas cosas que quiero ver y aprender¡ Lo primero que haré será matricularme en una escuela de cocina española. Me gustaría conocer a Ferrán Adriá, visitar el Museo del Prado, ir a los toros como Hemingway…

-Y aprender a bailar flamenco y comer paella -la interrumpo sonriendo.

-¿Bailar qué…? -pregunta.

-Es una broma. Lo más típico y tópico que se conoce de España en el exterior son los toros, el baile flamenco y la paella. No puedo darte clases de ninguna de las tres: ni sé torear, ni bailar flamenco ni hacer una paella. Soy un español atípico -revelo más sonriente que frustrado.

-Sólo deseo que me quieras siempre como ahora.

-Siempre -la beso.

-Jamás me traiciones. No lo soportaría -añade.

-Jamás. Prometido.

-Iré a Boston e informaré a mis padres de nuestra decisión de vivir juntos unos meses en Madrid y dentro de un par de días regresaré a Miami y volaremos a España -resuelve decidida.

El sexto día en tierras de Florida regresamos a Miami. Sophia viaja esta tarde a Boston. Quiero acompañarla pero se niega afirmando que es mejor que viaje sola. Voy con ella al Aeropuerto de Miami y nos despedimos hasta dos días más tarde.

-Prométeme que no te irás a España sin mi -exige emocionada.

-Te lo prometo -contesto besándola como se besa a quien temes perder.

-Te quiero, Jaime. No lo olvides -se dirige hacia la puerta de embarque.

-Te quiero, mi  bella americana.

Como hacía de niño cuando visitaba el aeropuerto de Madrid Barajas, me aproximo a la gran cristalera del hall de salidas para ver despegar su avión.

Nos veremos en un par de días, pero no puedo evitar que me invada una intensa tristeza. Me he acostumbrado a ella, a sus bellos ojos azules, a sus manos suaves, a sus dulces besos y a su compañía.

Dedicaré las cuarenta y ocho horas hasta nuestro reencuentro en concluir el reportaje mientras ella ultima los preparativos para el viaje a España. La vida brinda una segunda oportunidad incluso a almas escépticas como la mía.

 

 

 


Boston

 

 


Capítulo 24

Reminds Me of You (Van Morrison)


“De regreso a Boston he revivido los días maravillosos vividos en Florida. Jaime es tan distinto a todos los hombres que he tratado que me sorprendió desde el primer día. La mayoría se esfuerzan en aparentar seguridad y tratan de abrumarte con estudios, trabajos y habilidades que considera únicas con la única pretensión de destacar del resto; Jaime, en cambio, es él mismo sin prestar demasiada atención a la impresión que causa en los demás. Transmite seguridad y seduce con ternura y humildad. Estoy profundamente enamorada de él e ilusionada con el próximo viaje a España. Mi vida pide a gritos un cambio. Me ahogo en casa.

Ahora contemplo con la serenidad que otorga la distancia y la seguridad del amor, la traición de Sam con Sally Hunter como un ataque cruel y doloroso pero necesario para romper con un pasado que comenzaba a asfixiarme. Sam me quiere a su manera, egoísta y posesiva, y ha significado un freno permanente a mi necesidad de buscar nuevos horizontes. Tanto él como mis padres me han encerrado en una jaula de oro cuando mi espíritu desea volar. Jaime ha entrado en mí como un soplo de aire fresco liberándome de una existencia programada por mi familia sin tener nunca en consideración mis aspiraciones. Pretenden que realice sus sueños. Son protectores y maravillosos conmigo pero jamás se han preguntado qué anhelo realmente; me niego a recorrer un camino trazado por otros que no me satisface o amar a una persona en la que nunca podré confiar ya. El amor no se pacta, se entrega. Amo a Jaime y a su lado me siento libre, segura y capaz de decidir mi destino.

Al descender del avión en el Aeropuerto Logan de Boston voy directamente a casa. Mamá me recibe con lágrimas en los ojos y papá con una dureza que jamás había mostrado: distante, serio y disgustado. Intento hablarles de la visita a Florida y del viaje a España pero lo eluden alegando que es demasiado tarde.

-Descansa y mañana hablamos -han sido las palabras de papá.

Maggie me acompaña a la habitación y comenta que la última semana ha sido horrible, ya que papá y mamá no han dejado de discutir y acusan a Jaime de ser  una mala influencia para mí. Ambos culpan al otro de mi comportamiento por no haber sabido trasmitirme una mayor responsabilidad y compromiso por la familia. Papá se opone rotundamente a que viaje a España esgrimiendo que arruinaré mi futuro; mamá también se resiste a aceptarlo, aunque Maggie la oyó decir que tal vez deberían dejarme pasar un tiempo fuera para que me de cuenta de mi error. Mi hermana pequeña es el único apoyo con el que cuento. ¿Por qué es tan difícil hacerles entender que sólo seré feliz si estoy junto a Jaime?

El último mes ha discurrido de forma vertiginosa con continuos sobresaltos; los maravillosos días vividos con Jaime se vieron ensombrecidos por el horrible comportamiento de Sam y la intransigente actitud de papá y mamá. No deseo causarles dolor pero no voy a renunciar a Jaime. No tienen derecho a pedírmelo. Es mi vida. Ha de existir una solución aunque temo que no satisfará a todos.

Antes de ir a dormir he telefoneado a Jaime para informarle que he llegado a casa y todo va bien. Es la primera vez que le miento. No quiero preocuparle, es un problema que debo resolverlo yo, su presencia no ayudaría a arreglarlo y probablemente empeoraría las cosas conociendo la opinión de mis padres sobre él. Le oculto también que Sam me acosa insistentemente con llamadas y mensajes que, lejos de persuadirme, hacen que desconfíe al no aceptar que nuestra relación forma parte del pasado. Confío que cuando descubra que he pasado una semana con Jaime en Miami deje de molestarme. El muy testarudo se niega a aceptar la existencia de Jaime y que la ruptura es definitiva. ¿Qué ha sido del Sam educado, caballero, cariñoso y dispuesto a complacerme que he querido hasta hace poco? No consigo entender cómo ha cambiado tanto en los últimos meses. Empiezo a pensar que he estado ciega durante siete años amando a una persona distinta a la que creía ver. Las amigas que han roto con su pareja han conservado una buena relación, en ningún caso su ex las acosan con insistencia y violencia. Me asusta su comportamiento y estoy convencida que será positivo poner un océano por medio entre ambos. Junto a Jaime me siento protegida. Los días en Florida han sido como una deliciosa luna de miel. Intentaré dormir. Mañana será un día difícil”.

-Señor Cortés, tiene visita. Le esperan en el hall -el recepcionista del hotel se muestra lacónico y soy incapaz de suponer quién puede ser. He visto partir con mis propios ojos el avión de Sofía. Bajo intrigado a recepción.

-El señor de traje blanco -el recepcionista señala a un joven rubio de complexión atlética que viste un elegante e impecable terno de Calvin Klein que resalta su piel bronceada. Rondará los 30 años y extiende la mano, blanda y sudorosa, para saludarme al ir a su encuentro.

-Señor Cortés, no tenemos el gusto de conocemos pero he venido a hacerle un ofrecimiento muy beneficioso para usted -comienza de manera sorpresiva.

-Usted dirá Sr…

-Sammuel O´Sheen. Represento al Sr. Albert Olson a quien usted conoció en Londres -aumenta mi sorpresa.

-Así es. Lo siento… no entiendo que ofrecimiento…

-Como le he adelantado soy representante y asesor financiero del señor Olson. El motivo de la visita es trasmitirle una propuesta que espera que usted acepte por el bien de su hija Sophia y del suyo propio Sr. Cortés. En este sobre encontrará 75.000 dólares. Cójalos y olvídese para siempre de ella. Repito, para siempre. Usted regresará a Europa más rico de lo que llegó y yo volveré a Boston habiendo resuelto el trabajo que él me ha encomendado- me entrega el sobre, que rechazo, atónito e incrédulo.

-Perdone pero no acabo de entender su intermediación en un asunto que considero estrictamente personal y no estoy seguro de haber comprendido bien sus palabras Sr. O´Sheen -respondo desconcertado tratando de asimilar el golpe y digerir su insultante propuesta.

-Muy sencillo, usted coge este sobre con 50.000 dólares americanos y a cambio no vuelve a molestar a la hija del Sr. Olson…

-Jamás he molestado a la señorita Olson…

-Está bien, ya veo que es usted un hombre ambicioso. El Sr. Olson me ha autorizado a ofrecerle hasta 75.000 dólares. Ni un centavo más. Yo de usted lo aceptaría. Le hemos investigado y es más del doble de lo que gana en todo un año -prosigue.

-Me ofenden y subestiman el Sr. Olson y usted. Jamás aceptaría un chantaje de ese tipo ni por el doble de esa cantidad -niego irritado.

-Lo lamento, no estoy autorizado a proponerle una cifra mayor. Déjeme que haga una llamada telefónica -insiste el rubio atlético.

-No me ha entendido Sr. O´Sheen. No aceptaré ni esa ni ninguna otra cantidad de dinero por alejarme y olvidar a Sofía. La quiero y ella me corresponde. Ambos somos mayores de edad y tenemos intención de iniciar una vida juntos. ¿Me comprende ahora? Guarde el sobre con sus sucios dólares y dígale al Sr. Olson que no hay posibilidad de acuerdo mientras no respete la libre decisión de su hija. ¿He sido claro? -respondo enfurecido.

-Comete un terrible error Sr. Cortés, el Sr. Olson es poderoso e influyente y le disgusta que molesten a su familia. Consúltelo con la almohada y mañana volveré a comunicarme con usted. Le sugiero que aproveche la excelente oportunidad de ganar dinero fácil y limpio. A un hombre como usted no se le presentará una oportunidad igual. Existen millones de chicas como ella y le resultará fácil encontrar otra. No lo olvide: tiene de plazo hasta mañana -concluye de forma amenazadora.

Sorprendido, incrédulo e indignado por la argucia del padre de Sophia, rehúso el chantaje. Quizá en el mundo de los negocios este sea el comportamiento habitual pero es un juego que desconozco y detesto. Los únicos intereses que me guían son aquellos con los que crecí y viví en el seno de mi modesta familia: honestidad, profesionalidad y confianza en mí mismo.

El corazón me impulsa a seguir adelante aunque soy consciente que será muy difícil que nuestro amor soporte el rechazo y las estratagemas de su familia. Decido mantener al margen a Sophia de las maniobras de su padre ocultándole este encuentro. No deseo preocuparla ni enfrentarla a él.

Telefoneo a España, a Rafael Casajuana, impaciente por conocer si ha recibido nuevas noticias de su amigo americano. Si he de librar una batalla por Sophia deberé hacerlo aquí, cerca de ella.

-¿Qué tal Romeo? ¿Continúas enredado en las sábanas de Julieta o has regresado ya a la madre patria? -responde un jovial Rafael- Por cierto, magníficas las fotografías de Londres.

-Gracias Rafael. Aún sigo por tierras americanas. Perdona, amigo, pero por aquí las aguas bajan revueltas y deseo saber si has hablado algo nuevo con el editor americano. Quizá deba adelantar mi traslado a Nueva York…- le avanzo.

-La americana te ha agarrado con fuerza el corazón. Eres un sentimental, Jaky. Por mi amigo no debes preocuparte, ha confirmado que te facilitará los contactos necesarios para trabajar y no tener problemas con la visa de residencia para extranjeros. Es muy posible que coincidamos por allí, por fin he conseguido contactar con mi hija Iris, vive en Nueva York y está conforme con que nos conozcamos. Estoy preparando el viaje.

-Me alegro enormemente que, al fin, te encuentres con tu hija. Muchas gracias Rafael por ayudarme, eres un amigo de verdad. Espero agradecértelo en persona. Resulta difícil encontrar hombres como tú en este mundo de tiburones y pirañas -agradezco emocionado.

-Me preocupas, te noto muy sensible y de bajada. ¿Algún problema con la chica? -percibe mi estado anímico.

-No Rafael, con ella todo es perfecto. El problema reside en los padres, se oponen a la relación y temo que no van a ceder -le informo.

-Jaky, por lo que sé, la sociedad americana nunca ha sido feudal, y quien debe comprometerse contigo es la chica y no los padres. Liaros la manta a la cabeza e iros a vivir juntos. Los padres acabarán aceptándolo y si no lo hacen, perderán a su hija. Te conozco hace años y sé que terminarán por darte su bendición. Desgraciadamente para ti eres un alma trasparente y pura.

-Gracias, aunque no sé si tus palabras son un halago o un sermón. Espero verte pronto e invitarte a un whisky Lagavulin de 16 años. Aunque tu cinismo no te permita reconocerlo eres una extraordinaria persona, Rafael.

-Lo dudo. Y no vayas divulgando esa opinión a los cuatro vientos. No me gustaría perder mi mala reputación. Suerte y un abrazo, Romeo.

-Otro abrazo para ti, amigo.

 

 

 


Capítulo 25


Hymns to The Silence (Van Morrison)


“Mamá ha llamado a la puerta de la habitación y ha pedido que bajase a desayunar con la familia. Preocupada por la actitud de papá y mamá de la noche pasada bajo a la cocina decidida a vencer su oposición. Papá lee la prensa como todos los días y me aproximo para darle un beso en la mejilla. De su rostro circunspecto se escapa un ligero gesto de satisfacción. Le digo que le quiero y responde un casi inaudible:

-Y yo a ti, cielo.

-No soporto que estés enfadado conmigo. Sé que para ti siempre seré tu pequeña Sophia pero acepta que ya soy adulta.

-Lo sé, cielo. Sólo deseo que reconsideres el viaje a España -solicita en tono conciliador.

-Serán cinco o seis meses a lo sumo. Nuestro propósito es establecernos en Nueva York -le explico.

-Cielo, lo apropiado es que esperes a que se instale en Nueva York para reunirte con él. Prometo que os ayudaré a encontrar un apartamento y a todo lo que sea necesario -papá comienza a dar síntomas de ceder y admitir nuestra relación. Creo que todo va a solucionarse de forma adecuada.

-Gracias papá, confiaba en que le aceptarías.

-¿Te quedarás entonces en casa hasta que él regrese? -insiste.

-Di mi palabra a Jaime que viajaría con él a España. Deseo conocer su país y aprovechar la estancia para realizar un curso de gastronomía española. Cuando lo concluya regresaremos. Te lo prometo papá.

-Siempre tan tozuda, cielo. Estoy ofreciéndote ayuda para instalaros en Nueva York lo antes posible.

-Lo sé y te lo agradezco, pero antes de tomar cualquier decisión debo consultarlo con Jaime. Te quiero tanto papá…

-¿Cuándo te marcharás? -interviene mamá emocionada.

-Mañana a primera hora. Vuelo a Miami y desde allí saldremos juntos hacia Madrid. Jaime me espera.

-Todo es tan precipitado... No puedo hacerme a la idea de que te vas -rompe a llorar mamá-. Me gustaría comprarte algunos vestidos antes de tu marcha. Iremos a Back Bay. Ayer paseé por las tiendas de Newbury St. y vi unos modelos nuevos con los que estarás bellísima.

-Te quiero mamá. Eres fabulosa -nos abrazamos-. Podemos ir esta misma tarde si lo deseas.

Estoy exultante, es increíble el giro que pueden dar los acontecimientos de un día para otro. He llamado a Jaime para comunicarle el cambio de actitud de mis padres pero su teléfono se encuentra fuera de cobertura. Lo intentaré más tarde. También he telefoneado a Mary, deseaba verla y comunicarle mi marcha mientras almorzamos un delicioso risotto de langosta en Carmen, el restaurante italiano de North Sq.

Ilusionada elaboro una lista con todo lo que deseo llevar a Madrid. La reviso y desecho la mitad: necesitaría siete baúles para transportarlo todo. Elimino lo prescindible y aún así continúa siendo demasiado extensa. Finalmente decido llevar sólo lo que quepa en dos maletas y una gran bolsa de viaje. Si una vez allí necesito algo más le pediré a mamá que lo envíe”.

“!Eres una bruja, querida¡ ¿Cómo pudiste ir de vacaciones a Miami con tu nuevo amor español sin decírselo a tu mejor amiga? -me recrimina al encontrarnos en Theater District.

-Iba a comentártelo en la fiesta de Susan cuando Sam lo estropeó todo y tuve que marcharme precipitadamente.

-Cuenta querida... No olvides ningún detalle.

-Han sido seis días maravillosos. Es el hombre de mis sueños, diferente a todos los que he conocido.

-Querida no has conocido a muchos, aparte de Sam…

-Es cierto pero lo que siento junto a él nunca lo había experimentado. Me llena totalmente. Soy feliz a su lado.

-¿Así que es cierta la fama de seductores de los latinos? -sondea pícaramente Mary.

-No especialmente, Jaime no se comporta como un conquistador.

-¿Romántico? -insiste Mary.

-No excesivamente. Lo justo.

-¿Buen amante? -se lanza.

-Por supuesto. Pero no sólo -confirmo.

-¿Por favor cuál es su secreto, querida? Vas a contármelo o tendré que recurrir a la tortura.

-El carácter y la seguridad que transmite. Me desarmó con su mirada sincera y penetrante. Antes de conocerle sabes que puedes confiar en él y cuando le conoces descubres que es un hombre capaz de amarte y subirte al cielo - explico a Mary sin estar muy segura de conseguirlo.

-Ya entiendo, un mirlo blanco. ¿Y qué planes de futuro tienes, querida?

-Viviremos en España unos meses y luego nos instalaremos en Nueva York.

-Te envidio querida, eres el rostro de la felicidad. ¿Qué harás con los proyectos gastronómicos o acaso estás pensando convertirte en lo que siempre has detestado: una entregada ama de casa?

-Aprovecharé la estancia en España para estudiar su gastronomía y mejorar mi español. En unos meses volveremos a USA y pondré en marcha el negocio que siempre he soñado. Papá ha prometido que nos ayudará.

-¿Cómo lo ha encajado Sam? -prosigue Mary.

-Estoy muy preocupada por su comportamiento. Me telefonea insistentemente y envía mensajes desesperados. Se niega a acepta la ruptura -le confieso.

-No la ha aceptado en absoluto, querida. Tony coincidió ayer con él y al preguntarle por ti y vuestra relación, Sam contestó que marchaba bien, como siempre. Deberías hablar con él y dejar las cosas claras, querida.

-Lo hice la mañana siguiente a la fiesta de Susan e insistí en que todo había terminado. Le expuse que había empezado a salir con otro hombre. Considero que no debo darle más explicaciones.

-Verdaderamente es muy extraña la postura que ha adoptado Sam. Si te parece bien, querida, pediré a Tony que hable con él. Son amigos desde hace años y siempre se han entendido.

-No deseo saber nada de Sam.

-Te echaré de menos, querida -nos abrazamos.

El resto del almuerzo seguimos hablando de las amigas y de lo solas que empezamos a sentirnos. A Helen y Jane hemos dejado prácticamente de verlas desde que contrajeron matrimonio hace sólo unos meses y se marcharon de la ciudad. Ahora soy yo quien se va. Desde que finalizamos el College ha sido una diáspora. Cada una ha emprendido su propio camino. Me despido de Mary quedando en llamarnos y regreso a casa. Esta tarde iré de compras con mamá”.

-Albert ese tal Jaime Cortés es un estúpido o más ambicioso de lo que pensábamos. Le he ofrecido 75.000 dólares por olvidarse de Sofía y los ha rechazado. Le he dado un ultimátum de 24 horas, hasta primera hora de mañana, aunque temo que no acepte el dinero. No sé si es uno de esos jugadores que apuesta a todo o nada o, peor aún, un imbécil que se cree capaz de conquistar el corazón de Sophia.

-Ya lo ha hecho, Sam. Sophia está decidida a huir con él a España.

-No puedes permitirlo. La quiero y además echaría a perder su vida y la nuestra.

-No apruebo como estás llevando las cosas, Sam. Si mi hija llega a saber algún día que he participado en este asunto no me lo perdonará nunca.

-Actuamos de manera contundente o ese hispano arruinará nuestra única  posibilidad de salvar la compañía y mi matrimonio, Albert. Recuerda que el dinero que transferiste a la cuenta off shore a nombre de Sophiaa es imprescindible para afrontar el agujero financiero. Y por su actitud en Miami no parece conformarse con unos miles de dólares. O le quitamos de en medio o será él quien nos conduzca a la ruina y tal vez a la cárcel. Sophia nunca sabrá nada. De eso me encargo yo.

-Si mi hija llega a enterarse lo negaré siempre y sólo tú responderás ante ella. No cometas más errores Sam. Está enamorada de ese hombre y ha llegado el momento que lo aceptes. Respecto al dinero, conozco bien a Sophia y no pondrá ningún inconveniente en ofrecérmelo.

-Por supuesto que no habrá ningún problema con ella. ¿Pero crees que él  renunciará a una cifra millonaria cuando sólo gana al año menos de 40.000 dólares? No seas ingenuo Albert. Va a por el dinero. Y tu y yo pasaremos una buena temporada entre rejas. No dejaré que se salga con la suya.

-No quiero saber nada más de este oscuro asunto. No me gusta el rumbo que ha tomado.

-Debo recordarte que no pensabas lo mismo al pedir a papá que moviera los hilos necesarios para tapar aquel desgraciado accidente en el que murieron dieciocho trabajadores en la construcción de uno de tus edificios por ahorrarte unos millones de dólares en materiales. Si la investigación no se hubiera archivado ahora estarías encerrado en el penal de Nashua Street.

-Siempre te he considerado como un hijo, Sam.

-No olvides Albert que no sólo nos une Sophia.

“He conseguido hablar con Jaime y le he confirmado que todo está ok para nuestro viaje a España. Se sorprendió al decirle que papá desea ayudarnos cuando regresemos a Estados Unidos y ha insistido en que no pierda el avión de primera hora de mañana para poder tomar por la tarde el de Madrid. Algo le intranquiliza. Espero que no le hayan entrado dudas. Tal vez todo sea precipitado para él. Las circunstancias nos obligan a tomar decisiones que cualquier otra pareja adopta después de mayor tiempo conociéndose. Tal vez eso hace que nuestro amor sea más apasionado y urgente. En unas horas las dudas quedarán atrás y disfrutaremos definitivamente juntos.

Sam ha dejado un nuevo mensaje en el móvil. Probablemente Tony le haya comentado mi viaje a España. Está arrepentido de su comportamiento. Pensaba que aún tenía alguna posibilidad de retomar nuestra relación. Ahora acepta que es imposible. Me pide perdón. Desea que nos veamos por última vez para decírmelo personalmente. No quiere que guarde un mal recuerdo de estos años juntos. Reconoce que no debía haberse comportado conmigo así en la playa. Fueron los celos y la ira. Suplica verme, como despedida, en el Rainbow Café, un pequeño local próximo al Muelle Hoosac, junto al Puente de Charlestown, que frecuentábamos meses atrás. A las 4 de la tarde.

Quizá deba acudir y cerrar definitivamente el capítulo de mi vida con Sam. No se lo aseguro. Algo en mi interior advierte que no acuda”.

 

 

 


Capítulo 26


Sometimes We Cry (Van Morrison)


Nostalgia, angustia, miedo… Han pasado dos días desde que Sofía voló a Boston y temo que haya sucedido algo terrible. Más de 24 horas sin noticias de ella. La última conversación telefónica la mantuvimos a las tres de la tarde de antes de ayer. Parecía feliz y comentó que tenía el equipaje preparado para volar a Miami. Acordamos hablar por la noche para confirmar la hora de llegada del vuelo. No llamó. Marqué su móvil y daba señal de apagado o fuera de cobertura. Dejé varios mensajes y al no obtener respuesta le envié un par de emails. Tampoco ha respondido. Si no se ha puesto en contacto conmigo es en contra de su voluntad, alguien o algo se lo impide. Nervioso, conjeturo distintas posibilidades: la oposición de los padres, un accidente…

Nuestro vuelo a Madrid parte en cinco horas. Llamo y cancelo los billetes. Le prometí que no regresaría a España sin ella y voy a cumplirlo. Impotente, permanezco en el hotel esperando su llamada. Las horas, angustiosas e interminables, discurren sin novedad. He intentado averiguar el teléfono de sus padres en Boston pero me ha sido imposible. No figura ningún Albert Olson y los Olson con los que logro hablar telefónicamente desconocen a Albert.

Permanezco alerta toda la noche pendiente del móvil a la espera de alguna noticia de Sophia. A primera hora de la mañana decido viajar a Boston. Algo o alguien le impiden comunicarse conmigo. Tal vez ha sufrido un accidente… No, debo tener esperanza.

“¡Hola cielo, sabía que me perdonarías!

-Sólo vengo a despedirme de ti, Sam. Mañana vuelo a Miami y por la tarde viajo a Madrid con Jaime.

-Está bien. Quiero desearte suerte y mostrarte algo que prometí comprar para tí hace tiempo. En realidad era para los dos. Está amarrado a unos metros de aquí: es aquel velero blanco de 12 metros de eslora y lleva tu nombre escandinavo: Freya. Había pensado que podríamos navegar por la costa los fines de semana. Deseaba que lo bautizases como siempre imaginamos: lanzando una botella de champán  contra el casco. Es para ti.

-Es muy bonito Sam, pero no puedo aceptarlo.

-Me gustaría que, por los buenos tiempos pasados, subas y lo bautices. Nada más…”.

Al amanecer preparo el equipaje para viajar a Boston. En recepción me informan que ha llegado un paquete express para mí. Lo abro y compruebo que contiene una moleskine de color rosa, un recorte de periódico doblado y una breve nota escrita a mano:

“Querido Jaime, estamos destrozados. Escuché a mamá decir que estás alojado en el Hotel Standard de Miami y he pensado que debes ser tú quien guarde el diario de Sofía. Ella así lo hubiera deseado. Espero que lo recibas antes de partir a España. Besos. Maggie.”

Desconcertado, no entiendo lo que sucede. Incrédulo despliego el recorte del Boston Globe con fecha del día anterior.


DESAPARECEN DOS JÓVENES EN EL INCENDIO

DE UN BARCO EN EL RIO CHARLES

Marcel Burgues. Boston.

En la tarde de ayer desaparecieron los jóvenes Sammuel O´Sheen, de 28 años, y Freya Sophia Olson, de 24 años, en una embarcación deportiva que navegaba a la deriva, entre llamas, por el río Charles.

A última hora la policía portuaria informó que había encontrado el cadáver de Sammuel O´Sheen calcinado sobre los restos del barco y se teme que la joven Freya Sophia Olson haya muerto también por los efectos del devastador incendio. Fuentes no oficiuales avanzan que el incendio pudo ser provocado. Se desconocen más detalles sobre el trágico suceso.

Sammuel O´Sheen era un joven analista financiero de éxito, licenciado en Economía por la Universidad de Harward, y pertenecía a una conocida y respetable familia de abogados de la ciudad.

Freya Sophia Olson es hija del empresario inmobiliario Albert Olson y estudió Ciencias Empresariales también en Harward. Las familias de ambos jóvenes han manifestado que éstos se conocieron hace años en el campus universitario y estaban prometidos desde hace seis meses.

El Boston Globe ha conocido de fuentes empresariales que el joven analista debía afrontar en las próximas semanas una serie de acusaciones por fraude financiero, por lo que no se descarta ninguna hipótesis sobre las causas de su muerte. En las próximas horas se revelará el informe de la autopsia”.

Doblo el recorte del periódico y con el alma rota lloro desconsolado repitiendo una y otra vez que no es real. Es imposible. No puede estar muerta. Debe tratarse de una broma de mal gusto, un montaje para alejarme de ella. Una argucia de sus padres… Una estratagema ideada por Albert y el joven que me realizó la oferta para olvidarme de ella. Sin embargo las dudas regresan cuando me pregunto ¿por qué no me ha llamado Sophia? Ella nunca participaría en un engaño semejante. Me quedo paralizado, llorando. Impotente.

-¿Se encuentra bien, señor? -se acerca el chico de recepción.

-No.

-¿Desea un vaso de agua o cualquier otra cosa? -trata inútilmente de ayudarme.

-No.

No volver a ver sus ojos ni besar sus labios...

Me encierro en la habitación y tomo un whisky, dos, tres... No deseo recobrar la sobriedad jamás. La vida no tiene sentido sin Sophia. Hace apenas un mes la observé por primera vez tumbada en la hamaca sobre la cubierta del Star Sun. Abro el ordenador portátil y comienzo a escribir los recuerdos del día que la conocí, tan embriagado como entonces:

La primera vez que te vi estabas recostada sobre la hamaca junto a la piscina de cubierta leyendo ensimismada El gourmet solitario mientras yo, frente a ti, apuraba un whisky tras otro y el barco surcaba las aguas tranquilas en verano del Mar del Norte. Tus manos, blancas y delicadas, sobre las mejillas, y las gafas de sol de Dior protegiendo tus dulces ojos azules. Recuerdo una y otra vez la hermosa y fugaz imagen como el náufrago que se aferra al último salvavidas del barco que se hunde. Un instante que capté con la cámara fotográfica y observo una y otra vez en un intento vano por revivirlo. En ese momento comenzó todo.”.

A veces los sueños se cumplen, y luego se diluyen como el agua entre la arena de la playa. Después sólo queda la imagen de lo que fue y un inmenso vacío.

A media tarde despierto con resaca y dejo que el agua de la ducha golpee con fuerza la cabeza deseando borrar las noticias de la mañana. Imposible. Tomo un café doble y un complejo vitamínico para despejarme. He de volar a Boston. No puede ser. Debo encontrarla. Prometí a Sofía que no volvería a España sin ella y lo cumpliré. En recepción solicito un taxi para que me lleve al aeropuerto. Durante la espera la recepcionista me informa que hay una llamada para mí. Imagino que será de la revista Nómadas para que les envíe el reportaje de Miami. Me indica el teléfono que debo coger y descuelgo.

-!Diga. Soy Jaime Cortés¡

“Soy Sophia…

El corazón me da un vuelco y los latidos se disparan. Es su voz. Es ella. No ha muerto. Estoy en shock. Incapaz de articular una sola palabra.

-…acabo de llegar a casa. Ha sido horrible. Desperté en la cama de un hospital donde me han informado que he estado inconsciente dos días. ¡Intentó asesinarme…!

-¿Quién intentó asesinarte? -acierto a decir descompuesto.

-Sam. Se volvió loco cuando dije que me iba a vivir  a España contigo. Me golpeó hasta que perdí la consciencia y luego desperté en el hospital.

-¿Estás bien? -le pregunto alucinado.

-Sí, sólo sufro pequeñas quemaduras, distintos hematomas un poco dolorosos y un brazo roto. Sam ha muerto. Ya te contaré. Esta misma noche vuelo a Miami. Estoy deseando abrazarte. No puedes imaginar lo horrible que ha sido. Te quiero Jaime. Perdóname…

-¿Qué he de perdonar Sophia? ¡Estás viva! Escribieron en el periódico que habías desaparecido. Creí que te había perdido para siempre.

-La policía ha estado en casa y pidió que testificara lo sucedido. Por lo que escuché desean cerrar el caso cuanto antes calificándolo de accidente. La familia de Sam ha utilizado sus influencias para evitar el escándalo. Papá no se ha opuesto. Siento náuseas por el comportamiento que muestran todos. Ha sido horroroso. Te quiero. En unas horas nadie podrá separarnos -cuelga.

Quedan numerosos interrogantes por resolver pero soy feliz: Sophia está viva. Espero con ansiedad la llegada de su vuelo sin dejar de pensar que somos marionetas cuyos hilos mueve un destino caprichoso. De la felicidad a la tragedia nos separa una milésima de segundo de un tiempo que no nos pertenece.

 

 

 


Capítulo 27


Back On Top (Van Morrison)


El panel de llegadas del aeropuerto anuncia el aterrizaje del vuelo AA-7522 procedente de Boston. Nervioso, espero a la salida de la terminal de llegadas. En el exterior pequeñas ráfagas de aire alivian el sofoco de la calurosa medianoche en Miami. Aparecen los primeros pasajeros del vuelo: hombres de negocios con aspecto cansado, jubilados alegres con atuendo vacacional, jóvenes parejas con rostros ilusionados de luna de miel, niños dormidos en brazos de los padres… ¿Y Sophia? La incertidumbre me provoca sobreexcitación y taquicardia.

!Al fin descubro a Sophia¡ -despejo los temores-. Cruza la puerta automática con el brazo derecho en cabestrillo acompañada de un empleado del aeropuerto que arrastra el carro de equipaje con tres enormes maletas. Me abalanzo sobre ella con urgencia y arrebato, sorprendiendo al empleado que trata de protegerla de mis efusivos impulsos, hasta que advierte que nos fundimos en un beso interminable. Está bellísima con su vestido rojo pese a los moratones y magulladuras en la cara. No hablamos. Nos miramos, besamos y sonreímos. Caminamos hacia la salida abrazados. Subimos al taxi. Nos besamos. Llegamos al hotel Standard. Vamos directos a la habitación y antes de cruzar el dintel de la puerta se detiene y pregunta ¿cómo me encuentras? Y respondo: estás maravillosa esta noche. Nos recostamos en la cama y pongo el disco de vinilo de Grandes Éxitos de Van Morrison en el equipo de sonido. Nos abrazamos como se abrazan dos enamorados que han estado una eternidad sin poder hacerlo. Y nos besamos como la primera vez. El ayer no existe, el tiempo no existe. Somos felices una vez más.

Luego Sophia sujeta con fuerza mis manos y rompe a hablar con voz rota, emocionada:

-Fue horrible, Sam me engañó. Dijo que conocía nuestra relación y aunque pensaba que me equivocaba, aceptaba mi decisión. Mintió al asegurar que deseaba lo mejor para mí y sólo pretendía despedirse mostrándome el barco que había comprado y bautizado con mi nombre. Accedí creyendo que se lo debía después de siete años de relación, sin embargo su actitud cambió cuando subimos al barco y puso el motor en marcha. Supliqué que lo detuviera y amenacé con lanzarme por la borda y su única reacción fue abofetearme. Fuera de sí, gritó que le acompañara en ese primer y último viaje. Contesté que no deseaba hacerlo, se enfureció más y volvió a golpearme. Cuando comenzó a rociar el barco con bidones de gasoil descubrí que había perdido totalmente la razón y traté de alcanzar la cabina para emitir una llamada de socorro por radio. Volvió a golpearme e incendió el barco reprochándome haberle prometido que sería su esposa. Si no lo era de él, no lo sería de nadie. Debía morir y purificar mi alma. Traté de saltar al mar y lo impidió empujándome contra la barandilla de proa dejándome herida. Lo último que recuerdo es que la botavara le golpeó en la cabeza y perdí el conocimiento -revive el drama-.

Desperté en el hospital y supe que una pequeña embarcación de recreo me rescató del mar flotando gracias al salvavidas. En un primer momento nadie me relacionó con el barco ya que mis salvadores pensaron que era participante de una regata que se celebró esa misma tarde. Sólo cuando lograron identificarme en el hospital y llegó mi familia y la policía, pude contar lo sucedido, aunque papá esgrimió que aún me encontraba bajo los efectos del shock sufrido y no debían tener en cuenta las acusaciones contra Sam -prosigue-. La conducta de papá fue incomprensible e indignante; en casa se justificó alegando que la familia de Sam había sufrido su pérdida y no debíamos ahondar más en la herida. Debíamos olvidar lo sucedido…

-Recibí un sobre de Maggie que contenía un recorte de periódico informando de la desaparición y tu diario. Temí lo peor. Llegué a pensar que te había perdido -confieso.

-Mi familia también lo creyó. Tardaron más de veinticuatro horas en informarles que me encontraba en el hospital ingresada, inconsciente.

-¿Lo has leído? -pregunta.

-¿El diario? No, no me sentía con fuerzas para hacerlo. Me negaba a aceptar que te había perdido. No entendía lo sucedido. ¿Qué hacía ese tal Sammuel O´Sheen contigo en el barco, cuando unos días antes me había ofrecido dinero para que no volviera a verte? El periódico informaba que era tu prometido. No comprendía nada.

-Sam formaba parte ya de mi pasado cuando te conocí. Terminé con él poco antes del crucero y pretendí que siguiéramos siendo amigos por los años pasados, por el cariño que le tiene mi familia y porque era asesor financiero de papá. Él nunca admitió la ruptura y logró engañarme. Desconocía que te había ofrecido dinero. En el barco Sam, desesperado, amenazó que si rompía el compromiso revelaría las deficiencias de construcción de los edificios que vendía la empresa de papá y eso supondría su ingreso en prisión. Nunca hubiera imaginado que pudiera llegar a ser tan manipulador. Debió ser muy humillante para ti. Lo siento, amor. Prometo que nadie volverá a interferir en nuestra felicidad. Guarda tú mi diario, lo mejor de él lo escribí pensando en ti.

-Olvidemos el pasado. ¿Seguro que deseas conocer mi pequeño apartamento de Madrid? No puedo ofrecerte las comodidades a las que estás acostumbrada. Soy sólo un fotógrafo -le advierto conocedor de que ha vivido rodeada de lujo.

-Lo sé. Es una de las cosas que más me atraen de ti- afirma seria.

-¿Que soy fotógrafo? -pregunto extrañado.

-Tu humildad. Estoy hastiada de vivir rodeada de gente que presume de todo lo que posee. Lo que no puede ser comprado o vendido con dinero no les importa, tampoco los sentimientos si interfieren con sus intereses. Me horroriza pensar que si no te hubiera conocido sería un objeto más que decora sus vidas. Como esos jarrones de porcelana china que se colocan en el salón para ser admirados. ¿Por qué te fijaste en mí?

-¡Eres la mujer de mi vida! Y la vida es un largo viaje que es preferible realizar bien acompañado.


 

 

 

 

 

 

 


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